Daños colaterales

La guerra de Ucrania nos ha puesto una vez más ante la más feroz violación de los derechos humanos, sustentada además por un solo líder que desde hace años da muestras de incompetencia y de locura imperialista soviética, apoyado solamente por otros líderes tan locos como él como es Trump y por la mafia oligárquica rusa que se beneficia de un régimen corrupto.

Un aspecto que se suele olvidar es hasta dónde llegan los efectos de una guerra. Aparte de la evidente masacre al pueblo ucraniano, están todas las consecuencias económicas que afectan a todo el entorno próximo y mundial como consecuencia de las naturales represalias tomadas por el mundo libre. En medio de esta tragedia, emociona ver la valentía de muchos ucranianos que incluso retornan a su país para defender con sus vidas la mayor injusticia que puede sentir un ciudadano libre. Por suerte parece que no van a estar solos a pesar de no tener fuerzas extranjeras de combate que, de momento, esperan mientras se mandan ayudas humanitarias y material bélico para la propia autodefensa.

Hoy mismo la amenaza nuclear vuelve a estar presente y quizá, solo quizá, habrá un momento en el que, efectivamente, se tendría que actuar militarmente desde la OTAN.

Pero un daño casi silencioso es la amargura mental que estamos soportando todos los espectadores de esta tragedia. No solo por las amenazas de fuerza directas, sino también por el contexto de una sociedad cansada de una pandemia y de tantos otros problemas como las corrupciones institucionales y de derechos humanos que afectan también a la UE. La guerra de Ucrania es la gota que colma el vaso. La empatía humana que tenemos en nuestro ADN por mucho que algunos la hayan matado a base de un egoísmo sin límites en la búsqueda de su propio poder, todos añadimos a nuestros sufrimientos cotidianos de precariedades laborales, desigualdades sociales, exclusiones, problemas con el crecimiento de la ultraderecha, crispación política entre partidos opuestos, violación de derechos a todo nivel, etc., la angustia de un nuevo pueblo en guerra injusta, lo que hace que nuestra vida sea cada vez más difícil de soportar en un mundo donde el Estado de Bienestar ha pasado a ser una quimera.

Hoy nos levantamos con un gran sentido de negatividad multiplicado por el bombardeo mediático que nos repiten hasta la saciedad la cantidad de problemas que tenemos que superar. Algunos, entre los que yo me encuentro, estamos al límite de las fuerzas y nos preguntamos, una vez más, si es posible cambiar algo en esta sociedad que nos condena a un sufrimiento inútil y que lleva a tanta gente al suicido en nuestra privilegiada sociedad. ¿Qué está pasando para que la vida ya nos resulte insoportable?

Volver a lo que una vez quisimos ser es una tarea muy difícil. Y cada vez que soportamos una tragedia nos da la esperanza de que cuando salgamos de ella seremos mejores. Pero hasta ahora no ha sido así. ¿Será esta guerra la que nos despierte de una vez? ¿Podremos alguna vez vivir en democracia sin corrupción, sin guerras y sin armas?

Pero antes hay que hacer autoconciencia y depurar nuestras sociedades, pedir responsabilidades a los niveles que sean necesarios para que los que infringen las normas lo paguen debidamente e intenten reinsertarse si pueden. La violencia no se soluciona con violencia, solo con paz y con toda esa serie de valores humanos que ya casi consideramos perdidos. Basta de corrupción, el virus que hace que todos nuestros sueños mueran.

Desde estas páginas abogamos de nuevo por la paz, la igualdad de oportunidades para todos, por una sociedad más justa e igualitaria y, desde luego, por un desarme total nuclear y del resto de armas. Exigimos el papel de las naciones Unidas, sus mecanismos de defensa y sus Tribunales de Justicia, así como de las instituciones europeas y del resto del mundo.

Un mundo que espera de Occidente el liderazgo hacia la justicia y la igualdad no puede convertirse de nuevo en el centro de una guerra mundial.

Nos va la vida en ello. La salud mental de muchos ya está al borde del colapso y el suicidio es hoy una de las mayores causas no naturales de muerte. Acabemos con esto. Los tiranos tienen nombres y apellidos. Y tenemos los valores y las leyes suficientes para hacerlos callar.

Nuestro cerebro ya no puede soportar tanta violencia

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