El supuesto fin de las ideologías

Entre las mentes avanzadas hace tiempo que prolifera la convicción de que las ideologías han muerto o, más allá, la misma historia ha muerto. A mí me parece que esta postura tan popularizada que ha convertido todo en post o neo, como los postnacionalismos o los neoliberalismos, son aseveraciones que, en el fondo, son un engañabobos, manipuladas a conveniencia de quienes así lo proclaman. En primer lugar, el dogma de fondo de que ya está todo dicho o nada nuevo sobre la tierra es una verdad a medias y una actitud arrogante de quien cree hacer poseído la verdad, aunque sea parcialmente, convirtiéndola con más o menos mala fe en una verdad absoluta, en contradicción con la presunta  muerte ideológica o histórica, que no tiene motivo siquiera para  plantearse ante la evidente evolución de la historia social y del pensamiento a unas velocidades alucinantes en comparación a los siglos del pasado.

Que las ideologías siguen vivas no hay más que mirar cómo todavía a día de hoy siguen muriendo millones de personas en nombre de una u otra ideología por muy irracional que esta sea. El ejemplo de las religiones es quizá la prueba más evidente, junto con la desigualdad creciente de nuestras sociedades, mantenidas bajo la ideología de un sistema de producción y beneficio que existe desde hace siglos sin haber cambiado lo más mínimo.

Los valores llamados por algunos eternos con tintes divinos, no cabe duda de que han sido superados por la ciencia, la cual, sin embargo, sí nos ha remitido, más allá de un relativismo o eclecticismo más absoluto, hacia una filosofía perenne o principios universales, invocados puntualmente entre la vorágine de contradicciones y enfrentamientos ideológicos contemporáneos. Esos principios universales que parecen tan etéreos, como el respeto a la vida, son sencillos de comprender y cumplir, pues se entiende con facilidad que, simplemente, no hay que arrebatar la vida sin más a un ser vivo. La cuestión es que esos principios básicos se han hecho más complejos al implicar una serie de cualidades que hemos conquistado y seguimos conquistando en la historia viva. El derecho a la vida hoy implica algo más que sobrevivir, y se extiende a la vida con dignidad, justa e inclusiva.

Esta derivación implica la intervención de los Estados manejados hoy por las políticas de partido, que es el medio que actualmente tenemos las sociedades democráticas para definir los alcances y límites de nuestros derechos. Y aquí viene la lucha de voluntades y poderes en la que de repente desaparecen los fines últimos de la consecución de esa vida digna, justa y equitativa. El fin se reconvierte en una colección de votos mayoritaria que dé a un partido (o coalición) el poder suficiente para poder gobernar y aplicar su ideología (o la combinación de las implicadas en la coalición), es decir, su peculiar visión de los valores finales que se pretenden conseguir. Y aquí está la madre del cordero.

Por encima de todas estas ideologías está la cosmovisión que cada una de ellas contempla y que, desde hace ya más de un siglo se han empapado de una supercosmovisión global creada en su origen por una cosmovisón económica del mundo y potenciada por unas nuevas tecnologías de la información que han impregnado cualquier otro idealismo, que, de algún modo, ha quedado sometido a esta globalidad. Una evidencia de ello es el general descontento de los votantes a las leyes que se van pariendo a la velocidad del conejo, para ir parcheando las lagunas que las viejas leyes dejan ante los cambios sociales. No solo resultan poco para unos y mucho para otros, sino que, a veces, y esto me hace pensar, coincidimos los de izquierdas con algunas cosas que defiende la ultraderecha, aunque sin duda con distintas intenciones. El que mi universalismo me lleve a criticar algunas acciones que se adjudican algunas Autonomías complicando el aparato burocrático del Estado, no implica que defienda el centralismo desigualitario que persiguen ellos.

La economía global ha convertido nuestras sociedades en piezas de un puzle piramidal en donde unos estamos bajo el dominio de otros, hasta llegar a una cumbre a veces confusa y oculta deliberadamente y ante la que es muy difícil luchar a no ser que las bases se derrumben haciendo colapsar el sistema. Y si esto es así es porque esa economía global ha sido apropiada por una ideología concreta de producción capitalista que ha desvirtuado la otra globalidad cooperativa y dialogante en donde cada una de las partes aporta sus virtualidades en beneficio común.

La globalidad en sí no solo no es rechazable sino deseable dentro de un mundo con la tecnología suficiente como para que el bienestar alcance a cada una de las sociedades y habitantes de este mundo. Si no es así es poque el poder se lo ha apropiado la otra ideología de clases, que sigue imperando en la historia a pesar de todos los intentos por pararla.

Que nadie nos diga pues que han acabado las ideologías. Al contrario, siguen muy vivas. Lo que pasa es que algunas se montan encima de otras y han logrado dominar al resto que miran por la igualdad humana y no al propio beneficio. Un beneficio que no duda en tergiversar los datos y la realidad haciendo ya casi imposible distinguir lo que es verdad de la mentira, de quién es honesto y quién corrupto.  

Hay que hacer un esfuerzo definitivo por depurar nuestras ideologías y ser conscientes con lo que de verdad deseamos en nuestras vidas. Desde todos los ángulos. Como adultos, como demócratas y como conciudadanos del mundo hoy en peligro por el dominio de una ideología diabólica que mira por el beneficio privado sin límites, aunque eso cueste la vida a muchos y destruya cada vez más aceleradamente el planeta.

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