En primera línea IV (semana del 13 al 19 de abril)

El distanciamiento va para largo

Esta semana ya me he hecho a la idea de que la cosa va para largo. No me lo acababa de creer, pero según va pasando el tiempo soy más consciente de la realidad y de cuánto va a costar superar esta nueva situación. El otro día oí a algún experto decir que quizá pasen dos años antes de que podamos prescindir del distanciamiento social. Esa noticia, casi desapercibida, la verdad es que me llegó muy adentro. Porque es posible que tarde mucho en reunirme con las personas que quiero y, como todo en esta crisis, la primera vez que lo oigo me pilla por sorpresa.

A cambio he de expresar lo mucho que he agradecido poder hablar con personas cercanas a mí con las que habitualmente no hablo por teléfono y que de vez en cuando nos buscamos para apoyarnos. Es poco lo que necesitamos, simplemente saber que estamos bien y que estamos ahí, para lo bueno y lo malo. Estas cosas que se dan por sentadas no las solemos expresar y poco a poco nos estamos acostumbrando a expresarlo y eso para mí es un gran logro, tanto o más importante como el anuncio que hoy nos dan de que al fin se va a aprobar una renta básica universal que ha de quedar para siempre.

Estos días he logrado sin esfuerzo vivir cada día como un nuevo comienzo. Porque siempre hay una sorpresa, siempre algo nunca antes vivido y la constante sensación de que cada día es una creación. El servicio de ayuda a domicilio limitado y la vivencia de mi libertad en un ámbito reducido, sin ruidos ni prisas, irremediablemente me lleva a vivirlo todo con una intensidad inusitada, porque tengo tiempo para todo lo que he de hacer, reflexionar y alimentar mi espíritu con lo que realmente deseo.

La distancia con las personas queridas nos hace pensar en ellas deseando su bienestar. La cercanía con los que tiendo mi apoyo, lo vivo como una pequeña aportación a su bienestar. Quizá mi único deseo se ha convertido en el deseo de un bienestar universal, por encima de todos mis pequeños deseos, a los que no echo de menos, porque se suplen con el gran deseo de profunda paz universal.

Estos días corren muchos mensajes electrónicos. De entre todos hubo uno que me impresionó. Alguien aprovechó el medio a su disposición para arremeter contra la cuarentena, contra el Gobierno, contra toda medida de prevención. Una persona furiosa como un animal enjaulado, diciendo barbaridades tales como que el confinamiento es anticonstitucional porque nos priva de libertad. Era largo y lo escuché con atención. Por supuesto no lo reenvié como pedían. Me hubiese gustado denunciarlo. Pero no hace falta porque se denuncia a sí mismo con su ignorancia. Es peor que el pataleo de un niño que se le prohíbe hace algo que quiere, sin comprender que le haría daño hacerlo. Es el mensaje, como el de tantos otros que solo buscan desestabilizar.

Ya no me afectan esas cosas. Y a estas alturas creo que a pocos les afectará. O así lo espero. Porque aceptar la realidad y vivir la vida como el único (frágil) bien que tenemos no es fácil para quienes cierran su mente a la razón. Yo no sé cuántas personas coincidirán conmigo en que en estos días veo con más claridad que nunca cómo somos cada uno, las cosas que valoramos y los cosas que no queremos. Yo sé que mi manera de ver las cosas y las personas ha cambiado profundamente, en cuanto que lo veo sin adornos, sin caretas, sin engaños. El silencio clarifica la mente y el corazón. Y siento compasión de quienes son incapaces de hacerlo, incapaces de romper las fronteras de su pequeño mundo, sus ideas, su partido, su nación, sus intereses de empresa, su poder, su caprichosa voluntad. Sin vida no hay nada de todo eso. Y no se lo creen. Yo ya me lo creo y ese sentimiento me hace sentir mejor que antes. A ver lo que nos depara la vida de mañana.

El estado de alarma no es un capricho

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