El regalo de la vida

El regalo de la vida

Durante este tiempo parece que estamos aprendiendo a valorar la vida con todas sus pequeñas o grandes cosas que nos ocupan las horas. Hoy echamos en falta vernos, salir juntos, hacer cosas que antes podíamos hacer con tranquilidad y que ahora no podemos hacer por seguridad de todos.

También hemos empatizado más con aquellos colectivos que pueden verse más afectados por la falta de las libertades de reunión y movilidad como son los menores, los mayores, personas con diversidad funcional, los enfermos con otras dolencias crónicas,  trabajadores en situaciones más precarias, los que no tienen hogar, y un largo etc.

Por encima de todo somos conscientes de nuestra fragilidad y de que eso que tanto amamos, que es la vida, es algo que puede escaparse en cualquier momento. La mayoría de los que ya entramos en la categoría de mayores hemos pasado varias veces por la experiencia de que, en algunas ocasiones, la podíamos haber perdido por algún accidente, por algún riesgo involuntario, por alguna imprudencia o por ser un poco inconscientes, que es parte de nuestra juventud. A veces la vida nos da duros golpes y, sin embargo, hemos continuado caminando sacando las fuerzas de dentro en solitario, o también con la ayuda de otras personas, o quizá por la fe en algo que supera nuestra razón. Sabemos que la vida en general no es fácil, y hay que ser valientes para seguir amando y aportando nuestros valores, nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras luchas por construir una sociedad mejor.

Una de las cosas buenas de nuestra situación actual de pandemia es ver la alegría interior con la que algunas personas o colectivos afrontan la situación, sabiendo que su apoyo moral es muy necesario para quienes se sienten más desprotegidos y débiles por la razón que sea.

Por eso me quiero hoy centrar en el ejemplo de muchas personas dependientes que viven en residencias por edad o discapacidad, que han tenido que sufrir mucho sin siquiera poder estar unas horas con sus seres queridos, o incluso morir en soledad. Ciertamente el aplauso va para los profesionales, pero también el aplauso ha de ir para quienes se dejan cuidar con valentía y, yo añadiría, con amor desinteresado.

Yo, por mi trabajo de auxiliar de ayuda a domicilio, y por mi propia experiencia pasada, he comprendido que, aunque parezca lo contrario, se necesita tanto o más amor y entrega para dejarse cuidar que para cuidar a otros. Porque el que cuida, aunque sea duro, tiene la compensación de saber que está haciendo algo bueno por los demás y, por tanto, por sí mismo. Pero el que se deja cuidar, ha de superar la situación de dejar que otros hagan por ella o él, lo que por sí mismos no pueden hacer. En esta ocasión, además, al tratarse de un virus, ataca más a aquellas personas con menos defensas o con otros problemas sanitarios que pueden complicar su situación e incluso causar la muerte. Desgraciadamente así ha ocurrido, aunque haya sido un problema general de todos.

Pero ha habido algo que, una vez más, la vida nos enseña: la valentía de las personas enfermas en general y de las personas confinadas en residencias en particular: es toda una lección de generosidad que no deberíamos olvidar, por encima de los errores cometidos. Y quiero nombrar un ejemplo (aunque sé que hay muchos más) que me ha llegado muy de cerca, porque en una de esas residencias vive la única hermana que me queda a causa de un ictus sufrido ya hace 18 años. Ciertamente es una residencia algo especial, porque sus residentes son todas pertenecientes a una congregación religiosa y donde reciben todos los cuidados que necesitan para poder vivir dignamente. Yo ya sabía cómo era el equipo de auxiliares y trabajadoras que se encargan de la atención a las personas y de la casa, así como el talante de un grupo de mujeres que han sabido vivir toda su vida de entrega a la enseñanza por su propia vocación personal y religiosa. Pero en esta ocasión, que requería un esfuerzo superior a lo normal, toda la comunidad en conjunto, trabajadoras y residentes, han dado lo mejor de sí y ha sucedido lo que algunos calificarán de milagro, pero yo lo achaco al gran respeto por guardar todas las precauciones necesarias junto con una especial fortaleza interior que, en el fondo, ¿por qué no?, se debe a su sincera fe por la que han entregado sus vidas: nadie ha sufrido contagio y todas están sanas, dentro de su situación particular, tanto las auxiliares, como las residentes.

Y eso no solo les beneficia a ellas, sino a todos sus familiares que, como yo, vivimos más tranquilos en una situación estresante, sin temer por sus vidas que, en la medida de lo posible, están tan bien protegidas. Un privilegio que, desgraciadamente, no todas las residencias han podido disfrutar y nos tendremos que preguntar por qué, pedir cuentas a quienes corresponda y mejorarlo para el futuro próximo.

Así es que desde aquí quiero aportar mi homenaje personal a tantas personas que saben dar, incluso desde su aparente fragilidad, un ejemplo de amor y respeto por los demás que tanta falta hace en este momento. También creo que hablo en nombre de muchas otras personas que, como yo, hemos sentido esa fuerza moral frente a las suciedades políticas que tanto han empeorado esta tragedia colectiva. Aún nos queda camino que recorrer. Siempre estamos a tiempo de mejorar nuestras actitudes para que todos sin excepción tengamos el mejor apoyo posible ante este grave problema social y el Gobierrno tendrá que esforzarse por una mayor inversión y control.

Un ejemplo de convivencia en la adversidad

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3 comentarios en “El regalo de la vida”

  1. Magnífico documento!!! lleno de elogios(bien merecidos) a colectivos que que para una parte de la sociedad todavía siguen siendo invisibles. Esta pandemia ha visibilizado algunas situaciones desconocidas para muchos que las desconocen o las ignoran. Gracias por tu profunda reflexión.

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