Citius, altius, fortius

El ejemplo de una estrella

Simone Biles, una campeona olímpica de primera, deja de competir por el estrés que tiene que sufrir. Y esa confesión en voz alta la pone, si cabe, en un podio más alto del que estaba. Porque ha humanizado de manera importante no solo los JJOO, sino el deporte en general (no solo el de élite). La cascada de confesiones del mismo tipo por parte de otros profesionales, así como de protestas por las condiciones climáticas de algunos juegos, han sacado a la luz la otra cara de los Juegos Olímpicos.

Hace tiempo que ha dejado de tener sentido deportivo el lema Más rápido, más alto, más fuerte, porque no se da ya en un contexto de sana competición y de juego, sino en un contexto global de competitividad, que acaba con la salud mental de cualquiera. Vivimos en la sociedad de los tranquilizantes y dopajes porque el nivel de exigencia no acaba nunca.

Cuando un juego deja de serlo para convertirse en una guerra de poder, deja de ser divertido y se convierte en otra cosa: un negocio para algunos y un estrés sobrehumano para otros, incluso para quienes han escogido libremente esa profesión. Pero quizá la clave está en que el deporte se ha profesionalizado, torturando a niños prodigio que han sido esclavizados desde su infancia y que no han podido desarrollarse en muchos casos de una manera sana, teniendo que pasar en ocasiones por verdaderos abusos de todo tipo.

La competencia del mercado se ha adueñado de todo, incluido el deporte, que en principio es una actividad sana, fortalecedora y fomentadora del compañerismo y la relación social. Si dejara de ser una profesión, posiblemente las marcas olímpicas o de cualquier otra competición no serían tan altas, pero habríamos conseguido un deporte mucho más verdadero y más fomentador de la felicidad humana. Aunque ya no habría negocio. El disfrute sería estético y las coronas de laurel.

Aplaudimos pues a esta gran atleta porque su ejemplo ha sido escuchado por muchos aspirantes jóvenes a seguir caminos parecidos, pero quizá pudiendo llevar una vida más normal con sus amigos y sus estudios. El ejemplo de la pequeña república de San Marino con una selección de fútbol prácticamente desprofesionalizada, es un ejemplo de deportividad amateur, sin otro fin que el jugar y competir en buena lid, como siempre habría tenido que ser. Y por eso pierden con la cabeza bien alta.

Ojalá el ejemplo de esta deportista sirva para limpiar en algo el deporte en general y a la misma sociedad competitiva en la que vivimos. Sabemos que no todo en la vida es ganar. Entonces ¿por qué empeñarnos en alcanzar una perfección enfermiza, que acaba con nosotros? No siempre el que llega más alto es el que de verdad está en la cumbre de la vida. Nadie es un perfecto idealizado, sino que, cada uno es perfecto a su manera, tal y como se ha construido a sí mismo, con sus éxitos, fracasos y errores, y no como ha sido manipulado por otros, los que dictan lo que es perfecto y confunden el ideal de superación con la errónea creencia de que en la vida todos hemos de ser perfectos o no somos nada.

San Marino, otro modo de ver el deporte

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