El cansancio de los esclavos

No estará mal reflexionar en medio de estos días en los que ya se dispara el consumo siguiendo la batuta made in USA del viernes negro, que, realmente, no hace justicia a su nombre porque ya no se reduce a un día sino a una salida de carrera consumista que no acabará hasta pasadas las rebajas postnavideñas que acaban allá por febrero del año que viene. Sin embargo, lo de negro, encaja cada vez más, si pensamos que el brutal consumismo del primer mundo se basa en el trabajo esclavo del mundo pobre.

Hay este año un nuevo aliciente para comprar con avidez: que no lleguen todos los artículos deseados en cantidad suficiente porque la pandemia ha hecho que muchas fábricas de esclavos hayan tenido que parar y que el transporte por idénticas razones se ha paralizado con las fronteras cerradas. La falta de chips procedente de los esclavos chinos o la falta de materiales de los esclavos africanos hace que los aturdidos ricachones vean no una pérdida de ganancias, sino por el contrario, un modo de ganar más cobrando más caro lo que escasea. Y algunos son tan estúpidos como para seguir pagando cifras astronómicas por ordenadores o juguetes fabricados con el sudor de quienes no tienen ni para vivir.

Todo eso lo sabemos, pero claro, no nos vamos a comer el coco y jodernos así las kilométricas navidades.

Resulta que los esclavos no están solo en países lejanos, sino también en Europa y en nuestra casa. Quizá nosotros mismos somos parte de la manada de esclavos oculta bajo el eufemismo del trabajo precario: Salarios bajo mínimos, jornadas reducidas, contratos por días y horas, trabajo en negro, cierre temporal de fábricas por falta de materiales, cierres definitivos porque sus productos dejan de ser interesantes o nocivos para el medioambiente y para bolsillo de los empresarios y hay que reconvertir… cuando se pueda. Y siempre, siempre, a costa de echar gente a la calle o rebajar las condiciones laborales. Los empresarios de élite no se plantean reducir ganancias para mantener puestos de trabajo y condiciones no solo dignas, sino mejores. Los Gobiernos si se plantean reconvertir industrias lo hacen de un modo tan lento que mientras tanto queda la gente pobre desamparada.

Siempre hay excepciones: siempre hay algún amo bondadoso que reparte ganancias o que invierte en los pobres algo de lo mucho que le sobra de sus mil millonarios beneficios. Por la parte esclava siempre hay gente que sale a la calle a gritar por la injusticia cometida con ellos. Y si gritan mucho y muchas veces, quizá, solo quizá, les darán una limosna o despedirán a menos. Pero si la fábrica ha de cerrar, se cierra, porque sería irracional seguir produciendo algo inservible. Tan irracional como reabrir minas de carbón para que los esclavos sigan haciendo uno de los trabajos más peligrosos del mundo y mantengan nuestro consumo energético a costa de hundir el planeta. La cuestión es ganar dinero siempre.

Nunca me han gustado las manifestaciones y huelgas por la situación violenta que entrañan. Una falta de entendimiento entre la justa reivindicación de los esclavos y la falta de humanidad de los poderosos. La única solución posible es racionalizar el trabajo, reducir las ganancias de los ricos y repartir los bienes entre todos.

Pero es justamente esa afirmación la que los empresarios rechazan por imposible. Quizá bastaría un poco de honestidad y sinceridad en su discurso para hablar claramente de las situaciones y de los peligros del comercio mundial. Las luchas individuales no conducen a nada. Las luchas han de ser conjuntas y respaldadas por el poder gubernamental que ha de velar por el bien de la sociedad a la que le ha tocado dirigir y mantenerla en el mejor de los modos de bienestar posible. Con transparencia se podría resolver todo a nivel nacional e internacional. Pero el escollo es que nadie quiere renunciar al beneficio mayor.

Hay un cansancio global por todas las leyes incumplidas, incluidas las referentes a los derechos humanos. Hay un cansancio mortal de quienes tienen que luchar cada día por sobrevivir. Hay un cansancio moral por parte de quienes queremos acabar con esta esclavitud a la que sociedad nos tiene atados y donde todavía tenemos que agradecer las migajas que nos dan. Y el cansancio nos viene porque ya sabemos que no hay un dios que nos ha creado libres a unos y esclavos a otros. Porque no hay ninguna ley que diga que la sociedad ha de estar dividida en castas que mantengan las unas a las otras.

Hay valientes que entregan sus vidas y mueren luchando por cambiar. Muchas ONGs individuales y grupales, muchos tratados internacionales, muchas buenas intenciones y promesas que se quedan en papel mojado. Y uno se cansa de ser esclavo, tanto que ya no le quedan fuerzas para luchar, que prefiere morir cruzando el mar hacia un país de las maravillas inexistente, que no nos queda otra que morir solos en la pobreza y con la tristeza de comprobar que todos los sueños eran solo ilusiones que podían ser arrebatadas por otros seres que se creen superiores.

El cansancio tiene un peligro de dos filos: se puede revolver hacia uno mismo y dejarse morir por inanición, o se puede lanzar a la lucha suicida contra quienes ostentan el poder. Solo un milagro haría posible convertir ese cansancio en una inyección de vida que pudiera romper nuestras cadenas. No hay un dios al que rezar, solo corazones a los que apelar para que hagan realidad todo eso que ni siquiera prometen: El fin de la hipocresía global y esa hermandad soñada que ya no veremos. No bastan las limosnas. Porque los esclavos comprendemos al fin nuestros derechos y sabemos que solo nos queda morir esperando a que la sociedad despierte.

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