El largo adiós

El dolor de la bandera

Ha comenzado, quizá demasiado pronto, el duelo oficial por las víctimas del coranivus que ha destrozado muchas vidas, familiares y amigos.  El conteo diario de muertes y contagios no ha dejado aún de engrosar la lista que se nos clava en el corazón. Quizá necesitamos que de alguna manera se manifieste ese dolor y las banderas a media asta nos ayuden a respetar ese sentimiento, aunque sea desde la otra parte del mundo.

Sin embargo, todavía no podremos hablar de verdadero duelo, hasta que la pesadilla termine, cuando podamos llorar abiertamente y abrazar a los que más han sufrido. No sabemos cuántos más tendrán que morir, quizá nosotros mismos. Pero nos merecemos que, llegado el momento, respetemos ese profundo dolor y nos unamos en nuestra lucha por una sociedad más preparada sanitaria y socialmente a las consecuencias que ya estamos padeciendo. Hoy, para sobrevivir, tenemos que aferrarnos a los mensajes positivos y a los ejemplos de los héroes anónimos que diariamente luchan y mueren por el bien de todos. Nos tenemos que aferrar a la parte de nuestro ser que encuentra siempre una pequeña luz en la oscuridad y que escucha la voz de los seres queridos, sus palabras de ánimo y sus gestos de amistad y gratitud.

No olvidemos estos sentimientos para cuando comience el verdadero duelo. Cuando se declare realmente el duelo por los que se han ido porque la pandemia ya ha pasado. Entonces no nos pongamos a luchar los unos contra los otros para echarnos la culpa. Somos humanos y cometemos errores, pero lo que nos define como personas es nuestra capacidad de aprendizaje y cambio, aunque duela. Cuando todo pase, hemos de unir nuestras fuerzas después del llanto. La sociedad de futuro, nuestros niños, lo esperan de nosotros y, los que se han ido, lo han hecho con esa esperanza.  No los defraudemos (una vez más).


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