Identidad, percepción y etiquetas

El pasado jueves por la tarde acudí al IES San Vicente Ferrer (Valencia). En su biblioteca nos encontramos semanalmente con Carlos Caurín quienes participamos en el curso de «Educación emocional, neurociencia y educación para la convivencia«.

Se trata de un curso gratuito, abierto a padres y madres de otros centros (incluso a cualquier persona interesada, aunque no tenga hijos) y que Carlos lleva años impartiendo de forma voluntaria. Me siento agradecida de contar con su experiencia y sabiduría, y por supuesto no soy la única. Este año lo han nominado a los Premios EDUCA ABANCA Mejor Docente de España 2019 (en la categoría de Educación Universitaria).

Durante la semana anterior ya abordamos algunos aspectos muy interesantes sobre la percepción; de ahí pasamos a las partes del cerebro (reptiliano, límbico y córtex) y cómo se relacionan con las emociones y su gestión. Algo importante a tener en cuenta cuando nos relacionamos con adolescentes (de lleno en su «tormenta cerebral»), pero no solamente.

Más allá de diferencias culturales, o de raza, sexo, etc. algo nos une como seres únicos y a la vez parte de la «familia humana». Quizás no haya especie en el planeta con más variedad entre sus individuos: «algunos talan los bosques y los explotan indiscriminadamente y otros los protegen creando reservas y parques naturales; algunos son carnívoros y otros son vegetarianos; algunos visten prendas hechas con pieles animales y otros organizan manifestaciones para que nadie lo haga…» (K. Malpica).

Por eso me encantó que Carlos nos leyera este fragmento de Identidades asesinas, del escritor Amin Maalouf; pone el acento en la riqueza de la diversidad y en la identidad como algo inclusivo y esencial:

Desde que dejé Líbano en 1976 para instalarme en Francia, cuántas veces me habrán preguntado, con la mejor intención del mundo, si me siento «más francés» o «más libanés». Y mi respuesta es siempre la misma: «¡Las dos cosas!» Y no porque quiera ser equilibrado o equitativo, sino porque mentiría si dijera otra cosa. Lo que hace que yo sea yo, y no otro, es ese estar en las lindes de dos países, de dos o tres idiomas, de varias tradiciones culturales. Es eso justamente lo que define mi identidad. ¿Sería acaso más sincero si amputara de mí una parte de lo que soy? Por eso a los que me hacen esa pregunta les explico con paciencia que nací en Líbano, que allí viví hasta los veintisiete años, que mi lengua materna es el árabe, que en ella descubrí a Dumas y a Dickens, y los Viajes de Gulliver, y que fue en mi pueblo de la montaña, en el pueblo de mis antepasados, donde tuve mis primeras alegrías infantiles y donde oí algunas historias en las que después me inspiraría para mis novelas.
¿Cómo voy a olvidar ese pueblo?¿Cómo voy a cortar los lazos que me unen a él? Pero por otro lado hace veintidós años que vivo en la tierra de Francia, que bebo su agua y su vino, que mis manos acarician, todos los días, sus piedras antiguas, que escriben en su lengua mis libros, y por todo eso nunca podrá ser para mí una tierra extranjera.
¿Medio francés y medio libanés entonces?¡De ningún modo! La identidad no está hecha de compartimentos, no se divide en mitades, ni en tercios o en zonas estancas. Y no es que tenga varias identidades: tengo solamente una, producto de todos los elementos que la han configurado mediante una «dosificación» singular que nunca es la misma en dos personas.

Por cierto, tampoco hace falta que nos vayamos a otro país o cultura para entender esa «lucha de identidades». Nos pasa también entre unas generaciones y otras. Nuestra identidad no es algo fijo, vamos cambiando con el tiempo, según las experiencias y roles que elegimos o nos toca vivir; lo que me choca es cómo podemos olvidar (¡pero tanto, tanto!) no solamente la historia de nuestro país, nuestros ancestros, etc. sino a nivel personal incluso cómo fue transitar por esas etapas.

Vale, que no solemos tener recuerdos de nuestra como bebés y en nuestra sociedad apresurada es algo hasta revolucionario -escribe Ibone Olza- escucharlos, tener en cuenta su sensibilidad, necesidades, etc. Pero es que hasta parece que nos cueste hacer memoria -por lo menos a mí- de lo que implica ser adolescente, de las dificultades y potenciales que entraña esta etapa. Bueno, mejor sigo hablando de mí: sólo si me doy el tiempo de parar y sentir -con una hija preadolescente…- empiezo a reconectar algo por dentro y encontrar la vía para poder empatizar con la otra persona. 

Sé que las redes sociales y sus algoritmos tienden a aislarnos en la burbuja de nuestras afinidades; también se prestan a malentendidos (simplemente por whatsapp… ¿a quién no le ha pasado?), por no hablar de la desinformación, a todos los niveles. Twitter ya ha empezado a prohibir los anuncios políticos

Carlos comentaba que la demanda de mediación ha aumentado exponencialmente en los últimos años, por la multiplicación de los conflictos. Son infinidad las barreras y etiquetas nos separan, por eso me parecen tan necesarias todas esas herramientas (mediación, Comunicación No Violenta, Dragon Dreaming, etc.) que nos apoyan en la toma de conciencia y de responsabilidad. Para que podamos actuar a nivel individual (personal, local) sin perder de vista un contexto mayor (los otros, lo global).

Me gustó mucho que nos leyera también la carta -premiada a nivel europeo, en mediación- que la alumna Ixchel Martínez escribió con 16 años. En ella describe el «brillo en la mirada» de las personas que le descubrieron la mediación, y esa otra manera de vivir, de estar en el mundo con compromiso y esperanza.

Así que aprovecho para dejar estas líneas como reconocimiento a la labor de Carlos y de tantas otras personas que nos impulsan entendernos mejor y a evolucionar en sociedad. No sé si alguno de nuestros políticos habrá leído el libro de Malouf… Una firme invitación a tener en cuenta las diferencias y a la vez rescatar «las semillas del espíritu colectivo y de la ayuda mutua«.

O corremos el riesgo de sufrir ese tipo especial de tdH (Trastorno por Déficit de Humanidad, comentan desde Sawabona) tan normalizado, que igual llegamos a no darnos ni cuenta.

Vito Ansaldi

2 comentarios en “Identidad, percepción y etiquetas”

  1. Me ha llamado la atención el título de «Trastorno por déficit de humanidad». Creo que eso es lo que nos pasa en general en nuestra sociedad, en este mundo tecnológico de las prisas y la individualidad, en donde las noticias más terribles no nos conmueven, a no ser que nos afecten a nosotros mismos. La memoria es selectiva, y la empatía se hace con todo el ser: cerebro, corazón y las famosas «células espejo», un lujo de la naturaleza que nos hace sentir lo que siente el otro. Pero eso también se puede terminar atrofiando si no nos ejercitamos en lo que algunos llamamos compasión. Vivir con el otro en el profundo sentido de la palabra, es quizá lo que podría definir al animal humano, hoy por hoy, muy lejos de lograrlo, al menos en el primer mundo.

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  2. Sí, la justicia y «razón cordial» que siempre comenta Adela Cortina https://confidencialandaluz.com/bajo-el-amparo-de-una-justicia-cordial/ ; y sobre lo que dices de las neuronas espejo, y no puse al hilo de la percepción… Mira, me alucinó la entrevista a Siri Hustvedt cuando habla de su sensibilidad neurológica (que podríamos etiquetar como «diversidad funcional») y dice: «Lo que denominamos patología puede tener una riqueza que no hay que negar»… «Somos unos desconocidos para nosotros mismos».
    Te invito a leerla entera 😉 https://www.lavanguardia.com/lacontra/20191102/471316718070/mis-sensibilidades-neurologicas-han-determinado-mi-vida.html

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