España narcotizada

Y sin embargo te quiero

El desgobierno español de estos últimos años ha tenido una cosa buena: todo el mundo se ha retratado y sabemos con quiénes nos jugamos las cartas. Ha puesto al descubierto que la transición no lo hizo todo, como algunos pensaban. La democracia cambió las cosas, pero la balanza ciega de la justicia creo que se inclina más hacia lo malo. Ciertamente España no camina sola, camina al compás de Europa y del mundo, pero ese compás que nos llenaba de esperanza y nos hacía pensar en un mundo mejor, hoy vemos que el mundo no es tan maravilloso como parecía que iba a ser. Y España no iba a ser menos. Es posible que en la transición las cosas se hicieran lo mejor que se pudo, pero no se puede vivir siempre del pasado. Hay quien hace alarde de sus 140 años de historia, pero en un minuto se puede perder todo. Un antiguo refrán decía que nobleza obliga, es decir lo construido con tanto esfuerzo, nos obliga a seguir construyendo, no a destruirlo por intereses que nada tienen que ver con el espíritu democrático que cambió a España.

Pero no ha pasado un minuto, sino muchos años. Sin ir más lejos, nuestro Rey Juan Carlos, que sin duda hizo mucho por el cambio, lo perdió todo por una foto elefantina. El juicio no es a la persona, sino a lo que representa. Nobleza obliga. Pero en el paso de estos años, ¿qué hemos cosechado? Muchas cosas buenas, sin duda, que no voy a enumerar, porque ya nos las han dicho muchas veces. Pero hay que referirse a lo otro: paro continuado por encima de la media europea hasta cifras escandalosas, precariedad laboral y social insoportables, con el sonsonete de fondo de que ya hemos salido de la crisis, corrupción hasta el tuétano de la clase política y demás poderes, desahucios, inmigrantes ahogados o maltratados, desigualdad total.

La derechización de España está siendo brutal, como hacen los demás. Lo del pato Donald Trump y lo del brexit Boris Jhonson son dos ejemplos de cómo nos va en el primer mundo. No se sabe bien hacia dónde mira Europa. Sólo tiene una preocupación: la estabilidad económica. Pero, ¿la estabilidad de quién? No se necesita saber mucha economía para darse cuenta que este caos económico no hay dios que lo resuelva, a no ser que cambien sus principios matrices: ganancia a toda costa, explotación de personas y naturaleza hasta reventar. Es absurdo pensar que vamos solos a la deriva: en el barco vamos todos.

Pero, ¿dónde está el famoso orgullo nacional? Hay que ver a nuestros líderes cómo regresan con el rabo entre las piernas y aceptan lo que no se puede cambiar. Y por líderes entiendo no solo políticos, sino también sindicales y los antes representantes de las bases. Todo el mundo se inclina ante la realidad. No es lo mismo idealizar que gobernar. “¿Cómo va a hacer un presupuesto del Estado una persona (y su partido) que no tiene experiencia en gobernar?” -dijo nuestra cabeza de Gobierno-. Pues ¡anda que lo han hecho tan bien los anteriores, que nos han traído hasta aquí! Al tercer mundo ni mentarlo, porque esos ya no cuentan para nada.

Así es que yo cada día de estos meses que vamos de mal en peor, soportando las necedades prepotentes de los moderados portavoces de quienes se creen nuestros representantes, me pregunto: es que ¿España está narcotizada? Marx dijo que la religión era el opio del pueblo. Pero, ahora que la gente pasa descaradamente de la religión a pesar de la Iglesia católica, ¿cuál es la adormidera? ¿Dónde está el espíritu democrático de la transición? ¿Cómo es que la gente no se mueve? ¿Estamos todavía en el postfranquismo despolitizado, de gente que pasa, que no vota ni se inmuta ante la derechización absurda de nuestro país?

El desmadre verbal de estos día se está pasando varios pueblos. ¡Algunos que hoy se quejan de que haya fiestas honoríficas para etarras, son los mismos que hace años se callaban cuando se oía en algunas manifestaciones Eta mátalos! Los mismos que hoy vociferan contra Catalunya pedían en otros tiempos su voto y hoy siguen necesitándolos. Son tan prepotentes, que son incapaces de apoyarse los unos a los otros. Todos se han convertido en salvadores de España. Todos menos alguno, que tímidamente alza la voz en contra de este desaguisado y le acusan de querer sillones. ¿Es que se puede hacer algo en este país fuera de los sillones? Está claro que no. Así es que o espabilamos la poca democracia que nos queda o vamos a perder los escasos derechos que teníamos.

La bendita izquierda sigue dividiéndose a la velocidad de las amebas. Y lo peor son los argumentos: mas vale trabajar precario que no trabajar, más vale entrar en un gobierno mediocre antipopulista, antiseparatista, antiterrorista y anti todo, que al final sobrevive de los que ellos llaman populistas, separatistas y terroristas. Y les recuerdo a todos un asuntito importante: que yo sepa, todos los partidos legales en España son constitucionalistas, españoles y antiterroristas, aunque tengan ideas de reformar la Constitución y el sistema económico neoliberal y neofascista. Y si quieren ser independientes, ya se verá legalmente lo que se puede hacer. Porque las leyes las hacemos nosotros.

Pero lo que le da más miedo a la España sensata del centro-ficción es perder los privilegios del dinero, porque en este sistema, lo que único que vale es la pasta y eso muchos no lo queremos. Así es que despertemos de una vez, que los tenemos ya en el gobierno y no se marcharán del poder si no les tiramos con nuestros votos. Lo digo porque el pájaro de las nuevas votaciones 2019 sobrevuela España. Igual se ha escapado de la antigua bandera de Franco.

Por desgracia pasaron, se quedaron y aún no se han ido

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