Halloween

Quizá el rasgo más sorprendente del ser humano es que piensa que la muerte no va con él, a pesar de la abrumadora evidencia en contra de esta creencia. Habla de los muertos como si fueran otra cosa, seres independientes, con su propia vida, diferente a la nuestra, según cada creencia en las diferentes culturas y religiones.  

Halloween, como su propio nombre indica, es una americanada supersticiosa llegada a nosotros en años ya no muy recientes, pasado por el ñoño filtro USA, que ha convertido lo que se supone una fiesta de honra a los muertos a una pantomima de disfraces con los niños como protagonistas comiendo dulces en exceso, y con los adultos aprovechando la ocasión para cometer otro tipo de excesos escudándose en la mascarada.

Pero a nadie le hace gracia la muerte y se hace un batiburrillo de añoranza de los familiares fallecidos, con rituales y costumbres extranjeras que, una vez más, se cuelan en nuestra cultura de consumo y fiesta infinita. El desatino de acumulación de masas en cementerios, comercio de flores, dulces y lo que se tercie, se mezclan sin sentido en un día que este año es especialmente sádico celebrar en medio de tanta muerte y peligro por la pandemia.

No tiene gracia y es un insulto a la gente que está sufriendo por duelo, enfermedad o ruina económica. Pero da igual. Se blindan las Comunidades para que la gente no viaje, no salga por ahí y se pongan moraos de lo que ya saben. Pero se hará igual, no lo duden. Y mientras, lo que podría ser un día de recogimiento familiar, se ha convertido en una fiesta por un lado supersticiosa y por otro de fiesta americana que a nadie importa, como el viernes negro (¡a comprar!), pegadito a la Navidad que empalma con Nochevieja y las rebajas de enero. Este año, en pleno Estado de alarma que no es alarma, de toque de queda que no es toque de queda y de confinamientos que no son confinamientos, nos estamos ganando a pulso un cerrojo total que nos caerá más pronto que tarde por nuestra imprudencia infantil, por nuestra creencia de que nadie va a enfermar, del mismo modo que nadie va a morir.

Luego nos quejamos de cómo va el país. No se trata de ir todos de luto, pero se trata de un poco de respeto y responsabilidad ante el momento que estamos que no se suspende ni siquiera en las escuelas. Enseñamos a los niños a disfrazarse de muertos cuando la gente se está muriendo, como hicieron con sus padres. Entonces, ¿Qué responsabilidad podemos esperar?

Si yo fuera extraterrestre (que lo soy) y lo viera desde el espacio (que no lo veo), diría como los dioses en Las Troyanas: ¡Haceos la guerra, mortales imbéciles, os moriréis todos! O, según una versión más cercana, Danzad, danzad, malditos

Sonrisas y lágrimas

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