El paraíso del terror

Afganistán lleva décadas padeciendo invasiones y luchas entre dos frentes opuestos, uno aperturista y otro mal llamado islámico, que en realidad es una facción fanática de un islam corrompido y terrorista, que ha elevado a sharía el asesinato de los infieles y la violación de las mujeres, convirtiendo así su paso por el mundo como el peor de los horrores, en contra de la raíz árabe slm (paz).

El fanatismo religioso es una de las lacras que lleva padeciendo la humanidad desde siempre, junto con otros fanatismos ideológicos cuyo denominador común es un absolutismo mental que cierra los ojos a cualquier otra dimensión de la realidad. Este fanatismo, además, al ser concebido como un don de dios, va más allá de las leyes naturales y de las fronteras políticas, considerando enemigos a todos los infieles a quienes debe matar y enviar al infierno. Así lo han hecho algunas religiones y lo siguen haciendo.

El islamismo fanático concibe un paraíso reservado a los asesinos, violadores y mártires que dan su vida en su guerra santa. No les importa morir porque van a ese cielo, donde las mujeres siguen teniendo el papel terrenal de servir al hombre en todo. Ese islam y ese paraíso es la alternativa que ofrecen a las múltiples contradicciones que el otro mundo ofrece en sus diferentes culturas. Una alternativa impuesta a la fuerza, tal y como se hizo en su momento con los indios americanos, con los judíos frente a los nazis, o incluso hoy contra los palestinos, minorías musulmanas, budistas o cristianas.

Afganistán es solo el penúltimo grito de la humanidad frente a la intolerancia y frente al abandono del resto de los países. Un grito que se debe contestar desde la comunidad internacional, ante todos y cada uno de los escenarios en donde el terror se asienta como ley absoluta. La fallida política estadounidense que se ha inmiscuido en solitario en los problemas ajenos, abandonándolos a su suerte en el peor momento, deja también en evidencia al resto del mundo civilizado.

Sabemos muy bien que el terrorismo islámico nos afecta a todos y de todos ha de venir una respuesta que impida que tales movimientos tengan financiación y armas, una respuesta que implique respeto por los derechos humanos y que sea fuerte contra sus enemigos reales. La legítima defensa es la única causa justa para la violencia armada. Pero si es preciso llegar a ese extremo, hay que hacerlo del modo más consensuado y pacífico posible, evitando la muerte de inocentes. Todos hemos perdido algo en el camino.

Tenemos que hacer examen de conciencia y arrepentimiento de nuestras faltas. Pero después, con voluntad de llegar a una paz real, actuar en consecuencia en este mundo amenazado por tanto fanático ignorante y primitivo, que no hace sino exteriorizar lo más despreciable del ser humano.

Que tanto sufrimiento no caiga una vez más en saco roto. Que los gritos de quienes huyen aterrorizados de la intolerancia se escuchen por vez primera con la voluntad de acabar con eso. No podemos vivir en un infierno, al que no necesitamos que nos mande ningún loco.

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