Fanatismo

Nunca me han gustado los fanatismos, sean del tipo que sean, porque es un sentimiento apasionado y profundo que ciega a las personas que lo padecen. Suelen ser fenómenos sociales, compartidos, que se van retroalimentado de tal modo que llegan a traspasar los límites de la racionalidad y la cordura, llegando a causar muertes masivas, en una espiral desbocada que nunca tiene fin.

Los fanatismos pueden centrarse en una persona individual, en una ideología, en una religión o creencia y una gran variedad de elementos muchas veces culturales, que, de algún modo, intentan justificar el fanatismo en algunas cuestiones. El deporte en general y el fútbol en particular, es uno de los fanatismos más extendidos en el planeta, bien sea a favor de algunos clubes, países, o personas, con las que de algún modo las masas de fans se sienten identificados y se convierten en verdaderas guerras (a veces también con muertos o heridos), más allá del espectáculo o el juego.

A mi modo de ver el deporte profesional ha acabado con el verdadero espíritu originario del deporte, que es claramente un espíritu de superación amistoso y que cuya gloria acaba precisamente en el momento de terminar el juego. Así debieron concebirse los juegos olímpicos, en una época, sin embargo, en donde hasta este mismo espíritu de superación estaba envuelto de un halo religioso.

Cuando el juego termina y se convierte en una competición a muerte por la gloria o la ganancia, el espectáculo deja de ser divertido y se convierte en un verdadero circo romano, en donde poco importa el valor de la vida humana.

La lamentable muerte de Maradona, nos ha puesto de un modo espectacular ante nuestros ojos lo que significa el fanatismo hacia una persona y hacia un deporte concreto, literalmente deificado por una masa incontrolada (en plena pandemia), que defienden unos colores, unas banderas y un modo de jugar, que sí, puede ser espectacular, pero que reduce a quien lo practica en una máquina de fabricar fama y dinero, que nada tiene que ver ya con el espíritu de superación. Las personas que de un modo inesperado se ven elevadas a lo más alto del poder (mediático y económico) se ven tentadas de creerse realmente lo que de ninguna manera son, dioses, y encontrarse realmente con que son ídolos con pies de barro, que sucumben ante las trampas de los falsos amigos que les ofrecen drogas y otros caprichos, que pueden acabar destruyéndolos.

No quiero de ningún modo juzgar a la persona de Maradona por lo que ha hecho en su vida privada. Pero si yo admiro algo en él, sería al hombre que nunca se vio: el que se miraba en el espejo impotente para desengancharse de sus adicciones. Su mirada triste me provocaba una inmensa compasión. Porque alguien que podía tenerlo todo en realidad estaba solo y vencido por la droga (no importa cuál ni cuántas o si eran legales o no).

Me pregunto cuánta gente le quiso de verdad y estuvo a su lado en los momentos malos como persona, no perdonando los errores de un dios, sino luchando por ser lo que era de verdad (sin duda una buena persona). Si ha dejado un legado, para mí ha sido un ejemplo triste como tantos otros, de lo que es la droga y que tantos millones mueve. Como el fútbol. Donde corre el dinero, corre la corrupción y la desesperación. Espero que en su vida haya tenido algunos momentos felices de verdad. Esa fue su verdadera vida. Lo demás, un infierno de adicción y falsos amigos. Es un aviso a quienes pueden seguir su estela (como por ejemplo se habla de Messi), o lo creen un ejemplo a seguir.

Su vida es precisamente ejemplo de lo que no hay que hacer. Las lágrimas de duelo deben ser por él y por los millones de personas con conductas adictivas, que han caído en las redes del negocio sucio. En Nápoles quieren poner su nombre a su estadio. Sería más respetuoso que su nombre quedara en silencio y acabaran con la mafia que maneja los hilos. El réquiem ha de ser por los millones de almas inocentes que mueren cada día en absoluta soledad y desesperación. Nadie es drogadicto porque quiera serlo. Esa es la otra cara del mito. Cuando una persona es consciente de que ya no es una persona, sino una sustancia química que le devora a él y a su entorno, ya no tiene paz. Solo el verdadero amor (a sí mismo) en muy raras ocasiones, puede salvarlo. Pero a los que se enriquecen a su costa habrá que perseguirlos.

Es verdad que un adicto es algo más que una droga. Pero mientras ella esté presente esa persona está muerta. Ese es el legado del falso dios argentino, del que todos debemos aprender y actuar en consecuencia, como personas, como colectivos y como naciones.  Ayer no murió Maradona, fue hace muchos años y hoy no hay que construir una falsa leyenda, sino acabar con la mafia y lo que lleva a las gentes a acercarse a ella: la ignorancia de lo que hay detrás del poder, del dinero y de la fama.

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