El puente

En España nos encantan los puentes (festivos). Y, ¿a quién no? A quienes tenemos el privilegio de trabajar nos encanta de vez en cuando tener un descanso necesario para reponer fuerzas y disfrutar de la vida. El puente solo lo disfrutan algunos porque, para otros, el puente es ocasión de trabajar más. Así es que, teniendo en cuenta esta verdad y sin olvidar a tanta gente sin trabajo o con una precariedad que no contempla ni derechos ni descansos, queremos traer a reflexión no el hecho de los puentes en sí, sino el de los pilares en los que se apoya: La Constitución y la Inmaculada Concepción.

Cada uno llama a este puente como más le gusta, en función del pilar en que lo apoya. Pero a algunos no nos gustan estos pilares.

El de la Constitución no nos acaba de convencer, porque, si bien hubo un momento en el que la Constitución fue motivo de acuerdo nacional in extremis, con el paso de los años en democracia hemos visto que no es oro todo lo que reluce y que habría muchas cosas que reformar, si no replantear una nueva. Porque hoy tenemos cosas muy esenciales que nos dividen en esta Constitución: Monarquía, su fundamento en la unidad española y no en la dignidad de la persona, el incumplimiento de la misma definición de nuestro Estado como social y democrático de derecho cuando después resulta que los derechos sociales no son fundamentales, cuando la democracia no se basa en una clara participación ciudadana, o cuando el derecho está ligado a diversos poderes del Estado o a intereses económicos externos. La Constitución usa deliberadamente un lenguaje y un sistema de exposición que muchos ciudadanos no entienden y que dan pie a diversas interpretaciones enfrentadas, una preferencia por una determinada confesión religiosa, o muchos derechos fundamentales por desarrollar a base de leyes que cada Gobierno construye a su imagen y semejanza. En muchas cuestiones la Constitución se ha convertido en un arma arrojadiza con la que cada una de las partes se arroga el título de constitucionalista frente a quienes no son de su cuerda. Y no digamos las lagunas autonómicas que han disparado disputas territoriales desde el independentismo absoluto, hasta la marginación o el agravio comparativo. Desde esta web ya hemos indicado cosas que se deberían perfilar en la Constitución de un modo más conciso y, sobre todo, la no diferenciación entre derechos de distinto rango, dejando precisamente a los colectivos más vulnerables en el mayor de los desamparos.

La corrupción española de estas décadas democráticas se ha escudado en la Constitución y sus leyes derivadas a gusto del consumidor y eso hace pensar en la urgencia de recomenzar una nueva etapa de renovación a futuro amparada con una Constitución acorde al siglo XXI, donde cuestiones tan apremiantes como la ecología, la igualdad y el laicismo han de contrarrestar las inercias nacionalcatolicistas o dictatoriales del pasado cuyo primer exponente es una monarquía impuesta por el anterior régimen.  

En esta línea queda totalmente enmarcado el otro pilar de la Inmaculada. No se entiende muy bien cómo a estas alturas se mantiene una fiesta nacional en base a un dogma católico que a la mayoría no nos va ni nos viene. Para empezar hoy la virginidad no es una plusvalía de la mujer como mercancía, sino que, en todo caso, la libertad sexual y la no discriminación por géneros o sexualidades, hace que una fiesta como esta no solo sea anacrónica, sino ridícula (por cierto, que el adjetivo virgen también se puede adjudicar a alguien no mujer). Pero en la Constitución se sigue dando prioridad cultural al catolicismo y es un modo de que su iglesia siga teniendo un poder inaceptable en la España actual.

El Estado laico es una de las reivindicaciones que más nos pueden separar, junto con el tema del republicanismo, la posible federación de Estados, o la posible secesión de alguno de ellos. Hoy siguen siendo tema tabú, y hacen del referéndum o las consultas ciudadanas un bien demasiado escaso en un país democrático.

Hay mucho que cambiar en un futuro que ya ha comenzado y no nos podemos permitir el lujo de vivir arrastrando lastres innecesarios que alimentan grupos fascistas, así como un capitalismo galopante que está llegando a un punto crucial de colapso.

Así pues, bienvenido el puente, con el deseo de que algún día todo ciudadano español pueda disponer de días libres porque no va a faltar trabajo sostenible en una sociedad moderna. Pero ese puente desde luego se tendrá que llamar de otra manera, por ejemplo, puente de la diversidad, de la igualdad o de la economía sostenible. Pero ya basta de vírgenes y conmemoraciones de etiqueta en un palacio real y, por tanto, desigualitario, porque eso ya pertenece a un pasado al que muchos (si hubiera referéndum sabríamos cuántos) no queremos volver.

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