Divide y vencerás

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El viejo y universal principio político es hoy en día el plato que se nos sirve en frio o en caliente a todas horas sin que nadie lo haya pedido, ni lo desee. Los medios de comunicación que en principio sirven para informar al pueblo para que la sociedad juzgue por sí misma, lanza sus informaciones prácticamente siempre cargadas de su propio veneno ideológico, que, aunque contradice el más profundo valor del periodismo, dar a conocer la realidad del modo más transparente posible, sin embargo por razones oscuras y económicas dan todas las noticias cocinadas a su gusto para multiplicar el efecto que los políticos y otros poderes fácticos de turno querían: crear la confusión de la opinión pública y conseguir así que cada líder consiga su propia cuota de poder, y los medios su propia cuota de audiencia. No se repara en medios para ello y la mentira es sin duda, el arma más efectiva.

La base ontológica de tal estrategia de guerra, es la dualidad intrínseca a toda la realidad conocida, incluido el ser humano. La división entre buenos o malos, pecadores o santos, fascistas o comunistas, derechas o izquierdas, etc. son solo un aspecto sociopolítico de nuestra propia dualidad interna que ha de optar constantemente en la vida por elegir entre los principios que cree honestos, pero perdedores, y los principios que cree deshonestos, pero ganadores.

La pregunta no es tanto en qué se diferencia lo honesto de lo deshonesto que, a mi modo de ver, es algo que todos llevamos en nuestra mente y corazón. Pero la tentación está en qué ganamos o perdemos. Y la respuesta es clara: poder, que toma siempre, de un modo u otro, la forma de dinero.

Todos sabemos que los principios de este tipo no son absolutos y admiten matices. Todos sabemos también que poner etiquetas duales es injusto. Pero la realidad es que hay quienes tienen interés en que esto se vea y se viva así. Que tanto nuestra razón como nuestra inteligencia emocional lo vivan de una manera tan contrapuesta que nos veamos como poseedores de la verdad frente a quienes piensan de otra manera.

El peligroso y mortal trastorno bipolar individual se traslada a la sociedad en forma de bipolarización política cada vez más enfrentada y universalizada en la geopolítica. Todos desde nuestro foro político personal asistimos, por ejemplo, a un enfrentamiento entre la potencia rusa y la estadounidense una vez más, retrotrayéndonos a épocas pasadas. Y optamos por defender una postura u otra. Sin remedio, sin punto intermedio, porque no lo tiene. O estás con unos o estás con los otros. Cada uno elige el bando.

Lo curioso del caso es que los dos contendientes no son potencias reales. Porque USA no es nada sin la OTAN y su asociada UE, y rusia no es nada sin su alianza con China, que es la que de verdad maneja los hilos, y sin sus aliados de oriente medio: Un polvorín de enfrentamientos duales, en donde rusia apoya a los que no apoya USA ni sus comparsas.

Lo peor de todo es que la escalada armamentística no ha cesado de crecer desde que se acabó la Unión Soviética. Sin duda el principal artífice es Putin, pero hay quien le aplaude y apoya, aunque sean Estados de segunda clase, excepto algunos de primera como aliados del entorno petrolífero árabe frente a la banca judía que apoya al otro bando. Cuando Europa se enfrenta a Siria, por ejemplo, sale Rusia en su apoyo y así con otros malhechores internacionales.

El enfrentamiento hoy por hoy está declarado y la verdad es que la parte occidental tampoco ha estado quieta. Han provocado acercando sus fronteras armadas a Rusia y ahora sus arsenales militares están a punto. Un enfrentamiento desigual en donde el más mal parado sería Putin, si es que China, que no lo hará, se pusiera claramente del lado aliado de la OTAN.

Pero el objetivo está logrado: inestabilidad y amenaza otra vez, como en los viejos tiempos, que seguramente terminará con concesiones al paranoico ruso. Todos pierden: unos, su credibilidad, otros, los más desfavorecidos, el pueblo llano, sus vidas y su constante terror a la guerra, la que provocan los otros desde sus despachos.

Terrorismos de Estado potentes que desestabilizan de un plumazo toda la economía. Veremos a favor de quién.  

Y mientras tanto hemos de soportar los de abajo unas políticas aberrantes de enfrentamientos, que no hacen sino crear malestar y pobreza. El Estado de Bienestar ha quedado reducido a un sueño ingenuo del pasado, a un cuento de caperucita en donde el lobo acaba merendándosela siempre.

Hay voces que se preocupan por la salud mental de los pueblos de Europa. Hay otras menos que se preocupan por los desastres que sufren los países pobres. Pero siempre hay quienes ganan. Y ni siquiera sabemos quiénes. Porque los medios informativos y los parlamentarios están ocupados en otras cosas: el divorcio de la ciudadana Cristina de Borbón y a ver quién acaba con el actual Gobierno.  Y a los demás que nos den morcilla. Coronavirus, salarios, pensiones y otras reivindicaciones de la misma calaña, acaban ahogadas entre risas (al puro estilo Boris Johnson) de unos partidos políticos que lo único que miran es ver quién gana al coste que sea.

A lo mejor acabaríamos antes con una tercera guerra mundial y nos dejamos de cuentos. Y luego, como tendríamos la tarea de reconstruir, estaríamos ocupados y no tendríamos que pensar ni reivindicar tantos derechos. Seguro que a los jefazos esos que hablan por teléfono o se ven una hora de vez en cuando para arreglar el mundo les gusta la idea y de paso cambian de aires que siempre va muy bien para el estrés bursátil.

Pero uno se pregunta para qué sirven las Naciones Unidas y sus cascos azules de la paz. Un instrumento intencionadamente desperdiciado por la ambición de los miserables. ¿Y los tribunales de derecho internacional? ¿Tienen alguna eficacia? ¿Hay que esperar una masacre para poder siquiera pronunciarse contra los delitos de humanidad? No basta solo con el boicot, hay que condenar por medios legales y duras sanciones la conducta de quienes ponen en peligro la seguridad de los pueblos y de la humanidad entera si no queremos seguir pasando esta vergüenza internacional. No basta con meras declaraciones ambiguas de los Estados que se atreven a pronunciarse sobre este tipo de delitos consentidos una y otra vez sin que nada ni nadie les ponga fin con todas las garantías de un consenso unánime internacional.

 

España aporta su palito de leña al fuego

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