Día de las madres trabajadoras

Este año coincide el día de la madre con el día del trabajo, por lo que parece justo que mencionemos en primer lugar a las madres trabajadoras en el conjunto de dos fiestas internacionales, convertida la primera más bien en un día de consumo ocasional, pero que este año tiene circunstancialmente además un claro carácter reivindicativo.

En primer lugar, hay que decir que las madres, por el mero hecho de serlo, se han convertido dentro de la sociedad patriarcal, en la persona que lleva todas las cargas del hogar, incluidos los cuidados de la prole, pareja y allegados como padres, suegros y un largo etc. Un tipo de trabajo a jornada completa, sin remuneración, sin vacaciones ni jubilación. Una es madre hasta que se muere y, si bien siempre hay excepciones por parte de algunas madres autónomas y de algunas familias concienciadas en compartir estas tareas, no han dejado de ser hasta hoy algo excepcional, incluso en el llamado primer mundo. No hay que olvidar que, sobre todo en el mundo rural, han sido piezas clave en la agricultura, ganadería y en todo tipo de trabajos, añadidos a las tareas de la casa.

Y en estas seguimos. Por tanto, es un día de reconocimiento, pero también de exigencia hacia los poderes públicos en su ayuda a la igualdad, también en su apoyo a la maternidad y en la conciliación familiar. En realidad, dado su enorme aporte económico no remunerado, trabajar en este campo no es tan costoso como pueda parecer. Muy al contrario, su estilo duro de vida las hace unas grandes trabajadoras y líderes experimentadas a las que hay que cuidar en igualdad al hombre en todos y cada uno de los aspectos.

Dentro de este colectivo hemos de hablar también de las familias monoparentales, especialmente castigadas en falta de apoyos gubernamentales, y en los trabajos autónomos que, en realidad, hay que mejorar en todos los campos de este amplísimo sector tan abandonado en cuanto derechos en contraposición a unos funcionarios del Estado que (aunque cada vez son  los menos y más las subcontratas y entidades de utilidad pública), tienen unos privilegios de los que no gozan la inmensa mayoría de los trabajadores. Una discriminación a todas luces injusta y que tendrá que acabar más pronto que tarde.

Por otro lado hay que recordar a los empresarios y a los empleadores en general, que lo que ellos poseen no es un lujo añadido a su propio enriquecimiento, sino que tienen una gran responsabilidad social a la hora de ser equitativos y cumplir escrupulosamente con todas las leyes que les incumben, que, aunque con grandes carencias, son sin embargo un apoyo real hacia una equidad justa e igualitaria.

Los Gobiernos tampoco pueden dejar en la estacada a tantos desempleados que quieren trabajar y no pueden, a tantos inmigrantes a los que les cuesta tanto su integración real y a quienes se les explota de un modo espectacular en el muy extendido trabajo en negro por falta de un verdadero control institucional y unas leyes que cubran las necesidades de una vida digna para todos, incluidos los sin techo, que, de alguna manera, por primera vez se les ha considerado en el proyecto de nuevas políticas de viviendas integradas y no en albergues, lo que implica una cantidad de derechos inmensos para quienes hasta ahora no tienen domicilio, sin acceso a beneficios sociales ni, por supuesto, a un trabajo.

No hay que dejar a nadie fuera ni atrás. Una frase que por mucho repetirla no se convierte en realidad. Ciertamente los derechos no se consiguen de golpe, sino que se han de ir elaborando cada día para siempre.

Por último, una cuestión no menor es la de la pedagogía social que desde todas las instituciones se ha de convertir en mensajes claros de los derechos de todas las personas, teniendo en cuenta sus peculiaridades individuales y grupales.

El primero de mayo no es una fiesta que celebre lo que hay, sino que reivindica lo que no hay. Y eso es algo que se ha de conseguir con el esfuerzo de todos, incluidas las madres, que son las que, como casi siempre, son quienes están más cerca de sus hijos inculcándoles todos estos valores que la sociedad predica, pero no cumple.

Y a los multimillonarios que no trabajan ni dejan trabajar e incluso eluden sus obligaciones fiscales, hay que recordarles que la propiedad privada no es absoluta ni siquiera en este mundo capitalista. Y que el Estado tiene el poder constitucional de tomar por diferentes caminos legales parte de sus beneficios y riquezas y emplearlos en favor de las clases trabajadoras y más vulnerables.

Un feliz día a todos, con la esperanza de cada vez poder vivir en un mundo más justo y con un infinito agradecimiento a tantas madres que han dado literalmente sus vidas para poder no solo ayudar a sus hijos, sino también a cambiar la sociedad.

Un trabajo sin vacaciones ni jubilación

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