El diálogo

Hay que respetar también el gusto de los otros

Parece que la palabra que quiere definir la política de este tiempo es el diálogo. Pero parece difícil de conseguir cuando se olvida el significado de animal político, que es como Aristóteles define al hombre, como un ser capaz de crear y organizar sociedades. También hoy sabemos que hay animales que saben organizar sus sociedades mucho mejor que nosotros, con peores herramientas.

Nosotros contamos con el don de la palabra y la empatía, que son las bases para un verdadero diálogo. Pero claro, empatizar y hablar con total sinceridad, implica ser honestos consigo mismo y con los demás. Y eso no es actualmente tan fácil, en una sociedad que se mueve la mayor parte de las veces por prejuicios y estereotipos. Si nos analizamos a nosotros mismos, a veces nos sorprendemos al comportarnos de distinto modo según lo que se espera de nosotros en un determinado contexto. También podemos observar cómo a veces se tambalean algunos de nuestros principios, si escuchamos lo que dicen los otros, o incluso también hemos comprendido que, en ocasiones, es mejor renunciar excepcionalmente a ellos por un bien mayor. Así vamos aprendiendo.

A estas alturas nadie pondrá en duda que, si la sociedad humana ha avanzado algo, es porque en algún momento ha unido sus fuerzas para luchar contra un problema común, como superar un desastre natural, acabar con el peso de una tiranía, o investigar soluciones para paliar enfermedades, acabar con las desigualdades, o recuperar el planeta. Y así todo.

Pero, si hacemos balance, ¿no parece que dejamos mucho que desear como sociedad civilizada del siglo XXI? Hace poco vi una excelente comedia francesa, Para todos los gustos, que precisamente habla de la diversidad humana y de que, si logramos superar las barreras de los estereotipos y dogmas, resulta que realmente podemos comprendernos mucho mejor y llegar a buenos resultados, de otro modo imposible.  Ver película en You Tube

Cuando uno oye a ciertos actores políticos, parece que están representando un papel y que ya no hablan por ellos mismos, sino por los dogmas de su partido. Que la finalidad no es organizar la sociedad del bien común, sino sacar más votos a costa de lo que sea y por encima de quien sea. Todos sabemos que no existe una verdad absoluta. Y si a estas alturas alguien todavía no se lo cree, es que aún le queda mucho por aprender de la vida. Porque es verdad que muchas cosas no tienen término medio y hay que decantarse por un lado u otro, pero sin renunciar a uno mismo, ni a los propios ideales, aunque sí se puede ser flexible en aras de una mejor convivencia y, sobre todo, de un futuro más inclusivo y justo.

Todos nos conocemos los valores democráticos. Si hay alguien que no cree en la democracia, también puede decirlo, pero no imponerlo. No se puede dialogar exigiendo del otro que tenga nuestras mismas ideas o nuestras mismas creencias. Y no cabe el insulto, la mentira o la descalificación a priori. Así pues, yo preguntaría a estos señores que se desgañitan diciendo verdaderas mentiras de los enemigos políticos, que si de verdad se creen lo que dicen. Si lo dicen por ellos mismos y sus conciencias, o lo dicen como consigna de ataque. Porque eso no es libertad de expresión, sino que parece que una gran parte de nuestra sociedad no ha superado todavía el fanatismo, que es otra cosa letal para la democracia y para la vida misma.

La paralización gubernamental de estos últimos años no se puede prolongar por no querer dialogar de verdad. Y hay que empezar por una cosa: en este país, aunque algunos seamos antisistema, porque esta desigualdad no hay quien la aguante, todos somos constitucionalistas, porque todos estamos bajo el amparo de la misma Constitución, aunque esta tenga que ser reformada (según opinamos muchos). No olvidemos que la soberanía la ostenta el pueblo, no el jefe del Estado, no los gobernantes, y, ni mucho menos, los partidos políticos ni sus portavoces, que a veces son verdaderos bocazas. Este sería un primer paso para poder comenzar siquiera a hablar entre todos. Si en eso no estamos de acuerdo, tendremos que renovar la plantilla.

Un poquito de humildad sería recomendable para todos, para aceptar que no somos enemigos unos de otros, sino compañeros de viaje que queremos viajar lo más felices posible. Y si alguien se quiere separar del barco, no les hundamos antes de hacerlo. Escuchemos y veamos lo que se puede hacer. Hay tantos problemas que solucionar en un mundo global que nos maneja como una hoja en medio de un huracán, que, enzarzarse en insultos, es una verdadera majadería propia de niñatos consentidos, que han hecho toda su vida lo que les ha venido en gana. Esos tiempos se acabaron teóricamente. Pero en la práctica nos queda mucho. Todos decimos que somos demócratas. Ahora es tiempo de demostrarlo. El tiempo se acaba y el desastre ecológico nos acecha. No convirtamos nuestra vida en una tragedia sin sentido por culpa de una política corrupta.

Así no llegamos a ninguna parte

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