Hasta el último hombre

Todavía mucha gente cree que las guerras sirven para algo

Hasta el último hombre. Dir.: Mel Gibson (USA, Australia, 2016) 133 min.

La película Narra la historia de Desmond Doss, un joven médico militar que participó en la sangrienta batalla de Okinawa, en el Pacífico durante la II Guerra Mundial, y se convirtió en el primer objetor de conciencia en la historia estadounidense en recibir la Medalla de Honor del Congreso. Doss quería servir a su país, pero desde pequeño se había hecho una promesa a sí mismo: no coger jamás ningún arma.

Como es habitual en este director, la película refleja con todo detalle la crueldad de la guerra, a la vez que expone un hecho real, en base a una objeción de conciencia de origen religioso y que a la vez resalta la valentía de ser consecuente con las propias convicciones hasta sus últimas consecuencias. Resulta más valiente ser consecuente consigo mismo que escudarse detrás de un arma. No entra sin embargo a juzgar la guerra en sí misma, ni la inutilidad de la misma, dentro de la misma línea del director de exaltar unos valores que pueden resultar contradictorios. Pues parece que puede interpretarse como que las dos posturas son razonables: la de luchar con las armas, y la de ayudar a las víctimas sin utilizar ningún arma. Personalmente creo que en esto no se puede andar con el doble juego. La guerra no es defendible nunca, pues se pierde siempre. Las muertes de los millones de personas que han caído luchando en las guerras sin fin de nuestro planeta no han solucionado ningún problema. Si todos los soldados pusieran el mismo empeño en no tocar un arma con la misma convicción que el protagonista del film, seguro que el mundo funcionaría de otro modo.

La sociedad en general sigue pensando que esta postura ambigua es la razonable, como lo demuestran las continuas guerras, el tráfico de armas, la escalada de armamentos y las justificaciones como la defensa propia y otras cuestiones, que pueden ser evitadas anteriormente en base a políticas de paz y a otros medios disuasorios. Hoy es más efectivo el aislamiento económico que la guerra. Naturalmente vivir sin armas supone la abolición de los ejércitos y de la fabricación de armas. De nuevo entra en juego el consenso universal que empieza por la propia casa. Suiza es un ejemplo de cómo un país puede vivir sin participar en las guerras, aunque la alternativa escogida como paraíso fiscal que tapa el tráfico de armas no es precisamente un camino loable. Pero sí pone en evidencia que hay otras maneras de frenar la violencia entre países, aunque los pocos que lo intentan parecen perdedores, como es el caso de Nepal.

En fin, algún día será. Mientras siguen muriendo millones de personas para nada, pues aún no estamos convencidos como sociedad de que es algo inútil.

Ficha y críticas

Se necesita más valentía para mantener una convicción que para coger un arma

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