Caperucita

Todavía recuerdo lo traumático que fue para mí descubrir que una aparente tierna y frágil abuelita podía de repente convertirse en un lobo feroz, capaz de comerme de un mordisco. Y no solo eso, sino que la abuela en cuestión era un lobo disfrazado. Luego, con el paso de los años, he visto que en la sociedad hemos asumido tales cambios como normales, hasta que llega un día (en el que de verdad nos convertimos en adultos) en el que constatamos, que todos, incluido uno mismo, somos verdaderos lobos o verdaderas abuelitas, teniendo la libertad de ser lo que nosotros queramos. Libertad y responsabilidad, virtudes ambas muy difíciles de llevar a cabo bajo el manto protector de la honestidad.

Estos dos días de moción de censura al que hemos asistido algunos, nos han dejado palmaria esta realidad y es quizá la mayor virtud que ha tenido, como ocurre en general en estos debates. Aunque hubo un verdadero concurso de transformismo, el que sin duda se llevó la palma fue Casado, no porque mostrara su verdadero lobo interior, sino porque las dentelladas las dirigió a otra víctima, esta vez a la ultraderecha Vox, que nunca se ha molestado en ocultar sus intenciones.  Una traición en toda regla a quien ya estaba perdido de antemano. Sigue siendo un lobo, pero ahora bajo la apariencia de centrista, que es, a mi modo de ver, el peor de los lobos que está sufriendo la sociedad española. Todos sabemos que fue una mera estrategia, acorde con su tradición traicionera a quien le molesta en votos. Ahora tendrá que tener lo que es dudoso que tenga para mantener su postura y disimular lo que realmente piensa y quiere, que es exactamente la misma dictadura de Vox.

El presidente Sánchez que, hay que reconocerlo, cada vez habla mejor y ha aprendido estrategia política tras sus numerosas bipolaridades: 1. “la ciudadanía no entendería un gobierno de izquierdas sin Podemos”, 2. “con Podemos en el Gobierno España no podría dormir tranquila”, 3. Gobierno de coalición a partir un piñón, por citar unas cuantas recientes, también tuvo un alarde de estrategia al ponerle al PP el señuelo de paralizar la reforma del CGPJ, hasta que no se tenga un acuerdo con el PP y los demás. De este modo quedaba disimulado su error de proponer una nefasta reforma que nos hubiera condenado a la repolitización eterna de la Justicia (como ya hemos defendido desde estas páginas), y quedaba como una oferta de diálogo desinteresada, de nuevo bajo el lema del centrismo político.

Pero, aparte de esa táctica que cualquier observador metido en el ajo vería de lejos, resucitó un viejo fantasma que revolotea sobre nuestra democracia desde que nació y que se hizo obvia con el nacimiento de los nuevos partidos: una coalición PSOE/PP que hiciese más fuerte la bipolaridad perdida y en la que tan bien se movían ambos partidos, repartiéndose el chiringuito a turnos, llamándolo alternancia, como si eso fuese lo más natural del mundo.

Pero aún teníamos que soportar un número casi tan sorprendente como los anteriores: de repente, literalmente caída del cielo, apareció Sta. Inés, cofundadora del centralismo, el constitucionalismo y el anticatalanismo. Y se presentó la madre abnegada dispuesta a pactar con todo dios, con cara de lobo o abuelita, para salvar su pellejo. Ya no cuela, Inés del alma mía, ya has perdido todo lo que tenías que perder y tu Don Juan del Centro se ha pasado a la derecha simulando lo contrario. Un alarde de malabarismo propio del Circo del Sol, pero sin su elegancia.

Y los demás, lo de siempre, sin sorpresas. Es de agradecer a los pocos que se presentan tal y como son su sinceridad, incluyendo a Vox, Foro Asturias y UPN. Al menos son sinceros, cosa que no soporta la mediocridad del centro, que llama extremistas a los que no piensan como ellos, que son, simplemente, los que piensan. Así les va. Ahora a sentarse a esperar a ver qué pasa, a ver cómo actúan los que han dicho lo que han dicho y a ver cómo se manifiestan las urnas. A ver si cambiar de presa trae el efecto deseado o el contrario.

Mientras tanto algunos estamos tranquilos, porque al menos seguimos con el Gobierno de coalición sin injerencias directas de la derecha. Pero hay que seguir luchando. Y en eso les pido a UP y a ERC que no pierdan los papeles, que no miren al centro, que no jueguen a contentar a todos. Pero habrá que esperar también a las elecciones catalanas, a ver si ERC saca de una vez su verdadera esencia. Y al PSOE le pido que sea lo que debe ser: un partido democrático de izquierda, republicano e internacional.

Y colorín colorado, este cuento ha acabado, esta vez sin traumas, con la esperanza puesta en que la lucha por la igualdad y los servicios públicos crezcan gracias a unos presupuestos aprobados por los que ya sabemos, sin sorpresas de acercamiento a ninguna derecha.  

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