Ejemplaridad

Este gesto repetido puede iniciar un cambio social

En estos tiempos de desconcierto e inseguridad hemos oído en muchas ocasiones que se habla de irresponsabilidad, en referencia a las conductas sociales que pueden perjudicar la salud de los demás. Todos tenemos en la cabeza la imagen de los botellones que, bajo la falsa apariencia de libertad, se convocan aquí y allá, como un acto de rebeldía y diversión (¿?). Los que vivimos en sociedades avanzadas hemos antepuesto nuestra libertad a cualquier tipo de esclavitud a la que la historia nos había condenado en las distintas dictaduras políticas, religiosas, morales o sociales de nuestro entorno.

Hemos crecido con la falsa creencia de que nuestra libertad individual está por encima de todo olvidando algo que es esencial a nuestra naturaleza humana: que somos un ser social y que todos nuestros actos, por muy privados que parezcan, tienen sus repercusiones sociales, por lo que nos convertimos ipso facto en responsables de sus consecuencias, que no siempre podemos prever del todo, pero sí en gran medida prevenir. Eso es lo que nos distingue a los adultos de los niños, que no se trata de conceptos numéricos por edad, sino en la comprensión de ese sencillo y cotidiano hecho.

En los tiempos recientes no se ha hablado mucho de responsabilidad, cuya máxima expresión, a mi modo de ver, es la ejemplaridad. Porque si yo actúo de un modo que creo responsable, a la vez me estoy proponiendo como un modelo de conducta a imitar, una fuente fundamental de nuestro aprendizaje a lo largo de la vida. Es la conducta coherente con mis principios y valores lo que me hace ser responsable ante mí mismo y ante los demás de las consecuencias de mis actos, de mi libertad.

Pero desde siempre hemos sabido que, según el lugar social que cada uno ocupa, su conducta es más o menos responsable al ser observada por muchos, o por ocupar algún cargo que se nos ha delegado precisamente para ser ejemplares. A todos los niveles. Así, pueden ser modelos los padres, hermanos mayores, personas públicas, amigos y todas aquellas personas que de un modo más o menos institucional le hemos dado esa autoridad moral.

La desgracia está en que muchos olvidan que, del mismo modo que estamos aprendiendo toda la vida, también nuestra conducta es responsable toda la vida. No basta con ser coherente una vez, sino la mayoría de las veces, dejando también lugar a nuestra natural imperfección, que es un concepto denostado, pero coherente con la falsedad de un modelo heredado que insiste en que la perfección existe. La perfección solo es un paradigma que nos invita a mejorar y que nos recuerda constantemente que siempre podemos ser más auténticos, más libres y modélicos. Si logramos ser coherentes entre lo que pensamos, sentimos y hacemos de palabra o de obra, entonces somos perfectos modelos, aunque seamos distintos. Y eso no nos lleva al enfrentamiento, sino que, al contrario, nos lleva al diálogo y a conocer la existencia honesta de otros modos de vivir de los que podemos aprender y a los que podemos enseñar. Es la interconexión natural que se da entre todos los seres, entre ellos los humanos.

Pero estamos demasiado acostumbrados a que se fabriquen derechos y leyes ejemplares, como los derechos humanos, que luego no se cumplen. Y no es que no los cumpla la gente corriente, sino que no los cumplen nuestros modelos sociales, representados en los distintos regímenes políticos, élites económicas, deportistas o de cualquier tipo. Estamos acostumbrados a la corrupción, al asesinato institucional, a la desigualdad de oportunidades, a los abusos de poder y fuerza, a la mentira sistemática y al todo vale por un voto. Si eso hacen los de arriba del todo, ¿con qué cara le vamos pedir responsabilidad a los que menos tienen? Claro que somos adultos todos, pero a cada uno las circunstancias de la vida le ponen en un lugar más o menos visible y cuando más alto y a la vista de todos está, más responsabilidad tienen.

Alabo el derecho como una de las grandes creaciones de la especie humana para poder vivir no solo en paz y en armonía, sino para vivir protegidos, vivir bien, vivir felices. Es la gran familia que nos hemos creado.

Hoy tenemos muchas más herramientas de conocimiento que hace siglos. Una herramienta indudable es la tecnología de la información, que nos da un conocimiento casi directo de toda la vida social del planeta. Pero esa herramienta no se ve completada por la ejemplaridad de sus actores. Parecen películas de terror que nos invitan al conformismo y al desengaño de todas las ideas que hemos aprendido. ¿Dónde está la libertad, la igualdad y la fraternidad? Si yo mismo no soy coherente ejemplar, ¿cómo exijo ejemplaridad a los demás? Y a la vez, si los que están en nuestros escaparates mediáticos tampoco son ejemplares, ¿cómo nos lo pueden exigir? La responsabilidad es individual y a la vez colectiva: ¿cómo puede juzgar un juez mi conducta, si la conducta de muchos jueces es a la vez contraria a la separación de poderes?

Hoy nos piden que seamos responsables ante el coronavirus, pero, ¿seremos capaces de hacerlo, o ya estamos resignados a vivir en la mediocridad y en la injusticia, aunque nos vaya la vida en ello? Para mí ser viejo no es tampoco un valor numérico de edad, sino haber claudicado ante la falta de ejemplaridad social. Eso lleva sin duda a la muerte social. Por eso, cuando se habla de la nueva normalidad me pregunto si seremos capaces de hacer algo más que repetir viejos esquemas. Yo creo que no se trata de ninguna nueva normalidad, sino de recuperar lo que realmente somos: un ser social responsable y ejemplar que educa a sus jóvenes con su vida. De este modo lo joven se difumina en lo viejo y al revés, la sociedad avanza de verdad y, sobre todo, seremos más felices, en lo bueno y en lo malo, con virus o sin virus.

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