Demonios del siglo XXI

Sobrevivimos en sociedad

La OMS critica el egoísmo de los países ricos y las farmacéuticas frente a las vacunas del COVID-19. El enfoque de “yo primero” no solo deja en riesgo a las personas más pobres y vulnerables del mundo, sino que también es contraproducente, y, en última instancia, acciones de ese tipo solo prolongarán la pandemia, las restricciones necesarias para contenerla y el sufrimiento humano y económico. Tedros Adhanom Gebreyesus (director general de la OMS) en un duro discurso ante la Junta Ejecutiva de la Organización en el que condenó la actitud egoísta: “En la actualidad, se han administrado más de 39 millones de dosis de vacunas en al menos 49 países de ingresos más altos. Solo se han administrado 25 dosis en un país de ingresos más bajos. No 25 millones; no 25.000; solo 25”.  Más información.

Estas palabras fueron pronunciadas en enero pasado y, básicamente, nos encontramos en los mismos parámetros. Mientras en los países ricos estamos ya considerando quitar medidas de prevención, en los países pobres están muriendo a millones, propagando al mundo las nuevas variantes ante las que no sabemos si estamos preparados, pronosticando un futuro incierto ya a corto plazo.

Los seres humanos olvidamos con demasiada rapidez la fragilidad de nuestras vidas que dependen fundamentalmente de la cooperación social a todo nivel. Desde que nacemos hasta que morimos. A lo largo de toda nuestra vida necesitamos de alguien que nos cuide y nos proporcione los medios para sobrevivir y, si pasamos este umbral, podremos vivir de un modo más feliz. Todos nos necesitamos. Cada uno con su papel, cada uno con sus cualidades.  Así ocurre en la naturaleza en donde las especies se defienden de las adversidades en sociedades, o de lo contrario, se condenan a una muerte segura.

Nosotros no somos tan diferentes, pero nos creemos superiores por vivir en unos entornos relativamente ricos, que nos invitan a olvidarnos de los demás. La prepotencia es quizá el pecado original que nos divide, bajo la falsa creencia de que podemos sobrevivir solos, mientras los demás sufren un verdadero infierno en vida.

Y es aquí donde queremos hacer referencia a una serie aparentemente superficial y divertida, que nos retrata lo que somos en realidad. Lucifer nos habla de un infierno elaborado por nosotros mismos en donde se repite como un bucle todo aquello de lo que nosotros nos declaramos culpables en secreto, mientras aparentamos poder hacerlo todo por nosotros mismos sin ayuda de nadie. El bien se concibe como una libre acción de manifestar nuestras limitaciones, a la vez que nos apoyamos unos a otros a solventarlas lo mejor posible. Todo en base a nuestras propias elecciones. Los demonios son concebidos como seres sin alma que se limitan a cumplir la propia condena de quienes así lo han elegido eternamente. Una curiosa visión basada sin duda en la experiencia de quienes sabemos lo que es el remordimiento o la mala conciencia tras uno o varios actos egoístas, sean del calibre que sean. Y si nos empecinamos en ocultar la realidad a nosotros mismos nos convertimos en verdaderos demonios sin esperanza, que engañan a los demás para que sigan su misma opción. Sin embargo, siempre existe la libertad de redención tras un heroico reconocimiento de nuestras propias limitaciones y emociones.

Somos como somos y necesitamos siempre el apoyo de todos si queremos vivir en paz con nosotros mismos.  Una mitología traducida a un lenguaje que entendemos y que experimentamos como cierta.

Lo de las vacunas es un ejemplo entre otros cualquiera del comportamiento prepotente típico demoníaco, que intenta ocultar algo que realmente desprecia. No creer en nuestra propia redención como personas, es quizá lo que ha condenado a nuestra sociedad al fracaso una y otra vez, sin comprender que, hasta el más débil de los mortales, puede convertirse, si quiere, en el mejor de los seres, que vamos a llamar ángeles, siguiendo la metáfora. Los héroes de la calle que admiramos, somos en realidad nosotros mismos, si así lo deseamos. Pero también somos esos demonios que nos inundan de mentiras, que provocan la prepotencia egoísta de algunos frente a la desesperación de muchos, convirtiendo la vida en un infierno sin necesidad alguna de hacerlo y sin sentido.

El viejo tema del bien y el mal coloreado con las más variadas supersticiones es una constante histórica que nos recuerda, una vez más en esta pandemia, que solo nos podemos salvar juntos, no solo de una enfermedad, sino de lo que es mucho más difícil, de nuestro propio infierno, ese que nos hemos creado a medida.  

Tú eliges

Deja un comentario