En primera línea I (Semana del 23 al 29 de marzo)

En primera línea

La semana ha sido breve porque breve ha sido el número de servicios a hacer, preludio de una drástica reducción de jornada, fruto de la imposibilidad de mantener todos los servicios por falta de recursos. ERTE es la otra cara del virus, que alcanza a los de siempre, por muchos paños calientes que pongan. Y felices de tenerlo, porque hay quienes se quedan sin trabajo o, simplemente, ya no tenían. Bonito futuro.

Ciertamente han sido muchos los usuarios, que, con criterio acertado, han renunciado al servicio porque algunos están más acompañados estos días en sus casas y pueden apoyarse en sus familias o por otros medios, evitando así que entremos desde fuera posibles portadores del virus, a pesar de todos los medios que oportunamente se han puesto a nuestro alcance.  Aún así, los medios se han de completar con acciones tales como lavarse cada día toda la ropa que llevamos puesta a falta de batas estériles de un solo uso, o de cambiar de camiseta y una bata de tela cada vez que se cambia de servicio.

Esta situación pone al descubierto quiénes en verdad no tienen ningún otro recurso de ayuda, a no ser que vaya alguien a apoyarles desde fuera. Todo queda dentro de una política y conciencia social de cuidadores, que queda muy atrás de las reivindicaciones de quienes desean llevar una vida más independiente de sus familias o instituciones. De hecho, nosotros no somos meros cuidadores, sino que les apoyamos en todo lo que no pueden hacer por sí solos, bajo su dirección.

Y eso incluye muchas cosas que no se ven o de las que no se habla: duchar, asear, levantar/acostar, cambiar de sillas o de posturas, acompañar a hacer gestiones, compras, transporte de un lugar a otro, ayudar en la rehabilitación en piscinas u otros lugares, acompañar también a sitios de ocio e incluso viajes. El servicio a domicilio también entraña trabajos de la casa como limpieza, lavar la ropa, o hacer la comida. Por eso hay distintos programas, que unos se centran más en una cosa u otra. Nosotros hacemos parte de todo, en sustitución de lo que sería el papel de los asistentes personales, que son quienes de verdad acompañarían a la persona necesitada de apoyo durante las horas que fueran precisas. Lo cual supondría en muchas ocasiones la presencia de varios turnos de asistente y el destierro de la idea de que la familia es la encargada de hacerlo todo. Pero eso parece demasiado gasto a nuestra mezquina sociedad, que eso sí, da cosas puntuales que emocionan.

¿Cómo se conjuga eso con el COVID-19? Muy mal, porque desde siempre se ha obviado afrontar el tema de frente, poniendo parches. Y ahora está ocurriendo lo mismo. Cuando la gente habla de las ayudas domiciliarias piensa sobre todo en personas mayores para hacerles la compra. Y es emotivo ver a dos tiarrones de la UME acompañando a una abuelita, cargando cada uno con una bolsita de comida. O llamadas por teléfono para que no estén solas, etc.

Pero el servicio de ayuda a domicilio no es tan bonito: cuando hay que duchar o asear una persona sea mayor o joven no suele resultar tan fácil dadas sus peculiaridades. Y hay que estar en contacto físico y desde luego no a dos metros de distancia. Y quien dice eso, cuando se les da la vuelta en la cama por ejemplo para vestirlas o lavarlas, o cuando se les ayuda a cualquier cosa que necesiten. Son necesidades de siempre, pero que nadie cae en ellas, excepto las familias que pacientemente las cubren, en contra de la propia independencia de quienes quisieran no cargar a nadie con sus problemas. Para eso está el Estado. Y ahora también.
Pero claro, si ni siquiera están preparados los hospitales, ¿cómo va a estar preparado el sistema para atender a estas personas con las debidas medidas de seguridad? Hoy sábado todavía no sé si contaré con las mascarillas que necesito para los siete servicios que en principio tengo que realizar la semana que viene. ¿Llegarán? Espero que sí, pues en caso contrario no se podrán realizar.

Estos días nos intentan edulcorar la situación con el altruismo de las personas. Y no está mal. A veces uno se emociona. Pero hay que tener cuidado con los voluntarios: deberán tener también medios para protegerse del virus, y saber hacer las cosas que necesite el usuario, más allá de hacerle la compra. A veces no basta con ser voluntario y hay que ser profesional. Ahora se trata de tapar estas carencias apelando a la emotividad, que, no lo olvidemos, mal aplicada ayuda a expandir el virus. Y si no, que se lo digan a las residencias de mayores.

Pero ya corren noticias y vídeos poniendo en claro la desigualdad existente y el retraso que llevamos en sanidad por culpa de las políticas de austeridad. Europa no está dando ejemplo ahora mismo, negándose los países ricos a apoyar a los más pobres, nosotros los del Sur. Cuando ellos también lo necesiten, a lo mejor cambian las cosas. Y ya no hablemos de los energúmenos que se lo saltan todo a la torera y ofenden con sus actos o palabras: desde la calle, desde la política o desde los gobiernos europeos y de otros continentes.

Muchas personas de la sociedad guapa, han empezado a dar millones de los que les sobran. Pero ayer me quedé con un dato que me escandalizó: unos pocos empresarios conocidos han decidido dar la mitad de su sueldo para la lucha contra el virus. Mirando las cifras, con lo que deja de cobrar uno solo de ellos, habría para mantener por varios años nuestro programa de ayuda a domicilio, teniendo la plantilla trabajando a jornada completa. Seguro que ninguno ha pensado en nosotros (los de ayuda a domicilio), porque no saben que existimos.

¿No les parece una burla a la dignidad humana? No estoy en contra de que hagan donaciones. El dinero viene siempre bien. Pero estamos en un Estado social y no en un país confesional de caridad o de beneficencia. Es de justicia que todos podamos afrontar la crisis con suficientes medios, no solo ahora, sino durante toda la vida. Lo dice la Constitución (art.10): vida digna. Y sí, cuando me levanto por las mañanas para cumplir con mis mermados servicios y salgo a la calle veo a varias personas durmiendo en la calle. ¿Qué protección tienen? ¿Recuerdan aquellos versos de “cuentan de un sabio que un día tan pobre y mísero estaba…”? Así ha sido siempre.

Espero que el virus este de mal nombre (o a lo mejor que nos recuerda que la corona es también un virus con el que hay que acabar) nos coloque a todos en una nueva dimensión. A mí esta semana me lo está haciendo:

Estoy contento por salir de mi cuarentena para ayudar a quien lo necesita, a riesgo de su salud y de la mía, porque así ambos tenemos una vida más digna. Pero no quiero aplausos, quiero que se reconozca que el servicio de ayuda a domicilio es también un servicio sociosanitario (cuyo título, eso sí, se exige). Quiero justicia e igualdad, quiero que se aprenda que tenemos que estar preparados para estas cosas y tratar de evitarlas. Quiero que la sanidad sea pública y suficiente. Quiero que las Comunidades Autónomas no sean un problema, sino una ayuda. Quiero que Europa sea de verdad una UNIÓN y no este engendro. Quiero que el mundo no sea gobernado por locos que aceptan el capitalismo como un dogma. Quiero que la máquina de hacer dinero se ponga en marcha para todos. Y, por último, por desear que no quede, quiero que todos estemos sanos y felices. Por nosotros no quedará.

(Continuará)

La otra cara del virus

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