El fin de la hipocresía moral

La concatenación de crisis a nivel nacional, internacional y global, está dejando un efecto positivo, aunque puede resultar en un primer momento decepcionante, doloroso o revulsivo. Se trata de que, con el bombardeo mediático que acompaña a dichas crisis, al final terminamos viendo las verdaderas caras de personas e instituciones a todos los niveles, cayendo las caretas de falsas premisas que ocultan las verdaderas intenciones de quienes provocan estas crisis o se aprovechan de ellas.

Por ejemplo, sería ingenuo pensar que cuando se trajo a España en un avión medicalizado al líder del Frente Polisario, aquí nadie se iba a enterar y que no iba a tener consecuencias. Nada más estúpido en un momento de nuestra historia en que las filtraciones y las noticias al coste que sea crecen como hongos entre mentiras, medias verdades y otras consignas que van cambiando casi por minutos. Y, ¿por qué a él sí se le atiende y no a los que han muerto en su camino hacia España?

Así es que la reacción de Marruecos (o de su tiranosaurio rex) no nos ha sorprendido porque esa es su verdadera cara. Quizá nos pilló, como casi todo, de sorpresa, porque no estábamos preparados para tamaña bajeza moral. Tampoco resultó sorpresa la airada contestación de la ministra de defensa, que, lejos de reconocer un fallo diplomático, desvía la cuestión a la integridad del territorio español, tocando así de refilón la cuestión colonial española que tenemos en modo pausa, como el tema gibraltareño o catalán, que más pronto que tarde, se activarán en modo fast and fourious.

En medio de tanta basura el ejemplo de Luna como representante de todas las ONG y de las fuerzas armadas españolas (que, por cierto, no están para actuaciones en las que no se necesitan las armas) nos han recordado que somos algo más que un grupo social que pasa por encima de todo derecho humano en beneficio propio.

Pero esas bravas acciones que alabamos desde lo más hondo de nuestros corazones, no han evitado que se hayan devuelto en caliente a su casa a menores y adultos, por más que nos digan que algunos (¿cuántos?) se hayan vuelto por su propia voluntad al ver que aquí no hay nada que hacer.

Y esa es la verdadera cara de la cuestión. Unas acciones edificantes, que deberían ser las normales, no pueden tapar el problemón de las fronteras de Europa ante un mundo pobre hasta el límite de la muerte y que Marruecos ha utilizado en su propio interés.

Esta claro que no estamos dispuestos a llevar nuestra defensa de los derechos humanos hasta el final. Toda persona, sea menor o adulta, tiene derecho al asilo y a una salida digna de su situación, que habrá que gestionar entre todos. Pero, al paso que vamos, van a ser millones los que intenten entrar en Europa si no ayudamos a solucionar in situ sus problemas. No olvidemos que la causa de su pobreza es la avaricia desmedida del capitalismo del primer mundo, que ha expoliado riquezas naturales, contratado trabajo esclavo sin ningún pudor y que estamos vendidos a que las piezas de nuestras exclusivas tecnologías nos lleguen de algún país pobre. El taponamiento del canal de Suez, supuso miles de despidos y paros forzosos, porque hoy nos necesitamos TODOS. Y ya no digamos el hecho de mirar hacia otro lado, cuando los caciques de turno viven como reyes, mientras el pueblo muere en la miseria. Porque eso lo vemos, pero no se hacen injerencias soberanas en cosas que ya han dejado a ser nacionales para convertirse en verdaderos asuntos globales.

La estupidez universal es inconmensurable. Ni siquiera en algo tan obvio como la necesidad de que las vacunas se repartan igualitariamente por todo el globo ha sido capaz de hacerse, así como la liberación de patentes y todo lo demás. Para que Europa reaccione ante algo pasan meses y años. Y el resto del mundo lo mismo o peor. El que otros lo hagan peor tampoco nos excusa de nada.

Los que han juzgado la humanidad de Luna como algo sucio, retratan a esa cantidad de animales pseudohumanos que no quieren ver lo que está pasando en el mundo, los que reclaman libertad para beber cerveza, bailar, y olvidarse de todo.

Ahora vemos hasta dónde un Gobierno, cada Gobierno, está decidido a comprometerse con lo que ellos mismos han firmado en tratados vacíos de contenido. Las palabras soeces de nuestros parlamentarios de derechas que no quieren ni oír hablar de impuestos para pagar el bienestar de todos ni de comprometerse con el tercer mundo, les retrata para siempre. Ya no se molestan en disimularlo, porque les votan igual o más. Y uno se pregunta por qué.

No basta con unas migajas de caridad o de bondad individual. El abrazo se ha de acompañar de vivienda, trabajo digno y servicios públicos desde la cuna hasta la tumba. Y lo demás son cuentos. Antes el plazo era el 2030 y ahora el 2050. Algunos ya no llegaremos a verlo. Pero, ¿habrá alguien para verlo?

Quitémonos de una vez la máscara y digamos todos lo que pensamos y hasta qué punto nos comprometemos. Tenemos el listón moral tan bajo que hará falta muchas agallas para superarlo. Pero no hay nada imposible, si hay verdadera voluntad de cambiar. Sea como sea, ya no se puede tapar más la realidad, estamos en el principio del fin de la hipocresía moral que tanto daño nos ha hecho en estas últimas décadas de maltrecha democracia.

Por los derechos humanos, por nosotros mismos…

Hay que ir más allá

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