Democracia participativa

Cuando por fin salimos de la dictadura se pudo implantar la democracia en España. No fue preciso explicar a los ciudadanos las diferencias entre un sistema y otro. Lo que no se nos explicó suficientemente es que se impuso una democracia representativa y una monarquía parlamentaria. Ambas cosas no son precisamente las más democráticas, en el sentido del mayor peso directo de la soberanía del pueblo en las decisiones últimas de la nación.

La experiencia que llevamos en este Estado democrático nos ha revelado con gran crudeza, que la democracia representativa ha derivado hacia una verdadera  partitocracia, una lucha a muerte por el poder entre partidos o, siendo más exactos, entre los líderes de los partidos. La finalidad es conseguir el poder comprando los votos imprescindibles al precio que sea: incluso con mentiras y traiciones, que tienen mucho que ver con la corrupción  de la clase política en general durante estos años de una falsa democracia. La casta de Podemos, que tiene mucho que ver con la idea original de casta, todavía vigente a día de hoy en muchas sociedades, incluida la española.

Mi reflexión nace cuando a lo largo de estos lastimosos últimos días, donde hemos visto la ineficacia de nuestros representantes políticos para pactar un Gobierno de coalición, a nuestro Presidente en funciones se le ocurre proponer como promesa estrella de su nuevo mandato, si le damos el poder, de reformar el artículo 99 de la Constitución. Faltaría más. Como ha ocurrido en las últimas consultas electorales, resulta que no da para las mayorías absolutas del bipartidismo anterior. Y el que se ve con más votos, sea para el gobierno de la nación, comunidad o ayuntamiento, dice que lo sensato es colocar al que más votos tiene. Y cuando se oponen los demás se les llama coalición de perdedores, uno de los nuevos desprecios de la casta, de quienes se sienten los dueños de todo. Pero claro, la cosa cambia, cuando la mayoría de votos se la lleva el enemigo. Una miseria. La gran reforma es que gobierne el más votado, o sea yo. Y no me valen segundas vueltas, porque tal como está el patio en España, volvería la disyuntiva bipartidista de los de siempre. Y de esos dos ya hemos tenido bastante.

Cuando entró Podemos en el espectro nacional de partidos, cambió el panorama político profundamente. No solo porque trajo la fuerza de la indignación social  del 15-M, sino porque hizo que otros se quisieran sumar al carro y aprovecharse de un patrimonio que no era suyo, como la plataforma  Ciutadans de Catalunya, que pasaron a ser un partido nacional, trayendo al conjunto español un problema catalán eterno no resuelto por la misma incompetencia de los gobiernos para un verdadero diálogo, y que han logrado convertir en arma arrojadiza en la lucha por los votos. Su única ideología es acabar con el independentismo catalán de un sector aún no científicamente identificado y que ha pasado a ser moneda de cambio político para muchos asuntos nacionales.

Pero la cosa no acaba ahí. Se abrió la caja de los truenos para el desmadre político y han empezado a proliferar partidos ante la malquerencia de los 5 grandes (entre los que incluyo a Vox). Hoy contamos nada menos que con 5.163 partidos   y no serán los últimos. Naturalmente, ya se encargan los grandes de que no sepamos de su existencia, pero sí, haberlos haylos. Ver lista definitiva presentada por el BOE para las elecciones de 2019.

Ante este batiburrillo, quisiera proponer algunos cambios en el artículo 99 que no van en la dirección del presidente en funciones.

En primer lugar, yo optaría por un nuevo sistema de Democracia semidirecta, que es un tipo de democracia que combina los mecanismos de la democracia directa y el gobierno representativo. En la democracia semidirecta los representantes administran la gobernanza cotidiana, pero los ciudadanos siguen siendo soberanos, pudiendo controlar sus gobiernos y las leyes mediante diferentes formas de acción popular: referéndum vinculanteiniciativa legislativa popularrevocatoria de mandatoplebiscitos y consultas públicas. Las dos primeras formas -referendos e iniciativas- son ejemplos de legislación directa. En el enlace podréis ver las diferencias entre unas y otras. Votar en Suiza es un ejemplo de lo que significa realmente la voz del pueblo en la toma de decisiones.

No hay que olvidar que en España también tenemos vías de representación directa, aunque de modo residual con los concejos en municipios de menos de 100 vecinos. En la sinopsis del artículo 92 de nuestra Constitución tenemos algunos caminos de participación directa o semidirecta que se pueden aplicar en España, todos ellos con carácter excepcional y convenientemente soslayados en los debates públicos, para que nadie tome conciencia de que hay otros modos de gobernanza que pasan por encima de la tiranía de los Partidos.

Unidas Podemos ha sido el único intento serio por parte de un partido político consolidado de invitar a la participación política con sus consultas telemáticas, la creación de los círculos y la invitación a ejercer muchas funciones activas en el partido. La llamadas ciudades del cambio han abierto este camino a la participación.

Ahora bien, este tipo de democracia no nace de la nada. Tiene que haber una educación y sensibilidad previa hacia la participación política. Me consta que hay movimientos de educar en la democracia, pero estos deberían dejar de ser algo puntual y privado, para pasar a ser un verdadero objetivo de Estado, en una reforma educativa, una nueva, tras las tantas reformas que se han ido desarrollando en los últimos tiempos. Y no solo en los colegios. La educación ciudadana en política deja mucho que desear. Ciertamente los recortes sociales de los últimos años han despertado a muchos colectivos para reivindicar sus derechos. Pero no basta con gritar cuando a uno le duele, hay que llevar una vida implicada en la democracia, que es la base de nuestras sociedades. Los altísimos grados de abstención son para mí un escándalo. Defender la abstención como una opción democrática me parece una distorsión del sentido del voto. En la vida siempre hay que optar por una cosa u otra, puesto que si no lo hacemos caemos en el ostracismo y favorecemos indirectamente a quien a lo mejor no queremos favorecer. Se trata de votar a quien más se aproxima a mi manera de ver la sociedad y en esto hay infinidad de pareceres. Y siempre se pueden mejorar y haber fallos personales. Y si no encuentras lo que buscas, muévete y hazlo. Así es que yo, mientras no se consiga una mejor politización de las masas, con conciencia de que les incumbe directamente lo que pasa en las urnas, pondría el sufragio obligatorio, como se hace en algunos países, o como por ejemplo se aplica en la obligación de ir a la mesa electoral si sales elegido a dedo, que es más irracional. Porque obligan a nueve personas a estar pendientes las 14 horas del proceso, cuando se podría hacer en tres turnos, por ejemplo.  Votar no es sólo un derecho, es un deber de participar en el gobierno de tu nación. Y si no se puede ir, habrá que justificarlo, como ocurre con la composición de las mesas, por razones de incapacidad judicial, problemas médicos, etc. Pero no por ir a la playa, o porque no me gusta ningún partido. Pero eso sí, luego nos quejamos todos de lo mal que van las cosas.

A este último respecto, ¿cuántos electores se leen los programas de los partidos, aunque sea el del partido que votan? Cuando se habla del alto porcentaje de indecisión siempre me quedo asombrado. Eso quiere decir que no te has interesado por seguir las noticias, las acciones, los programas de uno o más partidos, para formarte una opinión clara de lo que quieres que te gobierne. Yo lo tengo claro y no necesito propaganda electoral. Me sobran los mítines, los carteles y toda la parafernalia. He tenido tiempo de ver cómo actúa cada uno y sé lo que hay claramente. Yo ahorraría el dinero de las campañas y, por el contrario, en las televisiones obligaría a dar voz a los partidos pequeños que no salen nunca. Yo este año he conocido a un par de ellos y me he quedado sorprendido de la riqueza que nos perdemos, fijándonos en los de siempre. Alguno de los de siempre, por mí deberían desaparecer. En esto deberían también reflexionar los medios de comunicación, algunos periodistas y algunos dueños de los medios, que buscan más imponer sus ideas o lucrarse, que dar una información veraz en beneficio social.  Muchas veces las televisiones son prepotentes en este aspecto y se permiten el lujo de desacreditar y hacer resonancia de verdaderas calumnias. Y no olvidemos que, quien vota a un corrupto, también es un corrupto. No hay que votar solo con el estómago, sino también con la razón. La postura de fidelidad ciega es absurda, porque al final nos perjudica a todos. El gobernante ha de ganarse cada día tu confianza, y el día que no lo consiga, habrá que revocar el poder que se le dio.

En resumen: estamos por la democracia semidirecta, voto obligatorio, educación política y ciudadana.  En tiempos de Franco la gente decía que era apolítica. Se comprende por el lavado de cerebro que tenían. Pero hoy no hay excusa. Ya hemos aprendido que lo que no hagamos nosotros no nos lo harán los políticos. O peor, vendrán los amantes de la mano dura y los dictadores. En nosotros reside el poder de dar el mandato que han de cumplir. ¿O es que todavía no lo tenemos claro?


No olvidemos por lo que hemos luchado

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