Faltan camioneros

La punta del iceberg

Ya hace muchos años que los camioneros están reivindicando mejoras laborales en cuanto salarios, conciliación familiar, descansos, gastos, etc. Hace algún tiempo ya hicieron una huelga bastante importante que provocó escasez de productos en los supermercados. Pero nadie les ha hecho caso. Y ahora, con la crisis desatada por la pandemia, el problema se multiplica por falta de transporte de productos necesarios que se fabrican en cualquier punto del planeta.

El problema, pues, va más allá de los camioneros, porque también afecta a personal de buques, aviación, en suma, a todo profesional del transporte, así como a muchos otros sectores como la hostelería, construcción, ganadería, agricultura, servicio a domicilio, etc. etc. En unos casos falta personal cualificado y en otros hay trabajos básicos con personal supercualificado.

La respuesta a todo este problema cada vez más grave por urgente se llama precariedad. Que los empresarios comiencen pagando más, con todos los derechos garantizados, y ya verán qué pronto encuentran personal preparado o incentivado por un trabajo con futuro.

El problema es, sin duda, sistémico y hace agua por todas partes. No nos cansamos de repetirlo: el capitalismo sin freno es insostenible y su colapso es más inmediato de lo que pueda parecer. Cuando empiecen a faltar productos esenciales a todos los niveles, incluidos los más básicos, la ciudadanía tendrá que rebelarse ante una situación que ya no se puede soportar. El cinismo empresarial, la falta de honestidad y un desmedido afán de lucro acabarán con todo, incluidas las entidades bancarias que poco a poco se van devorando unas a otras, dejando infinidad de parados en su camino. Trabajos sin futuro, futuro sin trabajo, es lo que nos espera, y esta es la mayor contradicción del capital, que no puede subsistir sin la fuerza de trabajo. Hoy por hoy no bastan las máquinas, y hasta para fabricarlas hacen falta personas que las construyan y manejen, aunque sea por ordenador.

No pueden ser atractivos trabajos sin cierta estabilidad, cosa de lo que hoy pueden presumir muy pocos. Escasez de médicos a los que se sigue castigando con precariedad a pesar de ser hoy piezas clave de nuestra vida pandémica es uno de los mayores exponentes del desastre que ya tenemos encima.

Aplaudimos la reforma laboral y todas las reformas que vengan, pero si no atacan de raíz el mal no haremos sino prolongar la agonía de una muerte anunciada. Asusta tanto como el volcán de La Palma, su destrucción sin remedio avanza y avanza. Pero la precariedad sí tiene remedio y no nos podemos conformar con ver cómo poco a poco mueren nuestros pueblos, nuestros enfermos, nuestros supermercados, nuestros ordenadores, nuestra vida, en suma, por una inercia capitalista que no quiere tener remedio. Solo ve la ganancia inmediata, cuando el mayor tesoro que puede tener un capitalista es la confianza de un trabajador a su cargo.

Mano firme por parte de un Gobierno que se llama progresista, con la amenaza de la ultraderecha como la colada del volcán que avanza imparable destruyéndolo todo. Se hace necesaria una mayor intervención estatal que acabe con la brecha suicida y ponga freno a precios, suba salarios y reparta la riqueza.

El trabajo es la única riqueza que nos permite desarrollar nuestros valores y aportar nuestro apoyo a la comunidad.  Hay que defenderlo como sea, por encima de los empresarios, que han de reaccionar a esta situación si ellos mismos quieren sobrevivir.

Y… ¿Cómo acabará Suiza?

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