Humanidad

Estos días los telediarios parecen un eterno muro de las lamentaciones que, en realidad, no llevan a ninguna parte. Puesto que, si la sociedad no se toma en serio su responsabilidad civil y las autoridades no hacen cumplir las normas a rajatabla, vamos a seguir empeorando. Y, ciertamente, no hemos visto muchos signos positivos de que la gente haya tomado conciencia de que, si al menos un 70% de la sociedad no cambia de actitud, vamos a ir a peor. Igual que las vacunas. No basta con que una minoría sea responsable: hemos de ser mayoría.

La autoridad competente no ha demostrado ser tan competente puesto que seguimos sin paliar la falta de sanitarios que trabajen en condiciones seguras y dignas y sin poner sanciones ejemplares a quienes no cumplen con lo establecido. La crispación política que vivimos no ha ayudado en nada a este problema, a pesar de algunas tímidas voces de varios parlamentarios de partidos opuestos que se han alzado en contra de su mal ejemplo. El problema es el mismo: son solo algunos, pero no todos. Y ahí sí que se pide una mayoría ejemplar total.

En esto, el Gobierno, que dice con razón que su coalición tiene opiniones discrepantes, pero actúan con una sola voz, debería aplicar esta misma norma al conjunto de las Cámaras. En España tenemos 17 normas diferentes que si las unimos al resto del mundo son miles de normas repartidas entre Estados y regiones, sean federaciones o no. Lo único universal es el interés irracional por salvar una economía de ganancia muerta y que no puede resucitar a base de distorsionar la realidad.

Poco se habla de los países en donde han doblegado la pandemia por los pelos a base de medidas dictatoriales. Y uno se pregunta si, para entrar en razón como sociedad, no necesitamos esa mano dura que nos puede salvar del desastre. Como niños, algunos lloran por no poder tomar su aperitivo en las terrazas cuando quieran, o poder viajar, o poder ir de fiesta. ¿No saben que eso es precisamente lo que nos pone en peligro? Se olvidan los muertos, los confinados, las pateras que llegan sin parar, los millones de personas que no tienen techo ni comida, los que siguen huyendo de la miseria. A todos hay que ayudar con el dinero que les sobra a otros. Los miles de millones que deberían recaudarse en sanciones y en la recuperación de los fraudes fiscales, debe ser invertido inmediatamente en mejorar nuestro estado de bienestar en nombre de una justicia social hoy más que nunca necesaria.

La sociedad ha perdido en su conjunto el sentido de la humanidad. Y el virus se aprovecha de eso. Ataca a los ricos y a los pobres (pero más a unos que a otros, puesto que la salud, en gran parte, se compra), a las grandes ciudades y a los pueblos pequeños, a los comerciantes y a los hoteleros. Pero todos formamos parte de una misma humanidad que necesitamos vivir, comer, tener un techo y, sobre todo tener nuestros derechos de vida digna, no solo reservada para una élite privilegiada.

Ya no hablamos de derechos sociales, generosidad o altruismo. Hablamos de nuestra propia esencia, la que nos hace humanos. Y esa la hemos perdido ya. Está en nuestra mano que eso no sea irremediable y que podamos revertir un proceso de sostenibilidad que nos dé estabilidad global y, con ella, la verdadera base para afrontar los problemas comunes. El virus nos ha puesto entre la espada y la pared: o volvemos a recuperar nuestro humanismo, o la naturaleza se encargará de darnos una lección que no olvidaremos jamás, si es que sobrevivimos a ella. Los animales y el resto de seres vivos se regulan a sí mismos por la naturaleza (a costa de muchas vidas). Pero nosotros nos regulamos, además, por la razón, que es la que nos hace evolucionar hacia un mundo más feliz con el apoyo de la ciencia y la tecnología. Pero también hacia la destrucción por nuestra falta de racionalidad, o lo que es peor, por nuestro ciego egoísmo individual, nacido de cualquier ideología oportunista y tendenciosa que, eso sí, tiene la misma facilidad de engaño que la serpiente de un supuesto paraíso, de la que ya nos advirtieron hace milenios. El paraíso, si algún día existe, será nuestra obra, no vendrá, literalmente, caída del cielo.
La vacuna, como una zanahoria colgada ante los ojos de una tortuga, no nos debe hacer olvidar que somos nosotros, todos, los que hemos de colaborar a que sea efectiva. El mundo futuro depende de nuestra responsabilidad de hoy. Y esa es la primera razón de que nos planteemos lo que de verdad significa ser humanos. Ahí está la respuesta y no en nuestro sistema económico, que nos ha hecho olvidar, como en un mal sueño, lo que somos.

El poder de afrontar todos juntos las dificultades es justo lo que nos define

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