Incompetencias


La bandera y la compra de competencias no construyen las nacionalidades

Uno de los pocos espectáculos que no ha parado durante esta pandemia es el que nos ofrece el Parlamento envuelto en una lucha sin cuartel entre partidos y autonomías   y que ya denunciábamos a mediados de abril como un desprecio directo al contenido del artículo 138 de nuestra constitución que dice literalmente:

  1. El Estado garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad consagrado en el artículo 2 de la Constitución, velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español, y atendiendo en particular a las circunstancias del hecho insular.
  2. Las diferencias entre los Estatutos de las distintas Comunidades Autónomas no podrán implicar, en ningún caso, privilegios económicos o sociales.

Esta guerra ha sido también la base inspiradora de todos los informativos públicos y privados que nos han martilleado constantemente con sus contertulios de diverso pelaje y bandera. Todos han quedado, por así decirlo, como el mono desnudo que ya ni siquiera se molesta en ocultar sus vergüenzas y sus oscuras intenciones con tácticas guerreras primitivas. Si en España hubiéramos tenido la terrible segunda enmienda yankee, las manos de nuestros representantes legítimos e ilegítimos hubieran llegado, sin duda, a las pistolas en duelos singulares o tribales. Pero no, aquí somos más retorcidos e hipócritas y rechazamos la violencia, aunque esta se verbalice formalmente y conste expresamente en el diario de sesiones. No hay disparos, pero sí hay muertos, muertos políticos a mansalva, pero, lo que es peor, hay muertos inocentes, de verdad, que, mientras tanto, se han quedado por el camino. Y la cifra suma y sigue en un galimatías numérico que se pierden entre las autonomías, y que al final, resulta que en el conteo de muertos en general España es el país con el segundo mayor exceso de muertes durante la crisis del coronavirus. O sea, que hay un buen número de muertos extravirus sin explicación estadística, a no ser que se hayan descuidado de un modo u otro los derechos individuales a un tratamiento sanitario justo e igualitario con pandemia o sin pandemia. El escándalo, cómo no, de la capital del desgobierno español, convertido en paradigma de la desigualdad ante la muerte por su gestión con las residencias de mayores y su prohibición de traslado a los hospitales (con la excusa infantil de haber mandado por error un borrador), nos ha dejado del todo claro que aquí ha habido una eutanasia económica, que ya se veía venir desde el principio: Si no merecemos vivir ahora, ¿cómo vamos a vivir después?

Queda claro que España, como cualquier parte del mundo incluidas las 17 autonomías, no estaba preparada para un evento de este tipo y más, si cabe, tras los recortes sociales de estos últimos años. No se trata de buscar culpables, sino de aprender de lo ocurrido y ver cómo nos podemos preparar para el futuro. La cuestión es más bien reconocer que las estrategias han fallado en muchas cosas a pesar del heroísmo de unos (los trabajadores) y de la paciencia de otros (el Gobierno).

Porque ahora la moneda de cambio para votar cualquier cosa que propone el Gobierno, es la compra de competencias: Yo te voto que sí al estado de alarma, si tú a cambio me das todas las competencias sanitarias de desescalada,  o me pones el AVE, o me pones la fase tres del turismo, o reabrimos la mesa de negociación de autogobierno.

Y ahí creo que está la madre del cordero: la guerra competencial, que implica manejar los dineros, sin depender del gobierno central y hacer lo que a uno le dé la gana (en nombre de su Autonomía). Y así 17 veces. Porque las Autonomías manejan competencias administrativas esenciales, entre las que destacamos las de desarrollo de la legislación básica del Estado, así como para la puesta en marcha de esta legislación. Es el caso, por ejemplo, de medio ambiente, política económica, protección de los consumidores, educación, asistencia sanitaria o salud pública. Nada más ni nada menos.

La cuestión es: ¿cómo se coordina todo esto para cumplir con el espíritu del artículo 138 CE? ¿Es posible guiar un rebaño con 17 pastores, que cada uno piensa que lo suyo es lo mejor y lo primero? Algunos piensan que sería mejor ser independientes y así vivirían mejor. Y digo piensan, porque yo creo que todos lo piensan, pero pocos lo dicen. Pero a la hora de quejarse, a la hora de reconocer los errores, todos le echan, eso sí, toda la culpa al Gobierno Central. El Gobierno todo lo hace mal, pero si me das más dinero para lo mío, te voto que sí a los presupuestos. Incluso se quejan los que no quieren pertenecer al Estado español.

No se concibieron así las autonomías. En principio era un método más eficaz de avanzar juntos con las propias singularidades y necesidades cubiertas. Y entre todos servirnos de apoyo mutuo, como adultos. No como niños que se quejan a su papi porque no les deja hacer sus caprichos y luego claudica a cambio de una piruleta. Esta situación hace que hay quienes plantean el estado de las autonomías como un hándicap para el estado de bienestar, ante el cúmulo de mercadeo y corrupción. Y no les falta parte de razón.

Sin llegar a tanto, sin embargo, sí se pueden replantear las autonomías como nacionalidades con su propia cultura y necesidades, con un Estado central que vigila que estas condiciones se lleven a cabo sin agravios comparativos y evitando en lo posible la multiplicidad de administraciones. ¿Tiene mucho sentido que la sanidad, la educación o los asuntos sociales, estén totalmente en manos de las autonomías, sin una fuerte coordinación central que indique unas directrices comunes hacia una meta conjunta? Una cosa de tanta importancia a la hora de la igualdad como los servicios sociales, ¿no se deberían implantar en todas las autonomías de un modo simétrico, con las correspondientes aportaciones de cada autonomía? Cada competencia implica una cantidad presupuestaria que debería ser asumida por todo el Estado y ser distribuida equitativamente y no bajo la sensación dictatorial que algunos quieren ver, porque, los presupuestos compartidos, también son fuente de corrupción en cada autonomía, no se olvide.

En el caso de la pandemia está claro que el Gobierno ha actuado lo mejor que ha sabido, con criterios científicos y por el bien de todos. Y eso ha de ser reconocido. Y si tiene que reconocer algún fallo, que hagan el favor de reconocer también las autonomías los fallos que han cometido ellas, sin echar las culpas al gobierno. Miedo me da el que la última fase de desescalada esté en manos de las diferentes comunidades. Porque algunas han mostrado su ignorancia ante la muerte y solo miran hacia la economía. No les bastan los billones de la UE. El dinero no va a sacarnos de la pandemia y el dinero, como se sabe, se fabrica, así es que hay salida económica. Pero para eso hemos de estar unidos todos. Si no es posible en el mundo, al menos que lo sea en Europa y, por favor, en España. Solos no vamos a ninguna parte, divididos no conseguiremos nada.

Así lo demuestran las incompetencias de las autonomías ante las competencias que logran a cambio de votos. Luego vienen los lloros por el dinero, las familias excluidas y los muertos. Los miles de muertos que nos podríamos haber ahorrado si hubiéramos andado todos juntos. Algunos abrieron hospitales en tiempo récord y los han cerrado también en tiempo récord. Todo por la foto y para que se viera que habían luchado contra el virus mejor que los demás.  Pero ¿y la gente de enfermedades comunes y crónicas, que están muriendo por falta de atención? ¿Y el escándalo de las residencias? ¿Y el escándalo de la eutanasia económica? Dejar ahora a la atención primara de las autonomías el control del virus, es un nuevo error, porque va a sobrecargar aún más una atención que ya está dejando al margen a los pacientes de siempre, que colapsan urgencias, provocando un mayor riesgo de infección. Y todo para que las Autonomías estén contentas y voten que sí, porque si no, vienen los otros y se cargarán lo poco socialmente conseguido en medio de este apocalipsis, que, no lo olvidemos, aún no ha acabado y que nos ha dicho, por si alguien no se ha dado cuenta aún, que hace falta invertir mucho más en sanidad pública, entre otras cosas.


Los presidentes autonómicos camino del parlamento (faltan 10 por teleasistencia)

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