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Cada 40 segundos hay una muerte por suicidio

Pasan los años y vemos que hay cosas que no cambian sino que empeoran: hambre, sequías, guerras, cambio climático, dictaduras, fanatismos religiosos o ideológicos, descontrol económico… incluso la pandemia que actualmente padecemos no difiere mucho de las anteriores vividas en la historia, excepto en que se agrava en mortandad y rapidez de expansión, con la seguridad de que también van a ser más frecuentes.

Todas esas variables y otras más, explican la creciente desigualdad a escala global que lleva pareja una creciente migración universal de unos países a otros, por alguno o varios de los factores de variabilidad que hemos nombrado. Una situación que no solo no soluciona los problemas de origen, sino que los expande, creando a la vez nuevos problemas de convivencia intercultural. Todos los indicadores son los más altos registrados en la historia, sin indicios de un posible decrecimiento.

Hemos llegado a una situación tan insostenible que aparece como primera causa de mortalidad externa el suicidio, tanto en los países ricos como en los países más pobres. Es escalofriante saber que cada cuarenta segundos se produce un suicidio en el mundo y que, en nuestro país, esta es ya la primera causa de mortandad juvenil.

La conclusión evidente es que vivimos en un mundo que no es feliz. Que la vida, para la inmensa mayoría, es demasiado difícil de soportar. Si tenemos en cuenta que el suicidio es el indicador extremo de la infelicidad, suponemos que hay por debajo toda una escala de sufrimiento que, por unas razones u otras, incluida la misma cobardía ante la muerte, impide a muchos tomar esa dura decisión. Un número que nunca sabremos, pero que podremos suponer enorme.

Si a cada persona le preguntamos sus razones para no ser feliz, describirán cuestiones muy variadas, pero bajo todas ellas, en mayor o menor proporción, aparecerá la inseguridad económica, la falta de medios para paliar sus problemas de salud, trabajo, libertad de expresión, etc. Vivimos en un mundo inseguro de poder ser como somos, de poder vivir con la dignidad a la que todos tenemos derecho, de poder vivir con amor y justicia social.

Todo son desengaños, protestas y esclavitudes que atentan contra la misma esencia del ser humano que es la libertad de ser lo que se es y desarrollarse según nuestra propia libertad y conciencia. La sociedad se convierte en una carga, en vez de constituir el mayor y mejor apoyo, no sólo para sobrevivir como individuos y como especie, sino para mejorar en todos los niveles de la evolución.

Yo creo que, si nos preguntamos la última razón de toda esta situación, tenemos claro que se trata de una asimetría absoluta entre una pequeña élite de personas que disfrutan de un poder económico que les permite acceder a una vida más que digna, pero que, sin embargo, tampoco implica necesariamente que sean por ello más felices, como nos revela el alto índice de suicidios y enfermedades mentales en el primer mundo. Ni siquiera la inclusión aporta demasiada seguridad, porque todo resulta ser tan frágil que puede cambiar de un día para otro.

El cambio climático, que responde a un consumo desorbitado de energía en el primer mundo a costa de los países pobres, es un síntoma muy grave de la falta de seguridad del planeta y, por tanto, de nuestra especie, que no se puede concebir sin una relación directa con su hábitat natural. Si no cambiamos de una vez el modo de ver las cosas, si no aprendemos de los errores del pasado, en los que caemos una y otra vez obligados por los poderes fácticos, acabaremos en colapso total.

Hace décadas que lo sabemos. Ya no nos podemos permitir vivir más en ese error. El ser humano y con él todo su entorno, está por encima de todo poder y de toda riqueza. Porque la vida es todo lo que de verdad tenemos. Si no la convertimos en algo deseable, si no renacemos con un nuevo pacto que lo cambie todo de perspectiva, ya no habrá más oportunidades.

¿Demasiado apocalíptico? Puede ser. Pero es que ya vivimos en un apocalipsis. Algunos ya hace tiempo que lo han sufrido y han muerto arrollados por él. Otros están muriendo. Así es que, hoy por hoy, como mucho, solo ralentizamos un proceso que no tiene retorno.

Solo podremos salvarnos si nos unimos todos, como en la pandemia actual. Así es que Vds. verán lo que hacen, piensan y deciden para que eso se haga realidad.

Ver la vida con otra perspectiva

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