El pueblo elegido

El conflicto palestino-israelí hace décadas que se ha convertido en una guerra interminable, fomentando un odio creciente entre ambas culturas religiosas, señas de identidad política de unos pueblos, que se remontan a siglos atrás.

A los europeos, que tenemos unas raíces culturales grecorromanas, judeocristianas y musulmanas, además de las culturas nórdicas, estos enfrentamientos no nos vienen de nuevo y los hemos vivido en mayor o menor medida en nuestras propias carnes.

El holocausto nazi fue la gota que colmó la xenofobia hacia el pueblo judío, junto con el resto de etnias no arias menospreciadas en sus religiones y culturas por el creciente imperio alemán, que, amparado falsamente en un cristianismo aberrante, creó su propia moral y nos dejó un legado de horror hacia todo conflicto bélico que tenga que ver con estos aspectos.

Hoy en día la guerra es rechazada oficialmente en todo el mundo como una lacra del pasado sobre el que se ha construido la historia. Pero lo cierto es que las guerras no cesan, aunque sea por algo tan poco ilustrado como el fanatismo religioso.

Va contra todos los derechos humanos las conductas que soportamos a diario con las etnias inmigrantes, contestadas ampliamente por los correligionarios enemigos hasta el punto de convertir nuestro mundo en un caos de guerras por dinero y religión, junto con las mafias de todo tipo de mercancías, desde humanas hasta tecnológicas y militares.

El pueblo judío, que ha sido ampliamente perseguido por su peculiar cultura de pueblo elegido por su particular dios, no ha evolucionado hacia una misericordia para con su enemigo musulmán, por el simple hecho de saberse más rico y poderoso, con un arsenal armamentístico y militar a la cabeza del mundo entero. Culturas que bendicen y maldicen a la par, son capaces de hacer recaer sobre sus cabezas y las de sus hijos la sangre que ellos mismos han provocado.

Harían un favor a la humanidad si demostraran generosidad de espíritu y no aplastaran al contrincante débil, puesto que pueden comprar con su dinero lo que quieran, excepto la paz de su espíritu. Su trauma territorial es cuestión de su propia religión y no de una geopolítica internacional que estamos pagando todos, añadiendo un sufrimiento innecesario a un Estado global con millones de personas hambrientas y sin medios para el futuro.

Es hora de cambiar los corazones y las mentes. La era de las cruzadas religiosas acabó. La era de los derechos humanos y de la Comunidad Internacional ha de comenzar si es que queremos sobrevivir como especie.

Esta guerra, ninguna guerra, tiene justificación divina ni humana. Y si hay alguien que la defiende y aplaude es que está rematadamente loco. El asesinato selectivo o colectivo debe ser borrado de nuestras mentes. Estamos hartos de tanto odio, ya basta de vivir de un modo tan desgraciado. Alguien tendrá que empezar a perdonar y olvidar. Reiniciemos la historia y afrontemos los problemas que nos vienen con el cambio climático y la crisis postpandémica. No perdamos más tiempo con estas cuestiones sin sentido.

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