Entierro del franquismo

            La vida no para de sorprenderme. Y para mí fue una sorpresa el revuelo que se armó con la moción sobre la tumba de Franco, que no sabemos cómo acabará. Pero la sorpresa fue comprobar que había tanto zombi franquista en España. Los creía muertos. Disimulaban bien. Pero ahora han enseñado la oreja. Todos. Y son muchos. Pero lo peor es que están inmersos en el poder corrupto de este país.

            La actitud de la familia Franco, a quienes en España se les ha dejado acampar a sus anchas, con posesiones y privilegios que no les corresponden, ha sido el colmo. Su arrogancia delata que se sienten tan poderosos como antes. Nunca han dejado de serlo.

            Mi opinión es que deberían haber sido despojados de toda posesión ilícita, de todos los títulos y privilegios y, además, con esa actitud agresiva que ha dado pie a la Fundación Franco y otras lindezas por el estilo, deberían haber sido desterrados de España. Sí, desterrados. Parece que ya no existe esa pena y tan solo tenemos en el código civil la cuestión de alejamiento por un tiempo no superior a 5 años, reservados a casos de maltrato etc. Pues no. Se debería restaurar el destierro para estas personas que han contribuido a mantener vivo al muerto. Al zombi. Y pensaba que eso no existía. Pero sí, existen. Una vez más, el cine tiene razón y la realidad supera la ficción. Me pregunto si se les ha investigado sus cuentas, si están en paraísos fiscales, o cualquier otra rapiña. A otros por mucho menos se les ha investigado todo y se les ha metido en la cárcel.

            A los zombis que quieren revivir a Franco les quiero decir que todavía hay muchas atrocidades del franquismo que quedan por denunciar. Y no me refiero a la gente que mataron y persiguieron por sus ideas políticas, religiosas, sexuales y todo lo que se saliera del Movimiento / Cruzada Nacional. Me refiero a los millones de personas que, como yo, vivimos en el franquismo bajo un terrorismo de Estado que practicaba la tortura psicológica indiscriminadamente por medio de las escuelas, los beneficios políticos o sociales, y cómo no, por la Iglesia católica, que, con su acostumbrada política de terror condenaba al infierno a todo el que no fuera católico, a los ateos, a los comunistas, a los demócratas, a los homosexuales, a los abortistas, a los divorcistas, a los nudistas, a todo lo que fuera sexo fuera del matrimonio hombre-mujer para tener hijos exclusivamente. Un terror que te impedía siquiera pensar en ello, salir del armario, plantear dudas acerca de si las cosas que decían eran verdad.

            Yo nací en 1951 y padecí ese terror político y religioso. Siempre tuve en mi naturaleza el deseo de intentar apoyar a las personas más débiles. Por justicia, no por beneficencia. Entonces no había ONGs y todo lo copaba la Iglesia. Así es que entré en una Orden religiosa con 16 años. Sin saber nada de la vida. Pues la educación de entonces no implicaba educación sexual y otros valores que no fueran hacerte de los movimientos juveniles del Gobierno o de la Iglesia. A los 14 años me había apuntado a una asociación religiosa que hacia ciertas labores sociales como dar clase a niños discapacitados y cosas así. No veía otra solución. Pero al ir creciendo y estudiar filosofía dentro de la carrera eclesiástica, mi cabecita comenzó a pensar y a dudar que todo aquello fuera cierto. Y luego las aberraciones que vi dentro de la Iglesia, y las que viví. Deje de creer en el dios oficial de la Iglesia, pero aún creía en el mensaje cristiano. Y entonces me puse a apoyar a los más débiles, drogadictos, encarcelados, etc. Y terminé de ver la realidad. Me sentí abrumado por la vida, que no se parecía en nada a las estupideces que te decían. Pero ¿cómo lo podría sustituir, con qué lo llenaría? Estas cosas no se podían ni hablar.

            Perdí muchos años de mi vida. Por decir un número redondo, al menos 25 años anduve entre la mentira y el alcohol. Sin atreverme a morir ni a vivir. Un verdadero zombi. Me convertí en lo que ellos querían: alguien que sobrevivía sin rechistar, tragando con todo. Hasta que por fin llegué al fondo, al final de mis fuerzas, tras varios intentos de suicidio, que no deseaba realmente. Viví lo que Kierkegaard describe tan bien en su Tratado de la desesperación. Pedí ayuda y alguna persona me ayudó. Y comencé a vivir una nueva vida, esta vez con libertad. Dejé la Orden, dejé el alcohol, y encontré un trabajo que me venía como anillo al dedo: auxiliar de servició a domicilio para personas con discapacidad. Traté de amueblar la cabeza otra vez con un máster en yoga integral y meditación. Estudié Trabajo Social y luego Doctorado en Derecho y Ciencias Sociales, porque ya tenía una Licencia en Teología. Reconstruí la vida por mí mismo y gracias a quienes me ayudaron y a una ética budista que me hizo recuperar lo mejor de mí mismo y a reconciliarme con las personas, la naturaleza y el universo. Pero no gracias al franquismo, a la iglesia, ni a la sociedad que comenzó a democratizarse demasiado lentamente, como comprobamos hoy en la faceta del franquismo latente (aunque hay muchas más).

            Era un niño y el franquismo mató mi felicidad infantil. Perdí los mejores años de mi vida en el nacionalcatolicismo. No guardo ningún rencor, pero no puedo admitir que hoy nadie, siquiera en broma, trate de recuperar aquella época. Nunca se habla de estas cosas. Da vergüenza reconocer la propia inmadurez. Pero siempre me rebelé contra todo eso, aunque no podía hacerlo sin destrozarme a mí mismo. Hoy ya puedo y recuerdo también las cosas buenas que he podido cultivar: el amor a la vida, al silencio, a la investigación, a la justicia y a la paz. Mi amor es universal, porque me liberé de aquél infierno.

            Quiero denunciar lo que nadie denunció y sobre todo pedir a quienes ensalzan el franquismo o cualquier dictadura pasada sin haberlas sufrido que no se puede consentir que jueguen con la vida de las personas humanas. Tenemos derecho a una vida libre y democrática. A ser como somos. Y eso no se puede bajo ninguna dictadura del cielo o de la tierra. Hay que enterrar de una vez por todas al franquismo y llevarse a Franco al lugar más recóndito del universo. Y con él a sus seguidores y a su familia.

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