Cuando no quedan palabras

El precio del poder

Cuando vemos por TV imágenes, cifras y noticias sobre la guerra en Europa, nos quedamos impotentes en nuestros sillones, esperando que algo ocurra. Y lo mismo hay que decir de otras guerras en el mundo, otros desastres naturales o provocados, otras injusticias degradantes del ser humano y del medio ambiente, ante las que el ciudadano de a pie no puede hacer prácticamente nada.

Ante el comercio de esclavas y esclavos para el trabajo, las guerras, la prostitución o el simple divertimento de unos cuantos sin escrúpulos, nos quedamos igualmente en la impotencia, como ante el comercio de armas, el negocio de las mafias, de drogas ilegales o legales. La justicia brilla por su ausencia o máxima limitación para millones de seres humanos que tienen que sufrir lo indecible para poder simplemente sobrevivir en las calles, o entre la basura, o con miles de cosas fuera de su alcance. Ni trabajo, ni vacaciones, ni viajes, ni alimentación sana, ni vacunas, sin ninguna de esas cosas que llamamos placeres de la vida, que solo pueden gozar unos pocos privilegiados.

Y esos privilegiados viven a costa del sufrimiento de los que no tienen nada o casi nada. Porque la igualdad hoy sería imposible. La energía del primer mundo haría explotar al planeta si esa misma cantidad la pudiesen consumir todos los seres humanos. Hoy es un problema internacional de élite el tema de la energía a raíz de las sanciones a Rusia a la que se siguen pagando miles de millones para seguir consumiendo parte de su energía necesaria en Europa. Una energía que, venga de donde venga, sigue siendo tan dañina para el planeta ahora como antes de la guerra. Lo sabemos todos, sin hacer nada, porque sigue siendo necesario un comercio del que se benefician unos pocos.

El derecho al pataleo lo ejercen quienes pueden permitirse hacer huelgas o quienes aún pueden pagarse los alimentos, aunque sean más caros. Pero, ¿y el resto?

Ya no quedan palabras, porque no existe un verdadero diálogo entre iguales. De nada sirve gritar contra la guerra o la necesidad de cambio y equidad. De nada sirve escribir o hacer reportajes sobre los males que nos acontecen y sus responsables. Porque no se pone el remedio necesario.

En política casi nada tiene ya sentido ideológico de principios, dominados por las pérdidas o ganancias del comercio internacional. No se puede aislar del todo al dictador, por las perdidas insoportables que sufriríamos los que vivimos a sus expensas.

Vivimos resignados en un mundo que nos hincha a mentiras los oídos en la lucha por un poder que muy rara vez trabaja de verdad para los más desfavorecidos y siempre pensando en votos. Siempre lo pagan los mismos, siempre mueren los mismos, siempre ganan los más fuertes, que no los más dignos.

Las conductas excepcionales de algunos como es ahora el pueblo ucraniano, nos remueven las conciencias, nos replantean los principios de pacifismo cuando estamos siendo atacados por la violencia ciega de los que se sienten dueños para hacerlo.

Y cuando ya no nos quedan palabras para compartir con los que se han convertido por su voluntad en nuestros enemigos, tenemos que guardar silencio, soportando lo que tengamos que soportar y esperando que quienes pueden hacer algo por cambiar las cosas lo hagan de una vez, aunque también nos cueste sacrificios, sin vivir en una falsa opulencia y libertad que no será real hasta que no se predique de todos.

Algunos se refugian en la religión, clamando al cielo. Otros en sus ideologías, echando las culpas de todo a los oponentes, aunque sepan que eso es radicalmente incierto. Otros optan por vivir su propia vida sin problemas, olvidando a todos los demás, como si no les concernieran sus problemas. Pero, queramos o no, los problemas siempre son de todos. Lo hemos comprobado en la pandemia, lo hemos comprobado en la guerra y lo seguimos comprobando día a día en los precios de las cosas básicas. Pero mientras vivimos bien, dentro de nuestros posibles, intentamos olvidarnos de lo demás.

El ejemplo de quienes vuelven a Ucrania a luchar en nombre de todos, aunque les cueste la vida, es hoy un modelo para la humanidad y ante lo que nos deberíamos avergonzar por nuestra cobardía y falta de valores. Cuando ya no nos quedan palabras solo nos queda poder confiar en que alguna vez los de arriba pongan solución, que la hay SIEMPRE. Pero, mientras, también podemos hacer de nuestro entorno un lugar habitable, donde la felicidad sea posible, sin demasiadas palabras ni lujos, pero con mucha dignidad y fraternidad. Esa es nuestra única esperanza.

El ejemplo de un pueblo

Deja un comentario