Hacia un nuevo orden mundial

La reciente fotografía del agujero negro Sagitario a en el centro de nuestra galaxia nos recoloca de nuevo en el contexto del universo. Cada paso que da la ciencia responde algunas preguntas pero a la vez abre nuevos interrogantes más complejos.  

Cuando somos conscientes de estas cosas que nos afectan a todos dentro de un universo maravilloso y aterrador, parece que nuestros cerebros de mono se reencuentran con el monolito de la odisea del espacio que nos dice que no sabemos nada de lo que somos y hacia dónde vamos. Cada vez que sabemos algo más, ya nos lo decía Sócrates, somos más conscientes de que no sabemos nada.

Vivimos entre dos realidades: por un lado, la del macrouniverso que rige nuestras vidas de un modo que empezamos a conocer de modo primitivo, y, por otro lado, la de este microuniverso en el que vivimos en el día a día y que cada vez nos gusta menos. Parece todo tan aterrador desde cualquier ángulo que se mire, que nos preguntamos si seremos capaces de seguir avanzando en nuestra evolución de un modo saludable.

La historia pasada que resumimos en nuestros libros, esconde millones de vidas como las nuestras de las que conocemos unas pocas, y de las que recibimos mensajes de alerta sobre nuestros errores a evitar. Pero parece que el viejo adagio de que el ser humano es el único que tropieza dos veces en la misma piedra es algo a lo que estamos condenados. Somos como Sísifos soportando una y otra vez la carga de nuestros egoísmos, que nos arrastra al abismo como el único modo de volver a comenzar a escalar una nueva vida, que al final resulta ser repetitiva, como un  bucle que nos transporta de una época a otra con nuevas circunstancias, pero con las mismas líneas maestras de conducta primitiva y poco global. Nuestro cerebro tribal acaba ignorando el mensaje del futuro, quizá por miedo ancestral a lo desconocido, quizá por acomodación al presente limitado sin conciencia del mañana para otros. Parece que eso ya no nos importa tanto. Solo la amenaza insoslayable del presente nos hace reaccionar cuando ya es demasiado tarde. O casi.

Tribus cavernícolas incapaces de considerar la globalidad como nuestra verdadera razón de ser y de avanzar.  Los acontecimientos que se han sucedido en este ya no tan joven siglo XXI nos han puesto, como otras tantas veces en el pasado, en la disyuntiva de tener que elegir entre un nuevo modo de vida o la destrucción. Este dilema es bien conocido por todos, y nos lo resume muy bien el secretario general de Naciones Unidas para el desarrollo sostenible António Guterres en su artículo La humanidad se enfrenta a una dura y urgente elección entre ruptura o avance

Son muchas las cosas a cambiar: reparto de riqueza, fraternidad universal y no guerra fría constante entre tribus, igualdad de derechos, consumo y energía responsables, y un sinfín de cosas que, a estos niveles, resumimos con la moderna palabra de geopolítica que asume en sí misma el concepto de nuestra vida como seres globales que vivimos en sociedades complejas y cuyos hilos debemos manejar en beneficio de todos.

Lo que se nos pide es un sobreesfuerzo casi inhumano porque es dudoso que lo podamos llevar a cabo desde un punto de vista racional, dado el fracaso repetido de nuestros antecesores, pero del que quizá nos pueda aún salvar ese instinto primigenio de supervivencia que nos lleve a comprender, más allá de nuestra propia individualidad, que todos debemos remar en una misma dirección en esta diminuta cáscara de nuez que es nuestro mundo en el inmenso océano universal.   

Para ser eficaces, ese profundo cambio de mentalidad debería comenzar desde nuestra propia casa, ciudad, comunidad, nación, grupos de naciones y, en fin, desde nuestro intuitivo concepto de Naciones Unidas que una vez fuimos capaces de construir sabiendo ya de alguna manera que nuestro futuro depende exclusivamente de nuestra unión como sociedad genérica. Pero esto ha de suceder no de un modo escalonado y sucesivo, sino desde todos los frentes a la vez, si queremos de verdad llegar a tiempo y no quedarnos a medio camino como hemos hecho hasta ahora.

Este planteamiento es cada vez más urgente y ya angustioso. La política cercana que es la que parece interesar más a la mayoría, queda ridícula al lado de todo lo que implica la geopolítica. Pero todo se ha de armonizar si queremos sobrevivir, o al menos, ser mínimamente felices en este mundo en el que nos encontramos viviendo en una vida a la que le hemos otorgado el derecho de ser digna.

No es la primera vez que las circunstancias obligan a la humanidad a plantearse grandes cambios. Pero ahora, quizá más que nunca antes en la historia, somos conscientes de lo urgente de la necesidad de un nuevo orden mundial. Todos los datos apuntan en la misma dirección. Esperemos que, de una vez por todas, el mono dé el salto definitivo y se convierta, esta vez sí, en el humano capaz de trascenderse a sí mismo y ser capaz de vivir feliz en este mundo. Una gesta que sería la más grande que el género humano aportaría a la historia y que quizá fuera la base para poder trascender en algún momento este pequeño mundo tribal y hacer posible llegar, por encima del espacio y el tiempo, a esos mundos desconocidos que hoy solo vemos en una microscópica proporción con imágenes para nosotros de alta tecnología y a base de complicados cálculos científicos.

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