Desesperanzas

Las noticias que nos llueven durante toda la pandemia son siempre duras y preocupantes, a pesar de que a veces se tratan de endulzar un poco, procurando dar una visión positiva de las cosas, de la colaboración ciudadana y sanitaria, por ejemplo, de los esfuerzos gubernamentales por tratar de sacar adelante al país dentro de una confusión mundial generalizada. Pero la verdad es que el ruido mediático se centra más en el mal comportamiento ciudadano que no cumple las normas, las carencias de atención sanitaria y previsión social y un buen número de ciudadanos que no hacen más que protestar por sus pérdidas de trabajo, y por lo que algunos llaman pérdida de libertad, por no poder ir cuando quieren a tomar copas, a comprar, viajar y otros festejos.

El desentendimiento político entre las Comunidades ha traído también una sensación de desesperanza, por enzarzarse en discusiones a veces aberrantes y fanáticas, que nos hacen pensar que estamos navegando a la deriva. Se juntan también los juicios que se están llevando a cabo tras años de retraso sobre la corrupción española, que nos da de nuevo un motivo más para perder toda esperanza en un presente mejor y multiplicar las dudas sobre nuestro futuro inmediato, puesto que del futuro lejano no tenemos la menor idea.

Las últimas noticias es que el mundo entero está peor, siendo Europa la que va en cabeza, precisamente porque su estilo de vida despilfarrador de energía y recursos está en contra de hacer un sacrificio en favor de los demás, que realmente están pasando una mala situación sanitaria y/o económica. La llamada generalizada a quedarse en casa de modo voluntario, y el confinamiento temporal de comunidades para no desmadrarse tanto en las fiestas que se avecinan es, quizá, un último intento desesperado y fallido de dar esperanza en que la cosa va ir a mejor.

Y la verdad es que, a corto plazo, es decir para hoy, mañana y los días que siguen, todo va a ir a peor. Con suerte no nos afectará la enfermedad, pero indirectamente nos alcanzará a todos, incluso a aquellos que se creen a salvo, también a nivel económico. La convicción, a estas alturas todavía no aceptada por muchos, de que todos somos uno y que estamos interconectados para bien y para mal, nos da una razón más para perder todo atisbo de esperanza y alegría para nosotros y para los jóvenes que vienen detrás, muchos de ellos sin ser conscientes de lo que les espera. Nuestras generaciones hemos sido criados en la comodidad extrema y en nuestra cultura no caben palabras como el sacrificio, el altruismo y la conciencia de que lo que uno hace mal daña a los demás. Yo soy yo y mis amigos, mis redes sociales y mis fiestones. Y mañana no importa.

Aunque he tenido esta sensación en repetidas ocasiones a lo largo de mi vida, nunca hasta ahora la había vivido como un mal social. No solo yo tengo la tentación de caer en la desesperanza, sino que es la sociedad entera la que está cayendo, aunque traten de taparse los ojos con botellones y otros remedios inútiles.  

En mi búsqueda por encontrar remedio a estas cosas, hace años encontré un pensamiento en el Hua Hu Ching , libro que recoge muchos de los principios de sabiduría oriental a nuestro alcance. En su capítulo 51, podemos leer: ayudando a los demás podemos hallar la dignidad y el verdadero significado de la vida.

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Este pensamiento sencillo y repetido de un modo u otro en muchas culturas, ha sido experimentado también por muchas personas en todo el mundo, que han encontrado en este modo de ver la vida una verdadera fuente de esperanza y dignidad personal. Gracias a eso han nacido millones de asociaciones, de voluntarios y de personas con o sin principios específicamente religiosos, que han hecho de este mundo un lugar algo más llevadero sobre todo para quienes más sufren y, desde luego, han encontrado una mayor satisfacción en sus vidas.

De un modo u otro, en mi vida personal también he descubierto que es no solamente cierto, sino que también es el motor muchas veces de nuestra vida, haciéndonos olvidar nuestros propios problemas, centrándonos en dar un apoyo a quien lo necesita más y al final nos encontramos con que nosotros también hemos salido tan beneficiados o más que quienes lo reciben. He aprendido que se necesita más amor para recibir ayuda que para darla, porque quien da ayuda no tiene tanta necesidad y además siente la satisfacción del trabajo útil y bien hecho. Recibir esa ayuda exige la humildad de pedir y agradecer, cosa que algunos no quieren, pero que, al final, rendidos ante la evidencia, no tienen más remedio que dejarse hacer con gratitud.

Son muchas las personas en esta pandemia que nos hemos apoyado precisamente en este altruismo para superar la desesperanza que nos rodea. Para no intentar escapar de la realidad y tirarlo todo por la borda. Y cada uno lo hace desde su sitio en la sociedad: unos con su trabajo sociosanitario, otros desde las administraciones, otros desde su trabajo necesario, otros, simplemente quedándose en casa y evitando que la situación se descontrole.

A toda esa gente, joven o vieja, que se enfada por no poder salir, porque las cosas no son como quieren que sean, a quienes no pueden trabajar porque su trabajo puede traer malas consecuencias sociales en estos momentos, a todos ellos y a otros más, hay que decirles que todo lo que hacen es en beneficio de todos, que no pierdan la esperanza, porque lo que hacen, aunque sea quedarse en casa, al final será reconocido o, lo que es mejor, será reconocido por nosotros mismos, que tendremos la satisfacción de haberlo hecho bien en beneficio común.

No se trata de una recomendación piadosa, ni inconsciente de la realidad. Prueben a no quejarse y a ayudar a los demás. Y verán cómo se sienten. Es muy posible que sientan de nuevo esperanza. Es posible que, quizá algún día, salgamos a los balcones para aplaudirnos todos, porque entre todos hemos hecho una sociedad mejor, aunque quizá con menos riqueza que, como casi todos saben, no es precisamente lo que da la felicidad y, por tanto, la esperanza.

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