Incongruencias y responsabilidad

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Cúpula de la Sala XX de los Derechos Humanos y de la Alianza de Civilizaciones​ de la ONU
¿El techo representa el caos de los derechos humanos?

Una de las características de nuestra conducta humana es la incongruencia entre lo que decimos y hacemos. Lo que decimos se supone que coincide con lo que pensamos, pero esto es una premisa muchas veces falsa, porque en realidad cuando estamos en público actuamos según el rol que en ese momento queremos jugar.

Ser consecuente con lo que pensamos, decimos y hacemos es una tarea ardua, porque implica una gran dosis de honestidad por nuestra parte y no temer al juicio social. Ahora bien, en este esquema falta quizá la parte más importante, que es lo que seguramente armonice todo el conjunto: ¿qué es lo que sentimos cuando actuamos de cierta manera? En ocasiones, nos damos cuenta de que tenemos que actuar de un modo diferente a como pensamos o expresamos con nuestra palabra, porque de ese modo nos sentimos mejor con nosotros mismos, porque nos sentimos más justos con la realidad con la que nos encontramos. Y puede ser que entonces nos saltemos toda lógica racional o argumental. Es lo que entendemos por inteligencia emocional, que, si nos fijamos bien, es lo que guía nuestras vidas. 

A mí la palabra que me gusta utilizar es armonía. Esta expresión utilizada en un sentido integral, la aprendí en el yoga, buscando armonizar mi cuerpo, mi mente, mi corazón, mi entorno, entendiendo por entorno no solo lo que está cerca de mí, sino todo el universo mismo. Mi mundovisión en armonía ecológica con todos los seres y cosas. Y, algo curioso, en lo que pensamos poco, esta armonía está fuera del espacio y del tiempo, porque abarca no solo la totalidad del presente, sino también la totalidad del pasado y del futuro. De este modo, cuando hoy criticamos la incongruencia de estar por un lado viendo lo nocivo para el medio ambiente que resulta la combustión de residuos fósiles, y por otro viendo que se sigue comercializando a gran escala con el petróleo, padre de la gasolina, plásticos, etc., nos sentimos mal, incoherentes, aunque los actores responsables no seamos nosotros mimos. Y lo mismo se puede decir del narcotráfico, el tráfico de armas, y de palabras aún mayores, como la falta de respeto por la vida humana y sus derechos.

Ser consciente de estas incongruencias nos hace sentir mal, aunque aparentemos vivir bien, felices y despreocupados. Y ocurre en todos los ámbitos. El del Derecho es uno de los ámbitos más espectaculares. Tenemos una serie de derechos maravillosos, proclamados a todos los niveles, pero luego no los vemos actualizados en la vida real. Y eso nos hace sentir mal como individuos y también como sociedad.

Nos hemos acostumbrado a vivir en la incongruencia. Una de las cosas que más me ha impresionado de unos retiros budistas a los que he acudido, es que se guarda silencio. No solo por el hecho de buscar la paz en el silencio, sino por el hecho de que los maestros justifican el silencio simplemente porque así no se da paso a la mentira cuando hablamos, es decir, a la incongruencia entre lo que pensamos y decimos. ¿Nos damos cuenta de que normalmente hablamos mintiendo? Excusas falsas para no acudir a determinada reunión, o no aceptar una petición, a no cumplir con nuestra palabra. Exageraciones de la realidad por uno u otro motivo… Y eso nos parece muy mal cuando lo hacen los demás. Pero, ¿somos conscientes de que nosotros también lo hacemos con toda naturalidad? Es cuestión de hábitos. Si nos acostumbramos a mentir, o a decir medias verdades, al final nos parece natural… pero, ¿nos sentimos bien? Cuando en realidad nos ponemos delante de nosotros mismos, ¿nos podemos engañar? Yo personalmente no puedo. Ni creo que nadie pueda, a no ser que, con el tiempo, nos convirtamos en nuestra propia mentira. Es decir, nosotros también tenemos mucha responsabilidad en nuestro modo de ser. No sólo las circunstancias, o el entorno. Una cosa es que yo excepcionalmente, por una buena razón, sea incongruente conmigo mismo, y otra es que eso ocurra habitualmente. He ahí la diferencia.

Aquí aparece una nueva dimensión a la que ya he aludido de pasada: la responsabilidad de mis actos. Todo acto tiene sus consecuencias, y por tanto, me obliga a ser lo más consciente posible de ellos, por las consecuencias que pueda traerme a mí o a otros. Porque cuando hablamos de ética, en principio estamos hablando de nuestra ética personal, que son los principios por los que nos regimos en nuestras conductas y que nos hacen sentir bien en todos los niveles de razón y sentimiento.  Pero a veces no podemos actuar de un modo determinado, por las consecuencias que ello puede traer, sobre todo a personas ajenas, inocentes, por así decirlo, del choque que pueda haber entre mi acto consciente y la sociedad en la que vivo, con la que también debo estar en armonía y es, a fin de cuentas, lo que se persigue con las democracias. Unas mínimas reglas de juego respetadas por todos.

En el reparto de responsabilidades, todo el mundo sabe que hay unas personas que por su nacimiento, cargo o méritos, resulta ser una influencia para muchas otras, a las que alcanzan las consecuencias de sus actos. No es lo mismo lo que decide un presidente de Gobierno, que lo que decide un ciudadano cualquiera. Ni es lo mismo lo que decide un padre o una madre con respecto a su hijo, que lo que pueda decidir al respecto un extraño. Es la cuestión del modelado que todos conocemos, pero también aludimos a todo tipo de responsabilidad política, penal o civil de cualquier persona que ostente una cuota de poder social. Cuanta más alta sea su cuota, más grande será su responsabilidad. A quien más se le ha dado, más se le pedirá. Porque, a fin de cuentas, somos nosotros quienes damos el poder a determinadas personas a las que elegimos como nuestros representantes.

Las incongruencias de estos últimos tienen mayores repercusiones. Porque nos obligan a todos a aguantar con las consecuencias de sus erróneas decisiones, tomadas presuntamente en conciencia, pero muchas veces tomadas por conveniencia personal (corrupción). Y esto debe tener sus consecuencias. La primera de ellas la revocación del poder que se les dio. Y después restaurar los principios acordados, eligiendo a nuevos representantes que actúen en la dirección democráticamente correcta.

Todos, pues, tenemos nuestras responsabilidades a diferentes niveles, y no podemos escaparnos de ellas. Una de las finalidades que persigue esta web es que las personas que libremente en ella quieran intervenir, lo deben hacer de modo responsable. Es decir, con su firma y si, el dejar por escrito una cuestión que una persona en conciencia defiende, trae algún tipo de consecuencia positiva o negativa, el autor debe hacerse responsable de ello.  Este es un pequeño ejemplo de lo que no se tiene en cuenta en muchas ocasiones cuando se habla o se escribe para el público. Que se habla a la ligera, y luego no se quieren afrontar las consecuencias, a veces legales, que nos pueden acarrear. Esto exige un saneamiento de nuestros principios e ideas, para depurarlas de intereses extraños al mismo principio que quiero defender. Y a la vez una dosis de valentía, si es que seguir tu propio pensamiento implica enfrentarte a una opinión social que no está de acuerdo contigo y puede ser más o menos estrecha respecto a los diferentes modos de ver la realidad. También puede ser que muchos piensen lo mismo, pero no se atreven a decirlo, por miedo a ese juicio externo, que es la base principal de nuestras incongruencias diarias.

Toda mi reflexión gira en torno a la idea de que es necesario depurarnos a nosotros mismos en primer lugar y tratar de ser lo más conscientes posible con nuestras conclusiones y experiencias, aceptando la diversidad, pero a la vez siendo muy exigentes a la hora de denunciar las incongruencias de alto nivel. Es subir un grado más el listón de nuestra honestidad personal, social y global. Porque también en esos niveles somos responsables, cada uno en la medida que puede. Ese sería el primer paso de un camino que puede ser más corto de lo que parece a priori. La honestidad hace milagros. Lo sé por experiencia. Pero también te puede traer una respuesta injusta por quienes no son tan honestos y viven en la dimensión hasta ahora vencedora. Pero yo creo en la fuerza de la honestidad y todos los valores que conlleva, a nivel personal y social. Y si no fuera por esas personas “soñadoras e irresponsables” como suele llamarlas el poder establecido y corrupto, hoy nuestro mundo ya sería inhabitable o inexistente.

Todos podemos aportar, y desde aquí os ofrecemos un medio para hacerlo.

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Imagen incongruente con la de arriba. ¿Quien tiene la responsabilidad?

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