El muro

Belén, Palestina

Ver la película Idol, sobre el popular cantante palestino Mohammad Assaf, desde su niñez a su etapa adulta, y su vida en Gaza hasta su triunfo en el concurso de talentos ‘Arab Idol’ , me hizo reflexionar de nuevo sobre la realidad del Estado Palestino, indisolublemente unida a la realidad actual del Estado de Israel y su eterno conflicto, al que ya hemos aludido en otras ocasiones desde esta web. La situación de esta fallida relación entre ambos Estados se puede resumir en el muro que los separa, convertido en símbolo de la opresión desde la inmortal obra de Pink Floid.

La miseria que se ve en la película y la vida inhumana que el poderoso Estado de Israel obliga a llevar a los palestinos encerrados literalmente en un lugar sin solución de futuro, clama al cielo. Al mismo cielo que ambas culturas, judía y musulmana, han convertido en un verdadero infierno. Y si eso ha ocurrido, es porque ambos viven todavía en una teocracia absoluta, mezclando política, cultura y religión en un solo concepto totalitario, en donde no caben los otros, los infieles. Eso ha ocurrido también con la Iglesia católica,. aunque hoy no sea tan evidente, obligada por la democracia de los supuestos estados laicos.

El que aun dentro de la situación palestina pueda surgir un cantante como Assaf y las personas puedan seguir soñando en su libertad y sus ideales, es una muestra de que el ser humano puede estar, si quiere, por encima de toda teocracia o cultura intransigente. El budismo representa al buda como un loto, una flor bellísima, nacida en las aguas putrefactas de un estanque. En las más adversas condiciones, puede surgir la belleza de nuestra realidad interior. Pero no es el caso que nos ocupa, porque esto es la excepción frente a la regla de la espantosa vida llevada por los vaivenes históricos de los actuales Estados palestino e israelí, enfrentados y dominados por potencias exteriores, así como la misma historia de Gaza, que desde siempre ha vivido bajo el imperio de otros pueblos.

Las terribles guerras de religión siguen siendo hoy una causa importante de los muros, junto con la vertiente económica, omnipresente en cualquier conflicto humano. El pueblo judío, que ha sufrido atrocidades como el holocausto nazi, debería ser quizá más consciente de la incongruencia de convertirse, él mismo, en una potencia excluyente. Su poder, no lo olvidemos, surge del imperio económico del pueblo judío en la diáspora y del apoyo consiguiente de las potencias mundiales. Pero causa también del odio que algunos grupos han manifestado hacia los judíos, como también existen contra el islam por otras razones (terrorismo), o contra la iglesia católica (anticlericalismo), también muy unida al poder. Las religiones como tal, no deberían ser causa de molestia alguna, sino más bien causa de un mejor comportamiento cívico. Pero los fanatismos, sobre todo de las tres religiones monoteístas, han hecho imposible el sueño de las tres culturas, que aunque se puedan entender a niveles concretos, siguen separadas en su esencia totalitaria.

Sea como sea, los muros deben ser derribados por la tolerancia, la democracia y el laicismo, banderas de nuestra sociedad contemporánea, pero que sigue sucumbiendo ante los cantos de sirena de los intereses económicos, como los recursos petrolíferos o la banca mundial, que llevan al traste toda buena intención colaboradora en aras de un poder en liza entre Estados. Lo lamentable es que, además, se utilice la religión como arma destructora y creadora de muros. Un infiel como Trump se atreve a ponerse la Kipá judía y rezar ante el muro de las lamentaciones, demostrando a las claras de qué lado está. Israel se sigue lamentando por lo que perdieron a causa de sus pecados, y no se da cuenta de que sigue adorando al poder. Sus lamentos, como los de muchos otros, no son escuchados a causa de la dureza de su corazón.

El poder de Israel

Deja un comentario