Cuando política y religión se confunden

No es lo mismo Estado laico que aconfesional

El término Estado laico  se utiliza para denominar al Estado (y, por extensión, a una nación o país) que funciona de manera independiente de cualquier organización o confesión religiosa o de toda religión y en el cual las autoridades políticas no se adhieren públicamente a ninguna religión determinada y en el cual las creencias religiosas no influyen sobre la política nacional.

En un sentido estricto, la condición de Estado laico supone la nula injerencia de cualquier organización o confesión religiosa en el gobierno de un país, ya sea el poder legislativo, el ejecutivo o el judicial. En un sentido laxo un Estado laico es aquel que es neutral en materia de religión por lo que no ejerce apoyo ni oposición explícita o implícita a ninguna organización o confesión religiosa.

Hoy en día la mayor parte de los Estados (como España) se manifiestan aconfesionales, es decir, que no pertenecen a ninguna confesión religiosa determinada ni está relacionada con ninguna de ellas. Esto ocurre sobre todo a partir de la Revolución francesa que se enfrentó duramente con la Iglesia católica, que pasó a depender del Estado. Esta revolución fue uno de los frutos más radicales de la Ilustración, que sostenía que el conocimiento humano podía combatir la ignorancia, la superstición y la tiranía para construir un mundo mejor.

La religión ha estado siempre presente en la historia de la humanidad de muy diferentes formas, desde fanatismos sangrientos hasta sociedades secretas, pasando por una variopinta cantidad de ideologías o supersticiones, que han tratado de explicar a las personas las grandes preguntas existenciales, sin mayor éxito científico.

La realidad ha sido, y sigue siendo en el siglo XXI, que, aunque algunos Estados (pocos) se consideran laicos, las culturas populares se aferran a las ideologías religiosas por más inverosímiles que estas sean a la razón. Lo peor es que las religiones, todas, tienen unos intérpretes de las voluntades divinas, a quienes vamos a llamar genéricamente sacerdotes, que son los transmisores de sus palabras, sus leyes, su voluntad, su moral y su ideología. Y aquí se mezclan los conceptos culturales con los religiosos al gusto del consumidor. Unidas al poder o perseguidas por él, según las creencias del líder social, siempre han jugado un importante papel en la política, pues en gran parte estaban formadas en sus directivos por personas cultas que podían muy bien manejar a las masas añadiendo unos toques de fe en uno o varios seres superiores, que ponían la guinda final a la sumisión del pueblo.

Esto cambió aparentemente según el racionalismo y la tecnología ha ido creciendo, aunque la realidad sigue diciéndonos otra cosa: la importancia de las religiones incluso cuando el Estado se declare laico, entrando en el juego por el respeto y no discriminación a ninguna creencia religiosa que se proclama en las constituciones democráticas modernas.

Todos conocemos la importancia de la Iglesia española en el franquismo, que se adueñó de la enseñanza infantil, creando una Inquisición moderna, aunque costó mucha sangre a ambos lados de la fe. Un ejemplo entre tantos otros de lo que ocurre cuando las creencias religiosas se mezclan con las políticas y cuando un Estado se deja regir por normas religiosas y, por tanto, divinas.

Una cuestión importante es que, sobre todo las grandes religiones monoteístas, actualmente las más numerosas en seguidores a nivel global, se excluyen mutuamente como poseedoras de la verdad, convirtiendo esta creencia en un arma peligrosa cuando los Estados se adhieren a una de ellas, repudiando a las demás como infieles y excluidas de la salvación terrena y eterna.

Algo que parece de ciencia ficción pasa todavía hoy, cometiendo los más atroces asesinatos en nombre de un dios y sus fanáticos líderes, que empujan a sus fieles a cometer esas atrocidades, quedándose ellos a salvo, incluso en caso de suicidios colectivos.

Actos de terrorismo, genocidios, torturas de todo tipo, discriminaciones por razas, sexos, sexualidades, discapacidades, o simplemente por ser de otra religión distinta, son fruto de esas creencias, que nunca son totalmente inocentes. Ciertamente algunas personas religiosas han tapado las carencias de los Estados sociales con sus aportaciones en un campo que debería ser totalmente laico, aunque como voluntariado pueda colaborar quienquiera, crea en lo que crea. Pero no hay que olvidar nunca, que esas mismas personas como institución, representan una fe, una moral y unos dogmas, muchas veces contrarias a la democracia y a los mismos derechos humanos.

Hay pues que separar unas cosas de las otras. Y es realmente sorprendente que en pleno siglo XXI, donde nos creemos tan avanzados en tecnologías y ciencias, haya tantos millones de fieles, probablemente porque las grandes preguntas del universo siguen sin tener contestación humana. Es posible que las tengan algún día, pero hoy por hoy, la mayoría se contenta con su fe particular, aunque de boquilla diga que no cree en nada (religioso). Nosotros, que sí creemos en el ser humano, pensamos que es posible que algún día comprenderemos mejor las cosas, si es que de verdad nos ponemos a trabajar en ello sin prejuicios de ningún tipo.

Estas reflexiones son especialmente dolorosas si pensamos en los millones de muertos que han costado creencias enfrentadas que hoy siguen siendo una lacra mundial. Algo va mal en esta humanidad que sigue sin ser capaz de mantener la paz y de alimentar una atroz desigualdad, explicándolo todo en último término por un dios, incluso lo más abominable. El temor de dios quiere decir:  Teman a sus seguidores fanáticos y a sus voceros. Los hay a millones. Busquemos comprender, pero sin matar a nadie por ello, que eso solo se puede explicar por la locura.

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