El valor de la ayuda a domicilio

Hay valores que no cotizan en Bolsa

En repetidas ocasiones hablamos de la consideración secundaria en nuestro país de los derechos sociales encaminados a los grupos más vulnerables. Sobre el papel todo el mundo los defiende, pero sobre la realidad diaria la cosa es bien diferente.

Dentro de este capítulo hemos señalado de un modo especial los servicios de ayuda a domicilio porque en él realizamos parte de nuestro trabajo diario, denunciando la precariedad de un tipo de servicio imprescindible para las personas con diversidad funcional y otros colectivos como personas con graves enfermedades o edad muy avanzada, que hacen necesaria la presencia de personas cuidadoras o de apoyo en su vida diaria, generalmente recayendo esta responsabilidad en mujeres madres de familia.

El problema es anterior a la pandemia. Prácticamente desde siempre han sido estos colectivos los que más han sufrido marginación y desamparo. Con la instauración de la democracia y la constitución de nuestro Estado como un Estado social, es verdad que la situación ha cambiado, pues se partía prácticamente de cero. Pero han ido pasando los años, se han creado leyes y la situación no ha cambiado demasiado.  Las personas usuarias de estos servicios se quejan de la falta de atención que castiga a sus familias a llevar el peso de sus limitaciones, sobrecargando sus fuerzas y minando su propia autoestima al considerarse en muchas ocasiones inútiles y una carga social.

Los trabajadores que se dedican a estos servicios, saben que se trata de un trabajo precario e inseguro que depende de subvenciones que llegan tarde y que en cualquier momento pueden desaparecer por falta de dinero. Con menos de 12000€ de salario saben que no tendrán acceso a ninguna promoción a no ser que busquen otro trabajo (hoy tarea imposible). El Estado busca fuerza de trabajo barata para una tarea que, en definitiva, debería ser considerada de funcionariado al mismo nivel que otros servicios sociosanitarios de primera necesidad.  

Estos problemas, que tienen solución a base de dinero, reflejan el talante de los Gobiernos y de sus políticos que dedican sus presupuestos a unos u otros menesteres. Los gastos en defensa o en el rescate bancario, por poner dos ejemplos, superan infinitamente lo que se gasta concretamente en este campo. No vamos a poner las cifras, porque todos lo sabemos, al menos comparativamente.

Cuando vemos a los políticos discutir entre ellos por cuestiones que no les importa más que a su partido por el poder, tenemos la sensación de que les importamos poco y que es una suerte que no estemos necesitados de apoyo para poder vivir con dignidad, porque si por desgracia caemos en uno de esos grupos vulnerables o excluidos, tenemos la convicción de que se nos darán parches a modo de limosna, que en modo alguno van a devolver la dignidad a los implicados y a sus familiares.

Somos muchos los que trabajamos en las llamadas entidades de utilidad pública, cuyo nombre es acertado en cuanto que el Estado nos usa para ahorrase los millones de euros que le costaría atender adecuadamente necesidades de este calibre. Si no fuera por estos equipos y por los miles de voluntarios que trabajan en diversos campos, lo último que se podría decir de nosotros es que somos un Estado social. No somos un país pobre. Estamos entre los países ricos, y eso quiere decir que hay dinero suficiente para atender a los que más lo necesitan, no para que sobrevivan, sino para que vivan con la dignidad que ofrece el siglo XXI.

Ya son muchos los años de democracia y algo falla. La pandemia nos lo ha puesto en las narices de un modo descarnado, porque ahora afecta a muchos millones más. La cuestión es: ¿hasta cuándo lo vamos a soportar?

Desde aquí damos las gracias a todas las personas desconocidas que día a día cumplen con un trabajo que no cotiza en bolsa, que no valora el Estado, pero que sí valoran quienes lo viven de cerca. Nosotros tenemos amigos de verdad, pero quienes se insultan en el Parlamento por poder, no los tendrán nunca. Solo les pedirán favores a cambio de favores o les despreciarán. Una pena.

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