España ingobernable

Amadeo dejó España por ingobernable.
No hemos cambiado mucho

Amadeo I de España, fue Rey entre 1871 y 1873. Su reinado estuvo marcado por la inestabilidad política. Los seis gabinetes que se sucedieron durante este período no fueron capaces de solucionar la crisis. En su carta de despedida al Congreso afirma que tengo hoy la firmísima convicción de que serían estériles mis esfuerzos e irrealizables mis propósitos para conseguir el consenso político y social necesarios para una convivencia saludable y pacífica.

Así que, lo de ahora, no es nada nuevo. Ya llevamos más tiempo en un peligroso vaivén político que nos ha enfrascado en un período electoral constante durante cuatro años, y sin expectativas de cambio a corto plazo.

Tengo la profunda convicción de que en España se ha de realizar un profundo cambio social si queremos salir airosos de esta situación, no tan sorprendente, si pensamos en los años de corrupción oculta que hemos tenido. Estamos recogiendo los frutos de unos años de hipocresía en donde todo se presentaba de color de rosa, cuando en sus raíces más profundas todo estaba podrido. Nuestra situación no está desvinculada del contexto global, pero sí que está empeorada. La pluralidad democrática, al fin presente en nuestra sociedad, ha dejado al descubierto nuestras vergüenzas, antes ocultas bajo el bipartidismo despótico al que hemos estado sometidos durante estos años de democracia. Pero parece que no todos se han dado cuenta aún de lo que significa convivir en pluralidad, respetando un mínimo de consenso social que realmente atienda las necesidades de todos.

Los partidos deberían replantearse su propia democracia y la sociedad debería preguntarse también hasta qué punto lo que está ocurriendo se debe a su indolencia. Queremos que nos lo hagan todo, sin molestarnos siquiera en ir a votar. Cada uno barre para su casa, cuando lo que hay que hacer es barrer la casa de todos. Somos una Nación por encima de nuestras diferencias. Pero en esto no hemos aprendido mucho.

Cada uno tendrá que cargar con su parte de responsabilidad. Pero que quede claro que la responsabilidad mayor es de los Gobiernos sucesivos que hemos tenido. Yo no he visto más que prepotencia en los Gobiernos, exceptuando quizá los primeros años de la recién estrenada democracia. Días de vino y rosas, donde todo se estaba construyendo. Pero no hemos sabido crecer. Nos hemos acomodado demasiado, cada uno a su medida. Y la cosa revienta cuando los que lo han perdido todo son cada vez más numerosos. Nos amenazan con una gran abstención en las elecciones que nos vienen encima. Eso sería una vergüenza aún mayor que la de repetir elecciones. Los que un día fueron luchadores nos han enseñado a buscar el beneficio individual a cualquier precio, olvidando el sentido profundo de la palabra social. Ser del partido socialista no significa necesariamente ser un demócrata social. Nos han hablado hasta la saciedad de populistas, constitucionalistas, separatistas, independentistas, terroristas, liberales, centro derecha, progresistas, y toda una serie de calificativos convertidos en arma arrojadiza entre partidos. Y han olvidado precisamente los adjetivos que marca nuestra Constitución: Estado social y democrático de Derecho.

Y, lo peor de todo, es que se han empleado mentiras como si fueran verdades, falsa transparencia de lo que estaba oculto, para hacernos creer que estábamos en una nueva época. Pero no es verdad. No solo no hemos avanzado en nuestra democracia, sino que estamos igual que en el XIX cuando Amadeo se largó harto de España.

Yo creo que lo que ha fallado ha sido querer avanzar sin hacer una limpieza profunda de nuestra sociedad: sistemas de administración, reformas que garantizaran los derechos ciudadanos y, sobre todo, intolerancia a la corrupción. Creerse poseedor de las soluciones cuando se ha sido parte importante de la causa de la corrupción generalizada de las Instituciones del Estado es una quimera que responde a la prepotencia fantasiosa de unos egos que han disfrutado demasiados años de privilegios que no les correspondían, puesto que se han conseguido a partir de la mala gestión del patrimonio común de nuestra sociedad.

Mientras no se reconozca la parte de responsabilidad que cada uno ha aportado al desastre actual, no se puede poner remedio a todas las consecuencias. Así es que los políticos deberán pasar por una criba electoral implacable, que recupere los principios del sistema representativo, empezando por la honestidad. En este país hay mucha deshonestidad. Cada uno sabrá por qué. Pero no podemos quedarnos callados. Hay que reformar lo que haya que reformar y buscar a las personas competentes. Hay que mojarse y no cruzarse de brazos y dejar de ser la España narcotizada que ha estado mirando hacia otro lado demasiado tiempo. Mi única esperanza es que aún considero que hay dos políticos honestos en España. Eso ya es algo para empezar. Ahora faltan los demás. Y luego ya hablamos de lo que sea: presupuestos, programas, reformas, independencias y referéndums, de lo que es la derecha y de lo que es la izquierda. De lo que es la riqueza, la pobreza y la injusta desigualdad.  Y luego ya nos ocupamos de Europa, de su nefasta política de inmigración, de su notable giro a la derecha o de su cobardía ante las injusticias del mundo. Y luego ya nos preocuparemos de otros temas terribles a escala mundial. Pero empecemos a limpiar la casa, si queremos tener un gobierno decente. Si eso sucede, la deseada estabilidad vendrá sola. Y no solo pintará el dinero. Las personas, todas, vengan de donde vengan, serán algo a tener en cuenta. El Estado dejará ser parte del problema y empezará a solucionar las cosas. Amén.

La limpieza es imprescindible, si queremos un Gobierno

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