El cementerio de los olvidados

El cementerio de los olvidados en Lesbos

Hace ya cuatro años Gracia Maqueda, una trabajadora social sevillana, escribía estas palabras:

Unas 100 tumbas en mitad de la nada, perdidas, olvidadas intencionadamente. Rodeadas de chatarra, cercadas por una alambrada oxidada, juntas las unas a las otras, originando pequeñas montañas de tierra que se rozan entre ellas. Todas con una pequeña lápida de mármol blanco, con el nombre de la persona que allí ha sido enterrada, lejos de su país, de su familia. En algunas lápidas sólo podía leerse «mujer», «hombre» o «infante» y la fecha del entierro. Muchos jóvenes, la mayoría de 20 años asesinados por esta UE que no permite crear un paso seguro a los que huyen de la guerra, la miseria y la falta de libertad. Niños de seis años, niñas de pocos meses, hombres de 65 años como los que hemos visto en los campos de refugiados que hemos visitado en Lesbos. Locura. Es lo que he creído sentir esta tarde en el cementerio olvidado de Kato-Kritos. Aunque también mucha paz al haberlos encontrado, leído sus nombres y habiéndoles rendido un homenaje de amor y rebeldía que sin duda se merecen, como todo ser humano. Más información

Naturalmente, este no es el único cementerio olvidado: hay muchos en muertos enterrados en fosas comunes, cunetas, vertederos y en el inmenso mar. Ayer volvió a salir la imagen por TVE de este concreto cementerio e impresiona su dignidad en medio de los vertederos. El silencio del lugar quizá consuele al corazón oprimido de quienes lo contemplan. Porque la inmensa mayoría no ha tenido esa suerte y han desaparecido de la vida sin nadie que les reclame y sin nadie que denuncie el maltrato sufrido de lesa humanidad. La gran Unión Europea es culpable de este delito potenciado por la guerra de Libia y los conflictos constantes de la zona que hacen a las personas huir como ratas hacia el único lugar que les parece que les puede recibir. Y se encuentran  concertinas, tiros, comercio de esclavos, países que potencian a un lado u otro los conflictos. Y que cobran por eso. El rechazo total por no ser nadie.
Hoy Europa está desesperada por el coronavirus porque este no discrimina a quién infecta y mata. Y puede afectar también a los de arriba. Pero el virus de la exclusión y el olvido es selectivo con la pobreza de los que no tienen nada que ofrecer. Un microscópico ser es capaz de acabar con nuestro sistema de salud, con nuestra economía y con nuestro modo de vida. Toda una lección a nuestra orgullosa sociedad. Por eso es mil veces peor que consintamos la muerte y exclusión de quienes sí podemos apoyar y proteger. Es egoísmo puro lo que mueve a las naciones ricas a mirar a otro lado.

Si fuera supersticioso, pensaría, como en otras épocas, que lo del virus es un castigo divino, merecido por nuestros muchos infames pecados con los otros seres humanos a quienes dejamos morir en la miseria. Pero no, es la misma naturaleza la que nos vence y a la que nosotros empeoramos convirtiéndola en nuestra enemiga. No cabe duda que de un modo u otro, somos los humanos los culpables de que estos virus se metan en nuestras vidas, porque no somos lo suficientemente inteligentes para evitarlos y respetar su hábitat natural. Ahora están como locos investigando. Pero para los muertos olvidados no hay remedio. No hay nada que investigar. Todos sabemos por qué: Todo va bien mientras no nos salpique.

Me siento avergonzado de ser europeo. Lesbos es un lugar como otro cualquiera, pero simbólico para nuestra civilización helena. Hemos perdido la dignidad como un colectivo que se jacta de haber traído el progreso al mundo, cuando en realidad hemos perdido en humanidad, una humanidad que sigue siendo vencida por la naturaleza para nuestro escarnio.

El mayor cementerio del mundo

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