Inercias

Olvidadas

La constatación de que en los medios no aparecen casos de mujeres con diversidad funcional maltratadas por sus parejas, nos lleva a la reflexión sobre la cantidad de conductas individuales y sociales que se siguen manteniendo, a pesar de todos los avances que en casi todos los campos ha conseguido una parte de la humanidad. El que los logros solo sean para algunos es la inercia primordial que nos hace actuar bajo la falsa creencia conscientemente manipulada de que es algo disfrutado por todos.

Así pues, cuando exigimos nuestros derechos en un campo concreto en el nombre de una ley o Tratado que nos afecta a todos, damos por olvidados a quienes se salen de nuestro pequeño mundo. Y así tenemos que hay personas feministas que no consideran a las mujeres transexuales verdaderas mujeres, empresarios que siguen contratando más a los hombres, que no tienen que pedir baja maternal, o mayoritariamente a personas sin ninguna limitación física o psíquica porque les salen más rentables que las otras.  

Los mal llamados colectivos vulnerables lo son porque la misma sociedad los ha considerado menos útiles y, por tanto, menos merecedores de invertir en ellos. Si observamos nuestras conductas, vemos que siguen pesando en ocasiones prejuicios que damos por ciertos, a pesar de que externamente los negamos o estén amparados por leyes esenciales.

La pandemia que estamos padeciendo ha resucitado una realidad enterrada culturalmente: la de nuestra responsabilidad individual y, por tanto, colectiva. Y así, hay quienes no saben divertirse si no es bebiendo a tope, a la vez que excluyen a los alcohólicos u otros drogadictos de sus vidas. Una sociedad caprichosa e indolente incapaz de sacrificarse por el bien común, es la primera consecuencia de la inercia supremacista de este primer mundo. Hay quienes desprecian las vacunas cuando los de otros mundos no saben cuándo las podrán tener sin pagar antes el precio de millones de muertos. Pero eso sí, nuestra selección española, a vacunarse a toda prisa. Y así seguimos por los siglos.

Las autoridades desbordadas han comprendido que la pieza más importante es la responsabilidad de todos y cada uno. Pero ¿cómo hacer eso si se nos ha educado justo en lo contrario? Minusvaloración de la mujer, del pobre, del diferente por cualquier razón. Olvido total de quienes no están ante nuestras narices. No nos importa lo que pasa en la otra parte del mundo, ni en los bajos fondos de nuestros hábitats, con tal de que nos dejen en paz, nuestra paz, que no la suya.

No basta con echar la culpa al Gobierno, a los políticos, a las autoridades o a los poderes fácticos. De hecho, son más responsables por el poder que ostentan. Pero no son los únicos. Si nosotros actuamos excluyendo a otros, no nos extrañemos que jueces, políticos, empresarios o élites, nos excluyan todavía más y se pasen los derechos por el forro.  

Parece que hemos entrado en la era de la responsabilidad, tras el espejismo del bienestar, los derechos, la tecnología y la democracia igualitaria. Hay que acabar con nuestras propias inercias y ver qué sentido encierran nuestras conductas: supervivencia en un mundo prehistórico, o convivencia en una sociedad humanizada. O habrá que concluir que, ciertamente, el hombre es el verdadero depredador global sin remedio. Nos negamos a aceptarlo, porque podemos elegir y esa es precisamente la verdadera libertad, la palabra que algunos se empeñan en manchar de locura capitalista, la carga que llevamos arrastrando eternamente por nuestra ceguera irresponsable.

Arrastramos un peso que no nos deja avanzar

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