El día 10 de septiembre fue el día mundial de la prevención al Suicidio

Se nos pasó la fecha, y es algo normal en una sociedad que no habla del suicidio y, lo que es peor, no toma las medidas necesarias para evitarlo. Si ya la muerte es en sí un tabú, la muerte por suicidio es otro tabú dentro del tabú, quizá porque es causa de vergüenza colectiva, porque, de alguna manera, cuando un ciudadano se suicida, algo está fallando en nuestra sociedad, inventada para vivir en las mejores condiciones posibles. Según la OMS en el mundo hay una muerte por suicidio cada 40 segundos y es considerado como una enfermedad prioritaria en el Programa de Acción Mundial en Salud Mental (mhGAP) patrocinado por esta institución. Más información

En España contamos con más de 3.600 suicidios al año, 10 al día, uno cada dos horas y media… Y 200 intentos diarios. Según el INE, el suicidio se mantiene como la primera causa externa de muerte en nuestro país. Más información

Rafael J. Álvarez, en una entrevista publicada en el mundo el pasado día 9 nos presenta a varias personas que, bien de un modo directo o indirecto, han lidiado con este problema multiplicado por la presencia del COVID-19. El psiquiatra Celso Arango expresa que Covid y suicidio es la tormenta perfecta. Y no se tiene en cuenta el impacto mental que está causando esta situación sobre todo en personas más vulnerables por una u otra razón. La inseguridad sanitaria, económica y social, con la privación de medios habituales de apoyo como son las relaciones humanas, el ocio y un fuerte sistema de prevención sanitaria, en este momento más centrada en otros problemas, hace que se dispare esta tragedia personal y colectiva, que sigue siendo ignorada en las informaciones que recibimos, tanto a nivel institucional como periodístico. Sin olvidar al colectivo sanitario, que ha de enfrentarse a diario a lo más terrible de la pandemia dentro un estado general de agotamiento físico y mental, en lo que la administración tiene mucha responsabilidad. Hay que detenerse en ello y poner los medios necesarios para paliarlo. Hay asociaciones que lo intentan y quedan reflejadas en la entrevista.  Leer artículo completo

Isabel Allende, la conocida escritora chilena, nos ofrece una reflexión íntima y positiva de toda esta tragedia:

Desde que murió Paula (mi hija), hace 27 años, he perdido el miedo a la muerte.

Primero, porque la vi morir en mis brazos, y me dí cuenta de que la muerte es como el nacimiento, es una transición, un umbral, y le perdí el miedo en lo personal. Ahora, si me agarra el virus, pertenezco a la población más vulnerable, la gente mayor, tengo 77 años y sé que si me contagio voy a morir. Entonces la posibilidad de la muerte se presenta muy clara para mí en este momento, la veo con curiosidad y sin ningún temor.

Lo que la pandemia me ha enseñado es a soltar cosas, a darme cuenta de lo poco que necesito. No necesito comprar, no necesito más ropa, no necesito ir a ninguna parte, ni viajar. Me parece que tengo demasiado. Veo a mi alrededor y me digo para qué todo esto. Para qué necesito más de dos platos.

Después, darme cuenta de quiénes son los verdaderos amigos y la gente con la que quiero estar.

¿Qué crees que la pandemia nos enseña a todos? Nos está enseñando prioridades y nos está mostrando una realidad. La realidad de la desigualdad. De cómo unas personas pasan la pandemia en un yate en el Caribe, y otra gente está pasando hambre.

También nos ha enseñado que somos una sola familia. Lo que le pasa a un ser humano en Wuhan, le pasa al planeta, nos pasa a todos. No hay esta idea tribal de que estamos separados del grupo y que podemos defender al grupo mientras el resto de la gente se friega. No hay murallas, no hay paredes que puedan separar a la gente.

Los creadores, los artistas, los científicos, todos los jóvenes, muchísimas mujeres, se están planteando una nueva normalidad. No quieren volver a lo que era normal. Se están planteando qué mundo queremos. Esa es la pregunta más importante de este momento. Ese sueño de un mundo diferente: para allá tenemos que ir.

Y reflexiono: Me di cuenta en algún momento de que uno viene al mundo a perderlo todo. Mientras más uno vive, más pierde. Vas perdiendo primero a tus padres, a gente a veces muy querida a tu alrededor, tus mascotas, los lugares y tus propias facultades también. No se puede vivir con temor, porque te hace imaginar lo que todavía no ha pasado y sufres el doble. Hay que relajarse un poco, tratar de gozar lo que tenemos y vivir en el presente. Más información

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