España no necesita al PP

Hay quien espera su turno

El circo mediático del PP no ha hecho más que empezar. Una señal de que algo va a cambiar, pero sin idea de cómo acabará. Parece que entre los dos contendientes iniciales (Casado/Ayuso) ninguno saldrá ileso y está por ver quién cae primero. Parece que las papeletas se las lleva Casado. Pero la larga lista de traiciones, acusaciones e investigaciones pueden llevar a resultados inesperados y a una lista interminable de caídos.

Hay viejas hienas, como es el caso del gallego amigo de los narcotraficantes que están acechando alrededor de los cadáveres políticos observando cómo los buitres devoran lo suyo y esperando el momento adecuado para dar su dentellada y salir huyendo con la presa del poder.

Entre las muchas frases oídas ayer (porque hoy la cosa se centra en la supuesta muerte política de Casado) destacó una falacia a juego con la prepotencia pepera de la que alardearon algunos de sus todavía militantes: España necesita al PP. Y nada hay más falso.

Una cosa es que en un Estado democrático es bueno que haya disparidad de proyectos y concepciones políticas para que, dentro de un diálogo honesto, cada uno defienda sus valores y programas a fin de que los votantes puedan decidir más tarde entre un abanico de posibilidades. Pero condición esencial para la democracia es que los adversarios políticos estén realmente convencidos de sus principios y los quieran aplicar en beneficio del bien común. Y el primer signo de honestidad es que quien predica lo haga con el ejemplo y no bajo la sospecha demostrada de corrupción, sea esta del tipo que sea. Y de esto el PP sabe mucho como ha quedado meridianamente claro a pesar de su nefasta influencia en el poder judicial y mediático, entre otros muchos ámbitos.

Es necesario, sí, que haya diferentes proyectos políticos, pero no corruptos. El PP lleva en su árbol genealógico la dictadura franquista entre cuyos ministros nació AP y de ahí el PP como un simulacro de cambio. Pero el gran error es pensar que las cosas cambian por cambiar nombres y lavar las fachadas, cuando lo que quedan son las mismas personas corruptas o sus discípulas. Y eso es lo que por fin les ha estallado en las narices.

Ha bastado que una miembra díscola aclamada por unos seguidores de dudosa reputación haya plantado cara a su monolítica estructura para desencadenar el caos. Pero todo lo que sale ahora a la palestra estaba ahí desde hace décadas, desde que se engendró un partido popular que nunca ha hecho honor a su apellido, siendo más bien elitista y ahora populista.

Galicia es lamentablemente famosa por engendrar políticos que nos han amargado la vida. Y la tormenta apunta también ahora en esa dirección.

No queremos más corrupción en ningún partido. De momento lo que se ha logrado es que la extrema derecha siga creciendo sin control achuchado por el propio populismo pepero que ahora no puede dar marcha atrás. Ahí está un partido neonazi fascista neoliberal que amenaza con dominar el poder, si no mañana pasado mañana, si es que no ponemos remedio.

El único remedio es la honestidad de todos los que se dedican la política. No mirar hacia otro lado ante la corrupción, no considerar democráticos a partidos que apoyan la violencia o la desigualdad y sacarlos del espectro político. Y la ciudadanía, la verdadera soberana del pueblo, ha de saber hacia dónde camina. Y parece que hay una mayoría (¿?) de españoles que parecen no verlo. Vamos mal. Solo nos queda la esperanza de que entre tanta miseria surjan otros líderes que sustituyan a los partidos muertos. Y los demás que tomen ejemplo.

No sigamos mirando hacia otro lado. Nos va la democracia en ello.

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