Coches y fútbol

No dejemos para mañana lo que podemos hacer hoy

Hay un par de cosas de las últimas decisiones del Gobierno que me han dejado descolocado: el asunto de apoyo a los coches y al fútbol. Yo soy una persona anormal, en cuanto que no tengo coche por convicción (y porque no tengo dinero para eso) y no me gusta para nada el fútbol. Pase como juego, pero no como negocio multitudinario de masas. Y lo mismo digo de los coches.

Vayamos por partes: sabemos ya que los coches autónomos, eléctricos e inteligentes van a ser la norma del mercado, y los combustibles fósiles y el motor de explosión una cosa de un pasado sucio y contaminante y que serán más bien del estilo del modelo Renault que os proponemos en el vídeo. Más información. También hay otros datos que confirman que el mundo se dirige hacia un escenario en el que el coche privado dejará de ser imprescindible como tercera pierna y se usarán como medios automáticos disponibles en los casos de necesidad, sin tener que multiplicar los coches privados. Más información.

Eso no va a suceder en el próximo siglo, sino en este siglo XXI, urgido por la necesidad de salvar el planeta del desastre de la combustión fósil y el consumo de energía no renovable desmedida.  Y eso implica acabar ya con la antigua automoción, condenada a muerte. ¿Por qué prolongar la agonía? El tema de las multinacionales que cierran es inevitable si no cambian de tecnologías y si no se asimila que el volumen de producción ha de ser necesariamente reducido y pensado en un modo de transporte totalmente socializado al menos en su mayor parte. Se acabó el que cada familia tenga uno o varios coches (los que pueden, que en eso hay desigualdad). Del mismo modo que murió el carbón, la gasolina está muerta. Solo intereses irracionales la están manteniendo.

El fin no justifica los medios: no hay que construir buques de guerra para que los astilleros trabajen, ni hay que mantener abiertas las fábricas de coches para que las familias se mantengan. Habrá que transformar la producción en fondo y forma, cantidad y cualidad. El trabajo cambiará en función de esto y así se ve también en la aceptación, por fin, del salario mínimo vital, que para mí sigue siendo vergonzoso, puesto que con mínimos vitales no llevamos una vida digna e igualitaria. La vida digna es un derecho universal y no solo de los pocos privilegiados que trabajan (precariamente) y de la élite con sueldos millonarios o fortunas provenientes de dios sabe dónde.

La contaminación no solo se alimenta de la combustión fósil, sino también de los acontecimientos masivos a los que estamos acostumbrados, que tendrán que cambiar. Lo virtual tendrá que imponerse y ver los partidos de fútbol, reales o no, desde pantallas. Las masas suponen un peligro de violencia y sanitario, así como un consumo excesivo de combustible. Del mismo modo que se aplaude el teletrabajo, ¿por qué no se quedan las telereuniones de empresas, de Gobiernos y de todo lo que sea posible? No se trata de eliminar toda relación social presencial, sino de racionalizarla, porque también hemos visto que, en muchas cosas, por ejemplo en el trabajo, o en la preparación de eventos comunes, hemos sido más participativos. Para una fiesta de cumpleaños no se se necesitan 200 personas haciendo botellón. Para ver un concierto no se necesitan miles de espectadores, para las reuniones políticas, no se trata de estar constantemente viajando dando varias vueltas al mundo anualmente.

En este momento, además, tras lo aprendido en una pandemia como aviso de otras futuras, si no cambiamos de costumbres, como la masificación, incluidas las vacaciones y las relaciones sociales, me parece un error tremendo fomentar el consumo individual del automóvil y de promover el fútbol como algo de una masiva mayoría. La intimidad no se ha perdido con el confinamiento. La hemos vivido de otra manera, e incluso en algunos aspectos nos hemos comunicado más. Porque también hemos utilizado las tecnologías mejor: para aprender, para trabajar, para disfrutar de la música, para hablar más entre nosotros. Las grabaciones comunitarias improvisadas o preparadas son todo un ejemplo de que la verdadera reunión es posible de otro modo.

Basta ya de promover la compra de coches y basta ya de poner al fútbol como la cumbre de la diversión humana. Hay quienes no lo compartimos, pero además, nos apoya la misma ciencia, que nos indica direcciones nuevas. Vivimos en el XXI con mentalidad del XIX, o de antes, pues algunos como sabemos, aún están comprando esclavos. Eso es más prioritario que un trabajo desfasado. Fomenten el trabajo, pero un trabajo con futuro. Pongan ideales a los jóvenes que vayan más allá de las patadas a balones. A mí, personalmente, ya no me gustan las bromas sobre el fútbol como la base de nuestra vida social, ya está bien de tanta frivolidad. Jugar y salir a ver mundo en vehículo es una cosa. Pero los negocios millonarios a base de nuestra salud y la del planeta, otra.

La tecnología del fútbol ni siquiera debería ambientarse en la masa, sino en el juego

Deja un comentario