De terrorismos y perdones

Un fantasma del pasado

Cada vez que la izquierda abertzale habla, un determinado avispero se revuelve con ganas de picar al primero que pille. Los que se indignan repiten que tienen que pedir perdón por lo que hicieron, por lo que hacen, por seguir viviendo con sus ideas excepto con la violencia. Y aquí está la madre del cordero.

Desde la declaración unilateral del cese de la violencia hace ya 11 años y su disolución desde 2018, cada vez que alguien representativo de su entorno vasco ha hablado, ha sido con gestos de acercamiento a la sociedad española. Pero, naturalmente, la otra parte quiere siempre más. Pero hay que cortar mucha tela y en esto hay diferentes posturas, del mismo modo que en España han convivido varios terrorismos, todos actualmente condenados por ley. Fueron desapareciendo algunos grupos menores, y aún quedan por pulir silencios de otros terrorismos, como los de Estado perpetrados por los GAL o el franquismo. Hoy la ETA es una entelequia a la que se aferran quienes quieren seguir en una guerra que nunca debió existir.

En España anteayer se declaró delito a la apología del franquismo, aunque grupos políticos de relevancia siguen blanqueando el franquismo bajo la careta de rechazo a la memoria histórica. Hay que dejar las cosas del pasado como están, cuando a ellos les conviene.  Los mismos que se llevan las manos a la cabeza cuando homenajean a un ex etarra que sale tras cumplir su pena en la cárcel, son los mismos que exaltan y rezan por Franco, incluida una importante parte de la iglesia católica que velaba con celo la tumba del dictador.  

Algunos que vivimos bajo el yugo y las flechas del franquismo no exigimos que otras y otros como Abascal, Casado, Arrimadas o Borrás, pidan perdón por sus fechorías de palabra y de obra. Nos da igual. Lo que importa es que no hagan apología de sus ideologías, del mismo modo que no quieren que a los etarras se les trate como héroes. Y en eso creo que nuestro Estado, con sus diferentes Gobiernos, ha sido muy débil, incluidos los jefes de Estado postdictatoriales. Cuando la gente gritaba en Euskadi ¡eta, mátalos!, nadie los detuvo. Cuando hoy van franconazis por la calle cantando el cara al sol y añorando la pena de muerte (porque no se atreven a pedir en público las matanzas que solo comentan en wasap) tampoco les detiene nadie.

Cuando hay Ayuntamientos que aún se niegan a quitar rótulos, nombres de pueblos o monumentos de asesinos franquistas, nadie hace nada por remediarlo. Pero la ley de condena a la exaltación del terrorismo es para todos,  aunque no se exige a todos que pidan perdón. Eso sí, a todo delincuente le conviene porque eso reduce las penas.

Así pues, de todas las sandeces que se dicen estos días, me quedo con los que apostillan que obras son amores. Y sí, a los abertzales y a los franconazis no les exijo que pidan perdón, sino que demuestren con sus obras que sus razonamientos han cambiado, que los años de cárcel han servido para algo y que nadie considere que matar a alguien es una gloria. No sé qué criterio hay en lo militar para que a alguien le den medallas. Pero no creo que sea por ser el que más gente ha matado, aunque haya algunos que así lo crean. Alabamos el valor de cambiar y de resiliencia. En la antigua cárcel modelo de Valencia reconvertida hoy en sede polivalente administrativa, había en la entrada una leyenda que decía: odia al delito, compadece al delincuente, un eufemismo del mismo calibre que las leyendas de los campos de concentración nazi: el trabajo nos hace libres.   

Lo que hay que erradicar de nuestra sociedad no es el terrorismo, sino el odio, que es de lo que se alimenta. Por eso es un gran acierto que el fomento del odio se considere un delito, aunque se tenga una mano demasiado blanda para hacerlo cumplir. Porque es mucho odio el que vemos en ciertos discursos políticos (que no son precisamente de la izquierda vasca o catalana). No hay más que ver una sesión parlamentaria para comprender quién es quién. Todo ese odio solo se cura desde dentro, con fuerte autocrítica y mente abierta. Porque los terrorismos postfranco, todos, han sido fruto del odio reprimido durante tantos años de dictadura abierta o encubierta en los años de democracia. Una democracia tan frágil que se puede romper en cualquier momento si seguimos siendo tan tolerantes con el odio descarado de la ultraderecha española.

La violencia no se justifica nunca. No se puede perdonar ningún asesinato. Pero sí se puede recomenzar de nuevo, con la suficiente memoria histórica para recordarnos la piedra en la que podemos volver a tropezar. No me gusta hablar de perdón, ni de exigir perdón. Pero sí de exigir valor social para caminar hacia adelante y acabar con ese odio que parece que a algunos les gusta alimentar.

Un fantasma del presente

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