El discurso del Rey

El interesante artículo de Escolar sobre el discurso navideño del ciudadano Felipe, nos ha hecho reflexionar, una vez más en esta web, sobre nuestra moribunda monarquía.

Si alguien esperaba ilusamente que Felipe hablara de su padre y sus fechorías, es porque aún no conoce el país en donde vive. Juan Carlos no ha hecho más que destapar la caja de pandora con su conducta, que, por cierto, era ya hartamente conocida por la mayoría de los españoles y por algunos medios que hoy se llevan (hipócritamente) las manos a la cabeza. El rey ha sido un impresentable, sí. Pero ha sido más impresentable el silencio de quienes han callado ante lo que el ciudadano de a pie desconocía. Cuestión de años que correlaciona con la famosa transición modélica, a juego con la Constitución, que resultaba ser la joya de la corona española, nunca mejor dicho.

Y hoy sabemos que ni el rey, ni la transición, ni la Constitución son un dechado de aciertos, sino un cúmulo de improvisaciones, de pactos ocultos, corrupciones y traiciones, que han hecho de España un simulacro de democracia con una desigualdad social que desmiente todas las gloriosas afirmaciones de nuestra España, una, grande y libre. Por el contrario, la mediocridad, el miedo a contar la verdad y la división ha sido la tónica de estos años de silencios interesados y de políticas que han bendecido los caminos legales para hacer trampas al fisco y absolver a los de arriba de sus pecados por ser inviolables, aforados y hasta irresponsables. Este último calificativo sí que ha sido realidad, pero no en el sentido jurídico (ley a la carta) que se le da, sino en el sentido normal de no haber cumplido los de arriba con su responsabilidad de haber elaborado una verdadera constitución social y un sistema monárquico que, por definición, no tiene nada de democrático. Hablar de la desigualdad social desde un palacio es el esperpento cumbre de una sociedad que desde arriba discute por dar 5€ más de salario mínimo a los de abajo, mientras ellos viven en la abundancia (y en la corrupción) a costa de nuestros impuestos discriminados a su favor.

El rey no es un florero, un fetiche que provoca la unidad y la paz social. Eso es algo a conquistar por todos en igualdad de condiciones, según hemos aprendido en las clases teóricas de democracia. La soberanía es del pueblo y no de dios o de los enviados por su gracia.

Es incluso infantil exigir que vuelva Juan Carlos a dar explicaciones de lo que ya sabemos. O que su hijo reconozca lo que ya sabemos. Es como cuando los de siempre exigen que la ETA pida perdón una y otra vez. Lo hecho no se puede cambiar. Nadie necesita que el emérito vuelva, ¿para qué? Ya se disculpó una vez y siguió en las mismas. Y su familia no tiene nada de familiar y menos de ejemplar. Pero de un país donde la familia Franco y sus devotos campan a sus anchas, ¿qué se puede esperar? De un país donde un grupo de descerebrados piden sin rubor que se mate a la mitad de los españoles por rojos y aquí nadie (con poder) hace nada, ¿qué podemos decir?

La cuestión ahora es decidir qué modelo de Estado queremos. Y si queremos democracia es claro que solo se puede ejercitar en una república, como nos enseñaron nuestros antepasados. Una república que no es perfecta, pero que no es intocable y que puede reestructurase a sí misma según van evolucionando los tiempos y los valores.  Felipe se esfuerza por mantener el tipo y es natural que se arrime a la derecha, que le defiende fanáticamente y que ahora condena (con la boca pequeña) al otro, aunque reconociéndole méritos pasados de los que yo sinceramente dudo de alguien puesto a dedo por el dictador y que pasó por encima de su padre para tomar un lugar que no correspondía a ninguno de los dos. Es posible que aquello fueran otros tiempos, pero ya ha llovido mucho y la evolución democrática nos hace ver las cosas más claras. Y, por cierto, cuando una persona se hace mayor, recoge lo que ha sembrado a lo largo de su vida. Y es curioso que el ejemplo que nos ha dado esta monarquía es haber empeorado a lo largo del tiempo. Los pecados de la vejez, son, sin duda, peores que los pecados de la juventud, porque se supone más conciencia, madurez y responsabilidad. Cuando uno es viejo, refleja lo que ha sido su vida.

No sé si ahora es el momento de un referéndum sobre el tema. Con la pandemia y la crisis económica aneja lo primero va a ser sobrevivir. Pero hay que ir poniendo ya las bases de los cambios que nos esperan: más democracia participativa, si es que queremos más igualdad y libertad. Y eso incluye acabar con la monarquía, redistribuir la riqueza, replantear el Estado de las autonomías, acabar con el fraude y la corrupción y plantear en serio una sociedad sostenible.

No creo que haya que esperar mucho tiempo. La única herramienta de la derecha es la constante crispación. Y hay que tener el ánimo muy templado para hacerles frente. Por eso, en este tiempo de intento de recuperación social, lo primero que pediría es mesura en las formas y claras prioridades de acción. Que nada quede por decir y que nadie quede atrás. Y decidamos entonces.

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