En primera línea II (Semana del 30 de marzo al 5 de abril)

La verdad es que desde la primera línea las cosas se ven de otra manera. A estas alturas he comprobado que es tanta la información que corre que da vértigo. Lo peor es que a veces se forma un gran caos mental, que yo dejo aparcado. Cuando cumplo con mi trabajo no me pregunto si lo que estoy haciendo es lo mejor que puedo hacer y si todas las medidas de precaución que tomo son perfectas, porque son las que puedo hacer.

Confío en quienes dirigen las cosas desde los Gobiernos y desde las empresas de servicios esenciales como la mía. Pero también es verdad que las medidas que se toman no son al cien por cien fiables, puesto que no creo que al cien por cien esté nadie a salvo del contagio, ni hay en el mundo material suficiente para afrontarlo. Prueben a buscar información sobre mascarillas, por ejemplo, y se encuentran un buen galimatías de información y de negocio. Al final he logrado deducir que ninguna mascarilla es eterna, sino todas de un solo uso. La FFP2 o N-95 son las recomendadas por la OMS. Pero si intentan investigar sobre ella, verán que hay contradicciones en el uso, montones de modelos, y montones de precios. En Amazon estas mascarillas ( a día de ayer) se vendían a 25€ unidad.

Pero volvamos al inicio. Yo sé que las mascarillas que uso no son las más idóneas. Pero si en los hospitales hay quien se pone un trozo de plástico, ¿qué puedo esperar? Por lo menos sé que yo no puedo transmitirlo por la boca cuando estoy con un usuario y uso una distinta en cada servicio. La empresa las consigue a cuentagotas (no sé cómo) y nos las van dando cada semana. De lo demás, guantes y calzas, vamos sobrados, y de ropa, hay que cambiarse cada vez, al menos en parte, y al final de la jornada lavarlo todo. Y de un servicio a otro o a casa vamos andando para no subir en colectivos. Solo lo tuve que hacer una vez que quedaba demasiado lejos.

Y, mientras tanto, mucho tiempo para pensar de camino a los servicios o al hogar. El silencio de las calles no me desanima, al contrario. Siempre me ha gustado el silencio, aunque no a este precio. Si no fuera por el origen, hasta me gustaría más mi ciudad con tan poco movimiento.

No me planteo si lo que hago como auxiliar de ayuda a domicilio es esencial, porque es evidente que lo es. No juzgo si a lo mejor a la persona que atiendo sería mejor no asistir, porque no soy yo quien lo decido. No juzgo cuando algunas personas que usan mis servicios no cumplen debidamente con su confinamiento. Cada uno hace lo que puede y yo cumplo con mi obligación, aunque las medidas nunca puedan ser absolutamente seguras. Los trajes lunares no están al alcance de todos. En Valencia, que tenemos refranes picantes para todo, cuando comenzó lo del SIDA se decía: “Mes val morir de sida que pansida”. Esta expresión castiza de nuestra tierra, la voy a traducir benévolamente como “morir con las botas puestas”. Es decir, más vale morir en la lucha que quedarse sin hacer nada.

Y eso es lo que creo que se está haciendo a nivel global. Lo creo sinceramente. Y creo que todos estamos luchando, lo veo por primera vez en mi breve vida, por la salud global. Hay quienes piensan en otras cosas: en el dinero, en lo que vendrá después, en hacer negocio, en pasarse a la torera las directrices del Gobierno, voz oficial de los científicos. Y veo que cada uno aporta lo que puede.

No me importa lo más mínimo los que piensan solo en criticar, los que piensan en pequeño, los que nos marean con sus teorías, los que piensan en réditos políticos, los que nos inundan de vergüenza con sus actitudes sean Estados o personas. No me importa los que mienten y juegan con el fuego.  No me importa nada de eso. Solo entiendo que mi trabajo, aunque sea reducido, es esencial para el bien de todos. Lo que hago por los demás lo hago por mí y viceversa.

Y esta actitud, que no es nueva, nunca la había compartido tanto. Nunca me había sentido tan unido a un equipo tan grande. Lástima que algunos se queden fuera. Cuando venga la postguerra, cada uno ya habrá demostrado lo que es. Y las postguerras, según dicen los que vivieron la guerra civil (y las dos guerras mundiales), fue peor que la misma guerra. Así es que aprovecho la fuerza que me da este nuevo sentimiento compartido para aguantar lo que vendrá después, o mejor, a los que vendrán después a intentar tirar abajo todo lo que ahora estamos construyendo con solidaridad global. Me anima la seguridad de que, tras el virus, ya nada podrá ser igual. Muchas cosas tendrán que cambiar, incluso las que se creían intocables. Y esto, que lo dudaba hasta no hace mucho, me alegro de haberlo aprendido e interiorizado. Y, sobre todo, sé que aún voy a aprender mucho más. Hay tiempo de sobra para ello.

Calle de Quart en Valencia, al fondo las Torres del mismo nombre, una antigua puerta de la ciudad

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