Corazón de piedra


No endurezcáis vuestro corazón (Salmo, 95, 8)

Por la mañana ya comienza a hacer frío y cuando vas camino al trabajo lo notas más. Lo bueno de mi jornada laboral es que suelo empezar el día cruzando el puente de Serranos a la hora del amanecer y la vista es espectacular. Quien vive en Valencia lo sabe. Todo un lujo de vivir en el centro histórico.

Pero ayer, cuando llegué a la otra parte de ese puente, me encontré con un señor de mediana edad, descalzo, cubierto con una especie de gabardina atada con una cuerda a la cintura, pelo largo y con barba, sucio, y con un vaso de plástico en la mano pidiendo limosna. No necesitó decirme nada, porque la expresión de sus ojos lo decía todo. Todo eso acompañado de una sonrisa.

No dije ni hice nada, le miré a los ojos, no sé si le pude expresar algo, y seguí mi camino. En la cartera llevaba 50€ en billetes. Me rompió el corazón. Porque no podía (¿?) hacer nada por él. Me sentí impotente. O quizá tenía que haberle dado el dinero, un abrazo, y haberle acompañado a algún lugar (¿dónde?), como a la policía, para que le redirigiera a algún centro donde se pudieran ocupar de él.

Pero lo peor es que no es caso único. A esas horas me suelo encontrar con gente que duerme en un banco cubierto de mantas, o dentro de un cajero automático, o en cualquier rincón. Incluso en las mismas puertas de las Torres de Serranos. Y los que no se ven. Muchos duermen en el cauce del río Turia reconvertido en jardín. Hace tiempo incluso, tuvieron que hacer limpieza por la cantidad de gente que se acumulaba a dormir debajo de un determinado puente.

Nunca he podido soportar esa imagen. Porque no comprendo que pueda ocurrir eso en pleno siglo XXI. Personas sin techo, totalmente abandonadas, que seguramente morirán de modo prematuro, pues esa vida no hay cuerpo sano que la aguante. No caben excusas. Hay quienes se justifican a sí mismos, diciendo que ellos tienen la culpa, que son unos borrachos, que no quieren vivir en sociedad, etc. Todos lo hemos oído. Yo nunca me he podido mentir a mí mismo, y me siento cobarde. Hubo un tiempo que me martirizaba la vida, hasta que comprendí que lo que sentía era impotencia, por no tener el poder suficiente en mi mano para atender a estas personas. Nadie quiere vivir así, y si han llegado ahí será por razones complejas a las que habrá que poner solución. Y nuestra sociedad tiene que atenderlas. Es duro pensar que cualquiera de nosotros podría llegar a una situación así, si las circunstancias no nos hubiesen sido suficientemente favorables.

La verdad es que vivimos en una sociedad muy cruel, superficial y anónima, que nos convierte en seres con corazón de piedra. En nuestro largo calvario electoral no he visto a nadie hablar del fenómeno de los sintecho, adonde quizá se llegue por un desahucio. Pero no se puede vivir eternamente mirando a otro lado, no podemos olvidarnos de los demás cuando a nosotros nos va bien. Tenemos al menos boca para hablar y exigir a nuestros representantes sociales que pongan fin al infierno de la mendicidad. Tenemos oídos para escuchar sus palabras y tenemos ojos para ver la realidad. Pero al final solo reciben ayuda de manos voluntarias o de beneficencia, que no les solucionan la vida, sino que les dan algo de alimento o calor para un momento efímero.

¿Cómo curar las heridas de sus almas abandonadas a su suerte, sin el apoyo de nadie? ¿Cómo han llegado adonde están? ¿Qué podemos hacer para evitarlo? Y, sobre todo, ¿qué pueden hacer nuestros gobernantes para solucionarlo? Nos hemos gastado cientos de millones en elecciones, otros tantos en fiestas, miles de millones en tecnologías, enseñanzas universitarias o defensa, entre otras tantas cosas. ¿Cuánto se invierte en los sintecho? No me importan las cifras de cuántos son, que seguro que ni se sabe con certeza. Basta con que fuera una sola persona. Pero seguro que son miles en España y millones en el mundo.

No quiero vivir en un mundo así. No deseo una sociedad que no sabe distribuir su riqueza, que no cuida de sus ciudadanos. Que no da la oportunidad de desarrollarse a todos como como personas. Y hablo de la sociedad a todos los niveles: desde la municipal a la mundial. Vivir en un mundo injusto que nos obliga a vivir con corazón de piedra. A pensar solo en nosotros y, como mucho, en los nuestros. Y esto no es populismo, la última palabra clave que se usa como excusa. Esto es la verdad. Es el colmo de la discriminación por la pobreza de no tener nada ni a nadie, es el colmo de la exclusión más absoluta.

Hay miles de personas que se dedican a hacer labores altruistas. Gracias por ellos. Pero esa no es la sociedad que quiero, la sociedad que me dicen que somos. Vivimos en Estados sociales y democráticos de derecho que son incapaces de cumplir con lo más elemental. Así es que pasen, vean y voten. Pero por favor, no vivamos más sin corazón.

Ver  La decadencia del Estado social y la justicia social en esta misma web.


No podemos vivir así indefinidamente

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