Da miedo

Las altas temperaturas persistentes en Canadá de hasta 50ºC, combinados con las temperaturas del suelo del Ártico Siberiano a 48ºC nos dan una idea de la magnitud de una catástrofe, que va in crescendo. Más información

Si a eso le sumamos que simultáneamente ayer nos comunican noticias como las gigantescas granizadas en diversos países (más información), España incluida, junto con otros desastres “naturales” que hace años nos acompañan tales como tsunamis, terremotos o huracanes, todos ellos de dimensiones descomunales, nos colocan en la tesitura de dar por ciertas aquellas predicciones apocalípticas que sucederían cuando se acercase el fin de los tiempos.

Hoy, tales acontecimientos ya no son predicciones de un futuro lejano defendido por religiones y sectas, sino cosas predecibles en nuestro presente y en nuestro futuro próximo, fruto de nuestra insensatez ecológica, que poco a poco nos está destrozando el hábitat. Sabemos por la ciencia que nuestro mundo acabará. Pero lo que también sabemos es que ese futuro se acerca peligrosamente a nuestro presente y que ya es casi imposible siquiera ralentizar el proceso puesto que las medidas que se toman son a posteriori,  a largo plazo y con una buena cantidad de países que hacen caso omiso a las recomendaciones de las Naciones Unidas. Todo sea por el dólar.

La cuestión no es si va a ocurrir el colapso, sino cuándo y, sobre todo en qué momento nos va a afectar a nosotros. En España hace años que tenemos noches tropicales, temperaturas excesivamente altas en cualquier parte de la península, mangas marinas y fenómenos de rápidas granizadas o lluvias torrenciales en cualquier momento. Amén de terremotos, como el de Murcia cuyos efectos todavía siguen sin paliarse. Los cambios climáticos bruscos son un hecho.

No sé si nos tocará vivir el fin de los tiempos. Yo he vivido en climas de 20 grados bajo cero puntuales en Alemania y un par de veces en Valencia la sensación de ahogo de los 50 grados. Períodos breves, pero que dificultaban la respiración, sumado al nerviosismo que implica toda sensación de ahogo, aumentando la taquicardia y acercándonos peligrosamente al golpe mortal de calor. No me puedo imaginar lo que sería soportar esas temperaturas, ante las que nos defendemos con aire acondicionado, que a la vez sigue contaminando la atmósfera, a no ser que se cambien radicalmente nuestras fuentes de energía.

Nada nuevo. Y decirlo parece que es predicar en el desierto. Vamos arrastrando el problema años y años. ¿Hasta cuándo duraremos? Yo personalmente no quisiera vivir ese apocalipsis creado por el ser humano. Pero tampoco lo quiero para las futuras generaciones. Cuando veo el inmenso espacio repleto de planetas inertes, uno se pregunta si alguna vez hubo allí también alguna especie “inteligente” que acabo con la vida, fuese como fuese.

Quizá sería bueno estudiarlo a fondo, porque esas piedras nos dan una lección definitiva que no sé si esta irresponsable humanidad está dispuesta a aprender. Da miedo la que se nos viene encima, da miedo nuestra estupidez.

Granizada en Siberia

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