Cuando el juego deja de ser un juego

Cuando el juego deja de ser un juego…

Cuando el juego deja de ser un juego, deja de ser divertido. Se convierte en una adicción, en un negocio, o ambas cosas a la vez. En el concepto de juego caben muchas cosas, pero aquí nos vamos a referir al juego/deporte no profesional concebido como una actividad física saludable, que puede crear lazos de amistad y liderazgo. Nada que ver con sexismos, dopajes y otras cuestiones que nacen de la consideración del juego y el deporte en general como una profesión rentable para los que logran subir a lo más alto de las competiciones y a los clubes que los acogen o compran.

El juego pasa a ser una competición, que, aunque incentiva la superación personal, no debe pasar de cierto límite, puesto que puede causar verdaderos problemas psicológicos al no afrontar los fracasos. Incluso jugando al parchís se puede tener un mal perder, junto con la obsesión por matar las fichas de los compañeros.

La Olimpiadas son un ejemplo a nivel mundial de lo que es la conversión de una sana competición entre atletas en un negocio multimillonario que convierte a los participantes en máquinas de fabricar dinero. Y entre todos los juegos el fútbol se lleva la palma del negocio, convirtiendo en verdaderos dioses a personas cuya única virtud es meter goles. Hasta el día que deja de meterlos y entonces se dedica a vivir, si puede, de las rentas que le han dejado sus ganancias.

La actual idea de comenzar una Super Liga de Super Clubes es la cumbre de toda esta sinrazón, a juego con nuestra absurda sociedad capitalista. El dinero todo lo corrompe, y no se escapan el juego o el deporte, actividades que en sí mismas, son sanas y aconsejables. La profesionalidad (cobrar más por ganar) en estos campos ha puesto de relieve las diferencias sexistas y de clase, que es a lo que nuestra competitiva sociedad nos lleva.

En el fondo todo es un fraude en el que educamos a las futuras generaciones. La ley de la selva continúa en las sociedades supercivilizadas, superdivididas por clases y abrumadas por la competencia. Se ha convertido en la falsa base de nuestra convivencia, puesto que esa competitividad no hace sino aislarnos en egocentros capitalpensantes, haciendo crecer el infortunio de quienes están en el lado perdedor.

En realidad, perdemos todos. Nuestro modo de vivir y divertirnos ha de cambiar inexorablemente si no queremos acabar con nuestras sociedades a quienes ya ni siquiera representan los falsos equipos formados por gentes de diferentes países o pueblos. Nuestro sentido de comunidad se pierde y con ello nuestros valores sociales. Sólo les une el interés por ganar… dinero.

Un paso más hacia la nada del dinero. Un paso de retorno a la selva del hambre. ¿Qué más nos espera?

… se convierte en una máquina de dinero

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