Harto de política y medios

Cuando todavía se está gestando un Gobierno que ha costado tanto tiempo concebirlo, la insaciable prensa ya nos ha filtrado todo lo que debería comunicarnos el recién elegido presidente en el momento adecuado. Este modo de proceder ya hace mucho que se da en nuestra sociedad tecnológica, que nos repite tendenciosamente sus informaciones de modo que hacen una especie de lavado de cerebro a sus distintos seguidores. La política se ha apoderado de los medios y se entabla una lucha entre ellos con apenas capacidad de reflexión para los que asistimos agotados a sus obligadas informaciones que nos cuelan con toda clase de subterfugios. La más sucia sin duda es la de obligarnos a suscribirnos a las noticias de cada medio si queremos leerlas por el móvil. Mi solución ha sido el bloqueo masivo, puesto que no hacen sino repetir lo mismo, algunas con la arrogancia tertuliana de hacerse jueces paralelos de los políticos y sus políticas. El fin sigue justificando los medios y no les concedo, salvo escasísimas excepciones, la más mínima ética profesional. Además, también ellos siguen la estructura vertical de unos cuantos poderosos que dominan el cotarro con los esclavos que les hacen el trabajo sucio y que compran a las fuentes traicioneras que venden sus chismes al mejor postor. Y luego quedan los que se venden y corean las consignas que les mandan sus capos políticos o de empresa.

De entre todos los ministros y vicepresidencias que nos han colado destaco los dos que para mí son los más fundamentales, porque incluyen a todos los demás: La Vicepresidencia de Derechos sociales y Agenda 2030 presidido por Pablo Iglesias y el ministerio de Universidades presidido por Manuel Castells, sociólogo español, de cuya prolífica obra quiero subrayar dos libros que me parecen capitales: La sociedad red: una visión global y Transformación del trabajo y del empleo y Estado de Bienestar en la sociedad de la información.

Y subrayo estos dos aspectos porque considero que lo que más define a nuestro tiempo es la desigualdad provocada por la caída del Estado social y del bienestar. Los mal llamados derechos sociales han pasado a ser derechos de segunda clase, dependiendo de los presupuestos y considerados más una meta a alcanzar en el tiempo que una perentoria necesidad tan real como el derecho a la vida. Y ese problema se ha de abordar con todas sus consecuencias, desde una óptica transversal y acorde con la tecnología. De ahí, que la Universidad recupere su papel de motor racional de la sociedad, nos parece un acierto de nuestro nuevo Gobierno, impulsado sin duda por la fuerza innovadora y horizontal de UP, que, por cierto, procede a la vez de un movimiento juvenil y ciudadano como el 15M y de la investigación universitaria con personas arraigadas en el campus desde las Ciencias políticas y otras áreas del conocimiento.

Naturalmente, habrá quienes piensen que hay otras cosas más importantes, como es el caso de la economía, el cambio climático o el feminismo. Pero si lo pensamos bien, todo está directamente relacionado con el impacto social que le queramos dar a la política. Si ponemos el acento en el cumplimiento de los derechos para todos los ciudadanos, estamos incluyendo todo el bienestar que implica la igualdad, la inclusión y el cuidado del medio ambiente, así como la transformación de la economía. Pues, no lo olvidemos, nuestra Constitución en su art.33 somete la propiedad privada al bien común, dentro de un marco legal. Y eso nos lleva precisamente a todas las políticas planteadas de impuestos a quienes más tienen en beneficio de los más desfavorecidos y vulnerables.

El que mande la economía por encima de todo, no es más que una desviación del espíritu mismo de la propiedad, que nunca ha de perder su dimensión social, si queremos que sea compatible con un Estado democrático y con la UE. Ese es el espíritu de la Agenda 2030, que intenta hacer realidad todos los buenos propósitos no conseguidos hasta ahora y que se experimentan como extremadamente urgentes.

La violenta ultraderecha española nos ha bombardeado igualmente estos días de pregobierno con una sarta de sandeces a los que uno nunca se acostumbra. Sus violentas acusaciones, faltas de todo fundamento, hacen que uno se sienta harto de este tipo de política que los medios nos obligan a ver una y otra vez, como un modo refinado de tortura psicológica, difícil de soportar sin indignarse. Así es que comprendo a la diputada que manifestó en el Parlamento que a estas alturas le importaba un comino la gobernabilidad de España, haciendo un alarde de libertad de expresión. Y yo, siguiendo su línea, les tengo que confesar que me importa también un comino, por un lado, la unidad de España, y, por otro, la autodeterminación de Catalunya. Porque, siguiendo las palabras de Rufián, lo que de verdad me preocupa es la corrupción, sea del lado de Pujol o de Bárcenas, poniendo en duda el sentimiento nacional.

Personalmente siempre me he sentido muy identificado con la unidad cultural dels països catalans. Pero, políticamente, me siento ciudadano del mundo primero, europeo después, dejando lo de español como una anécdota que cada vez tiene menos peso en una sociedad red.

No me ha gustado el galimatías político-jurídico en que nos hemos visto envueltos entre Catalunya-España-Europa. Ya veremos cómo salen de esta. Como niños han jugado a ver quién la hace más gorda, trivializando el derecho y el respeto a la ciudadanía. Y eso está condenado al fracaso. Europa no es ejemplo de nada, pues se mueve tarde y mal. No le para los pies a nadie, incluido al tirano de USA que desestabiliza al mundo con sus misiles, ni da ejemplo de humanidad en el Mediterráneo ni en Australia, sacrificada al cambio climático, mientras los demás estamos cruzados de brazos. ¿Dónde está el espíritu de pertenencia a la humanidad? Mientras no se responda a esa pregunta no habrá sociedad justa. Cuando la haya, si quieren, ya hablamos de independencia. Mientras tanto, pueden hacer una consulta, que resulta que ahora se reconoce que sería acorde con los Estatutos y, por tanto, legal. Y nos lo dicen ahora, cuando ya está todo patas arriba con gente en la cárcel, prófugos, tribunales que se contradicen, jueces que no saben para dónde tirar, fiscales que dicen una cosa y la contraria, catalanes y españoles divididos, con un cabreo generalizado.

Suerte a los nuevos gobernantes. La van a necesitar, porque tendrán que retirar del camino las mismas piedras que ellos se han arrojado. Y a los que no desean que las cosas se arreglen, que los hay, les deseo que cambien o que se marchen, que el universo es muy grande.


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