Hacer atractiva la democracia

Desde 2006, la Unidad de Inteligencia de The Economist elabora un Índice de Democracia en el que repasa el estado de la misma en 165 países y dos territorios del mundo. Basándose en cinco categorías ―proceso electoral y electoralismo, funcionamiento gubernamental, participación política, cultura política y libertades civiles―, The Economist divide todos los Estados analizados en cuatro tipos de regímenes según su nota global: democracia plena, democracia imperfecta, régimen híbrido o régimen autoritario.

En su decimotercera edición, la correspondiente al año 2020, este Índice de Democracia refleja que casi la mitad de la población del planeta, el 49,4%, vive en algún tipo de democracia, aunque solo el 8,4% lo hace en una democracia plena. Además, según The Economist, más de un tercio de la población mundial está gobernada por un régimen autoritario, debido principalmente a China y sus casi 1.400 millones de habitantes. Estos datos son los peores desde que la publicación británica comenzó a reunirlos hace doce años.

El estudio de la revista británica también identifica un cambio hacia el este en el equilibrio global de poder. El ascenso de tres países asiáticos al grupo de las democracias plenas (Japón, Corea del Sur y Taiwán) y la caída de dos europeos (Francia y Portugal) es el mayor ejemplo de esta tendencia. Se trata, en realidad, de una dinámica que comenzó hace varios años, pero que ha sido acelerada por el coronavirus. Asia consiguió frenar los contagios mucho más rápido que Europa, lo que se tradujo en cifras de muertes más reducidas y una recuperación económica más rápida. Por el contrario, el Viejo Continente tardó mucho más en reaccionar y en la actualidad sigue teniendo que recurrir a medidas mucho más duras, con el respectivo impacto en el estado de sus democracias.

Dentro de esa dinámica de cambio de poder sobresale el caso Taiwán. El pequeño Estado insular no solo celebró sus elecciones en 2020, sino que también contó con una elevada participación y una gran movilización de los jóvenes, dando muestras de la resiliencia de la democracia nacional en un momento en el que la acumulación de poder y el atraso de procesos electorales marcaban la actualidad política internacional. Más información

En la clasificación por países, España ocupa el puesto 18, a solo dos puntos de la democracia imperfecta. Ver listado completo

Si observamos este listado, no siempre corresponde a más riqueza más democracia, como vemos por ejemplo con USA o Arabia Saudí frente al caso de Uruguay o Irlanda. Y uno se pregunta qué es lo que mueve a algunos movimientos migratorios a dirigirse hacia países presuntamente más ricos como USA, cuando no brilla precisamente por su democracia. El criterio económico sigue pesando más que las libertades democráticas que se presumen anejas a la riqueza aparente, pero que no es así en ninguno de los casos. Ciertamente el dinero ayuda a la felicidad y a la implantación de las garantías democráticas, pero la voluntad democrática, muy anterior a la riqueza, es sin embargo el motor para que un pueblo pueda ser más atractivo que otro para vivir. Por otro lado la riqueza de los países es hoy relativa a la deuda internacional que soporta, lo que, en realidad, hablar hoy de riqueza no significa tampoco tener un poder autónomo frente a los demás Estados, a quienes necesita por unos motivos u otros dentro de la dinámica global de la economía.

Cuando de cerca vemos la debilidad de la democracia española con sus corruptelas institucionales y su más que dudosa separación de poderes, nos hace recapacitar en qué estado se encontrarán esa gran mayoría de países que caen debajo de nosotros en la lista.

La educación para la democracia incluye también el altruismo para renunciar eventual y temporalmente a los derechos individuales en aras del bien común hasta conseguir el equilibro igualitario en derechos, dándonos la sensación de que realmente vivimos en un entorno familiar y saludable en el más amplio y a la vez profundo sentido de la palabra.

Así pues, y esta es nuestra moraleja, hay que centrar nuestras fuerzas en ser cada vez más democráticos, en donde se escuche la voz de todos y se cumplan las leyes elaboradas con el mayor consenso social. Eso no tiene nada que ver con la lucha partidista por el poder que actualmente tenemos en casi todos los países, con o sin democracia. Cambiar ese chip debería ser esencial para las metas de un Gobierno, de modo que, en toda situación, próspera o catastrófica, las fuerzas se unan en una misma dirección. Problemas como el estado de alarma o la misma exigencia independentista serían más llevaderos y constructivos que la lucha sin cuartel que experimentamos, que no lleva a ninguna parte y donde todos perdemos.

No basta con decir desde las tribunas que somos un gran país. Hay que demostrarlo y sentirlo como tal. Si no, seguiremos luchando en la mediocridad, cerrando nuestras fronteras a la necesidad ajena y, lo que es peor, cerrando nuestras mentes a la democracia, que, insensiblemente, se va escorando poco a poco hacia la tiranía cuando se pierde el rumbo de la igualdad democrática, sin la que no puede haber libertad y mucho menos fraternidad.

Hacer atractiva la democracia es trabajo de todos, también de los ciudadanos, pero para hacerlo hay que estar convencidos de ello y eso, parece, todavía es una asignatura pendiente en nuestra sociedad plural.

Deja un comentario